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miércoles, 15 de febrero de 2017

Jackie (Pablo Larraín, 2016)


En Jackie, Pablo Larraín lleva a cabo una interesantísima exploración de la condición femenina: más exactamente, de la condición de esposa (de clase media o alta) como aquello que otorga esencialmente su identidad y su posición social a tantas mujeres, antes y ahora.

En efecto, merced a una magistral manipulación de las composiciones visuales y del montaje de los planos, cuidadosamente construidos para evocar imágenes implantadas en el imaginario colectivo por los medios de comunicación, el director chileno se aproxima a la dialéctica entre imagen externa y emociones internas que parece constituir una experiencia constante en la vida de Jackie Kennedy, tal y como la misma aparece narrada en la película: un cuerpo, el de Jackie (Natalie Portman), que (tanto en virtud de la interpretación de la actriz como por la manera en que es motrado por la cámara) parece tensarse constantemente, retorciéndose entre lo que quiere ser y lo que debe ser.

La película narra, así, el modo en el que, tras el asesinato de su esposo, la viuda del presidente se preocupa, antes que por aquello que podría parecer más natural (sus hijos, su futuro, etc.), por la construcción de la memoria de la breve presidencia de su marido: por la manipulación -un tanto maníaca- de "su legado"; esto es, del imaginario colectivo acerca del mismo.

Y es que, queda claro en la película, tal obsesión tiene que ver con otorgarle algún sentido a lo que acaba de vivir: un matrimonio problemático, una posición envidiada de "primera dama", pero que, en el fondo, la abocaba a actuar como puro objeto decorativo... y un final para nada heroico o glamuroso. Una vida, en suma, vivida prácticamente por delegación, como complemento -adorno- de un cuadro que debía parecer perfecto, pero en el que jamás soñó con ocupar el puesto protagonista, reservado a su marido.

El relato tematiza, pues, ante todo y sobre todo una enorme tensión interior. Que no se explica únicamente -aunque también- por el síndrome de estrés postraumático, derivado de la violencia experimentada tan de cerca. Sino que obedece igualmente a una ineluctable tensión (de motivaciones, de anhelos) en el propio espíritu de la protagonista, empujado en sentidos divergentes por sus deseos y necesidades psíquicas (los más espontáneos en cualquier ser humano, pero también aquellos que le han sido implantados, como "esposa, mujer y madre", siempre al servicio del varón y de la familia "respetable" a la que pertenece) y presionada, además, desde fuera, por las "razones de Estado" e intereses políticos diversos en pugna.

Lo que aparece, de este modo, muy explícitamente es el hecho innegable de que el cuerpo (y la mente) de la mujer dominada se presenta como un espacio de lucha: de lucha interna, principalmente, pero también de lucha entre la propia voluntad (dominada, condicionada) y otros intereses (otros poderes), que observan dicho cuerpo como puro objeto, carente de voluntad. Y que, cuando han de enfrentarse al hecho de que sí que la posee, descubrirán también -como en la película descubre el/la espectador(a)- que en realidad no es suya, sino que le ha sido implantada.

¿Quién es, entones, Jackie Kennedy?, podríamos preguntarnos, como espectador@s, después de ver la película. O, mejor: ¿quedaba ya, a esas alturas, algo personal en Jackie Kennedy, o apenas resultaba ser una máscara femenina, al servicio de un poder masculino? La película sugiere, implacable, para esta cuestión una respuesta más bien siniestra...




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