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jueves, 17 de noviembre de 2016

Sicario (Denis Villeneuve, 2015): el imposible mito de la "guerra contra el crimen"


Sicario narra la historia de cómo una agente de policía, una profesional acostumbrada a seguir las reglas y a respetar la legalidad, se ve introducida en el mundo oscuro ("un mundo de lobos" lo llama uno de los personajes) de la "guerra contra la droga" promovida por los Estados Unidos contra los carteles latinoamericanos de traficantes. Un mundo en el que se desdibujan las fronteras entre la acción policial y la acción militar, en el que las garantías y los derechos fundamentales de los sospechosos quedan abandonados, en el que se recurre a técnicas ilegales, en el que el uso de la fuerza no está sometido a límites claros, en el que se ocultan los abusos. La película narra, pues, una suerte de descenso a los infiernos: de cuento cruel en torno a la pérdida de la inocencia de una agente de policía que (con un tono un tanto sexista) es mujer, idealista e ingenua.

En todo caso, sobre la base de este planteamiento argumental, lo más característico de la narración es su énfasis -usual en el cine comercial norteamericano contemporáneo de acción- en los procedimientos militarizados de operaciones de las unidades que participan en las acciones contra los traficantes. La película se convierte así en un ejemplo más de cine de acción, en el que, aunque no se ocultan los aspectos más inmorales y problemáticos de las actuaciones, el énfasis se sigue poniendo, en definitiva, en la pura racionalidad instrumental: en el éxito o el fracaso (en el éxito, principalmente) de las operaciones, medidos ambos conforme a criterios puramente militaristas, de eficacia operacional.

(Además, Sicario no deja de ser un paso más en la indagación de su director, Denis Villeneuve, acerca de las facetas más oscuras de lo humano. No obstante, al pasar del examen de interacciones individualizadas a acciones en un contexto tan marcadamente institucional como lo es el policial y el militar, cabe dudar de que la continuidad en el modo de tratar tales preocupaciones quede suficientemente asegurada...)

La cuestión es, entonces, a mi entender, enjuiciar lo narrado conforme a los parámetros asumidos de la narración. Es decir, sería fácil, pero absurdo, adentrarse en un debate moralista (¡sobre una obra de ficción!) acerca de los límites éticos y jurídicos de las técnicas de interrogatorio, del uso de la fuerza, del empleo de confidentes y agentes provocadores, etc. Cuestiones todas ellas del mayor interés, cuando de Derecho y de ética hablamos, pero que apenas tiene sentido intentar trasladar a los debates sobre universos ficcionales. Pues, desde este punto de vista, es claro que los personajes de Sicario cometen ilegalidades y delinquen, pero, ¿a quién le importa? Las narraciones no están -cuando menos, no principalmente- para darnos lecciones de moralidad...

Me parece, en cambio, mucho más interesante detenerse a reflexionar sobre lo que la película sí muestra con detenimiento, aquello a lo que sus imágenes prestan una más concentrada atención, proporcionándonos información relevante al respecto: a la eficacia instrumental de la estrategia (militarista) empeñada en la persecución del tráfico de drogas.

Y es que, en efecto, hay aprendizajes que obtener y reflexiones que realizar en relación con estos aspectos. Pues, si (con independencia de las intenciones que pudieran albergar l@s creador@s de la obra) alguna idea es posible extraer de la película en este sentido, es justamente la del evidente fracaso de dicha estrategia. Entiéndaseme: las concretas acciones militarizadas que se desarrollan en la trama narrada logran un éxito total. Y, sin embargo, resulta obvio que ello en absoluto equivale a asegurar, a medio y largo plazo, ningún éxito duradero, estable, de la estrategia puesta en práctica.

Si se reflexiona sobre el particular, se comprenderá en seguida dónde estriba el problema: en la confusión entre los objetivos propios de las acciones policiales y los objetivos característicos de las militares, que llevan a una confusa estrategia mixta, sin propósitos claros y viables, abocada casi necesariamente al fracaso. Y es que, por más que tanto las acciones policiales como las militares puedan consistir (en el caso de las acciones militares, casi siempre) en el uso de la fuerza, esto no significa que los medios -violentos- empleados persigan en realidad objetivos similares. Antes al contrario, los de unas y otras resultan más bien antitéticos: paradigmáticamente, las acciones policiales pretenden preservar un determinado statu quo, mientras que las acciones militares intentan transformarlo, de la manera más radical.

Las acciones militares, en efecto, pretenden cambiar por completo la situación: bien sea mediante el exterminio total o mediante la imposición de una relación de sumisión, las acciones militares pretenden cambiar (mediante la violencia) radicalmente las relaciones de poder existentes en un determinado contexto. Mientras que las actuaciones policiales pretenden siempre más bien preservar una determinada estructura de poder: un reparto de facultades de acción, de recursos, etc.

¿Qué ocurre cuando se introduce la lógica militarista en el ámbito del cumplimiento de la ley (law enforcement)? Dos cosas pueden suceder, dependiendo de cómo transcurran los acontecimientos. Si un determinado conflicto social se militariza por completo, entonces el objetivo político perseguido será efectivamente transformar por completo, mediante la violencia, las relaciones de poder preexistentes, en favor de los beneficiarios de la fuerza armada. Así, por ejemplo, si tratamos con el problema del tráfico de drogas, un enfoque puramente militar implica exterminar o hacer prisioneros a todos los traficantes, e impedir que surjan otros que les reemplacen.

El problema, por supuesto, es que lograr tales objetivos militares exige una inversión de violencia muy intensa y extensa: operaciones militares de exterminio (bombardeos, operaciones especiales, etc.), detención de prisioneros, ocupación del territorio,... Pues únicamente tal empleo intensivo de la violencia puede ser capaz de alterar la estructura social (economía informal, sociedad empobrecida, debilidad de las instituciones públicas, etc.) a partir de la cual el fenómeno del tráfico organizado de drogas se desarrolla.

De hecho, la experiencia histórica comparada indica que tal ambición únicamente está al alcance de una fuerza militar (por más superior que sea en términos estrictamente militares) cuando va acompañada por un proyecto político colonizador: es decir, cuando no se trata tan sólo de imponerse por la fuerza, sino de insertar el territorio enemigo en un nuevo proyecto político, dominado por la potencia invasora. Pienso en casos como los del colonialismo europeo y norteamericano del sigo XIX o la colonización israelí de los Territorios Ocupados Palestinos. Desde luego, un proyecto colonial tiene sus propias dificultades, porque genera sus propias resistencias (políticas y militares, internas y externas). Pero, en cualquier caso, lo que me interesa resaltar ahora más bien es el hecho de que, en ausencia de un proyecto (político) colonial, el éxito militar es siempre, en términos políticos, precario, inestable, efímero. La acción militar es eficaz si se limita a objetivos limitados: matar, someter. Pero, como advirtiera Talleyrand ("On peut tout faire avec des baïonnettes, sauf s'asseoir dessu"), apenas es inútil para construir exclusivamente sobre su base ninguna estructura social.

Trasladadas las reflexiones generales que se acaban de realizar al tema que nos ocupa, el de la militarización de la actuación en pro de la vigencia del Derecho (law enforcement), la consecuencia que cabe extraer es la de que, en vista de que en este ámbito la militarización nunca es total y, además, por definición se carece siempre de un proyecto político transformador (ya lo dije antes: la acción policial es, por definición, conservadora, no transformadora), resulta prácticamente inevitable que las estrategias militaristas de lucha contra el crimen, a la larga, acaben por fracasar. Pues, en efecto, el objetivo que resultaría posible para ellas (transforma radicalmente, mediante la violencia, la estructura social de la que surge el fenómeno de delincuencia organizada que se combate) no está, de hecho, a su alcance, por razones políticas.

De este modo, la militarización de la lucha contra el crimen no es sólo que resulte políticamente perniciosa (por dar lugar dinámicas políticas autoritarias) y moralmente rechazable (por los abusos contra los derechos humanos que produce). Es que, además, todo el sufrimiento que causa acaba por resultar, a la larga, inútil: instrumentalmente ineficaz. (Y, entonces, por definición, también ineficiente: los costes superarán siempre necesariamente a los beneficios -muy limitados y a corto plazo.)

La militarización de la lucha contra el crimen no es, pues, sino una de dos cosas, ambas indeseables: bien una excusa (para desarrollar el autoritarismo estatal), o bien el fruto de un ensueño tecnocrático (el de resolver problemas sociales únicamente con herramientas técnicas -militares, en este caso- y sin necesidad de acción política alguna) imposible y dañino.

Conviene no olvidarlo nunca, no dejarse fascinar por la propaganda que pretende presentarlo como una solución factible. Aunque la propaganda sea tan fascinadora como las imágenes que formalizan la narración de Sicario.




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