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miércoles, 9 de noviembre de 2016

Pablo Escobar: el patrón del mal (Juana Uribe, 2012)


He estado, durante estos últimos meses, viendo esta larga serie colombiana (la versión en dvd consta de setenta y cuatro capítulos), producida por Caracol Televisión, acerca de la historia de Pablo Emilio Escobar Gaviria, el célebre narcotraficante que construyó una enorme organización criminal dedicada al tráfico de drogas, pero que también fue capaz de poner en jaque al Estado colombiano y en cuestión su dominio sobre partes del territorio y de la población del Departamento de Antioquia, así como el monopolio sobre el dominación por la violencia, hasta su muerte en 1993.

Lo cierto es que, contemplada con ojos de cinéfilo, la serie apenas posee interés. Pues, a pesar del esfuerzo de producción realizada, son notables varias características -defectos- de la obra: enormes limitaciones de medios por lo que hace a las escenas de acción (apenas creíbles), una composición visual pobrísima, carencia de una continuidad y de un ritmo dramáticos adecuados, escenas que incurren en la retórica del melodrama más almibarado, carencia de sentido de la tensión en las escenas de suspense,...

Pero, en realidad, el interés por la serie me venía, antes que de mi afición al cine, del deseo de observar la representación de un fenómeno tan característico como es el de la delincuencia organizada cuando (como en el caso de ciertas formas de narcotráfico en algunos estados latinoamericanos) la misma asume objetivos cuasi-políticos, de instaurar un régimen de dominación sobre la sociedad (sobre sectores determinados de ella) alternativo, y en alguna medida enfrentado, a aquel que los estados implantan, alegando pretensiones de legitimidad.

En este sentido, lo cierto es que una serie como Pablo Escobar: el patrón del mal sirve más para constituirse en manifestación cultural paradigmática de un determinado modo de discurso (político) hegemónico, antes que para elaborar una representación adecuada del fenómeno indicado. Así, lo más notable en el tratamiento en la obra del tema de la interacción entre delincuencia organizada y dominación estatal es su capacidad para orillar las cuestiones que deberían ser clave y que, sin embargo, en la narración, apenas aparecen someramente aludidas en algún caso; y, en general, más bien eludidas.

La serie, en efecto, muestra, de un lado, a los narcotraficantes y, de otra, a los agentes del Estado (colombiano), como sujetos protagonistas -y antagonistas- de la historia. (Aparecen también, eventualmente, muestras de la sociedad civil, aunque principalmente como víctimas, pasivas y pacientes, de la acción delincuencial, apenas implicados de ninguno otro modo en el enfrentamiento.) Y los muestra como sumergidos en universos sociales que parecen funcionar como compartimentos prácticamente estancos, que sólo interactúan a través de la violencia: los agentes del Estado pretenden ejercerla sobre los narcotraficantes y estos, a su vez, "se defienden" atacando a aquellos. Además, para dejar bien claro quién ostenta la legitmidad en esa competición de violencias, la serie narra numerosas tropelías violentas de los narcotraficantes, entre sí y (además de contra agentes del Estado) contra la población civil.

Por supuesto, lo que se pierde, en esta tramposa representación de la "guerra contra el crimen" (aquí, en su modalidad de "guerra contra el narcotráfico") es el hecho -evidente y acreditado- de que no existen tales compartimentos separados, sino que sociedad civil, organizaciones criminales y aparato estatal conviven, e interactúan, de manera constante, en el caldo de cultivo constituido por el marco sociocultural (de distribución de recursos, de relaciones de poder, de ideologías y marcos de interpretación hegemónicos, etc.) en el que habitan: en este caso, en la sociedad colombiana de la época.

Y, en el mismo sentido, se disfraza igualmente el hecho de que tanto la violencia del aparato estatal como la de las organizaciones criminales con objetivos -como los del cartel del Medellín- políticos o cuasi-políticos constituyen manifestaciones concretas y materiales de las estructuras de poder existentes dentro de la sociedad. Y que la legitimidad de la una o de la otra son construcciones ideológicas, aceptadas o no (por la población y por el resto de actores con poder existentes) en función tanto de sus creencias como de sus intereses. De este modo, frente a una historia simplista y maniquea como la que narra Pablo Escobar: el patrón del mal, la historia realista que habría que narrar es más bien la de una sociedad en la que sus estructuras de dominación compiten, porque ninguna ha sido capaz de ganar autoridad y legitimidad sobre los sujetos a ella.

Para ejemplificar la crítica que se acaba de realizar con cuestiones concretas: lo más chocante e insatisfactorio de la narración de la serie estriba en su incapacidad para representar adecuadamente dos hechos que resultan, sin embargo, incontrovertibles. Por una parte, el fenómeno de la organización de las estructuras criminales en los barrios pobres (las "comunas") de Medellín, sobre la base del reclutamiento de buena parte de su juventud desocupada y empobrecida y una práctica (cuasi-política) paternalista y clientelista con la población. Por otra, en segundo lugar, tampoco aparece bien retratada la interacción entre poder político, poder socioeconómico, violencia, delincuencia y violación de los derechos humanos. Una interacción completamente característica de la sociedad colombiana (y que explica tanto sobre su atribulada historia y los sufrimientos a los que los poderes sociales han sometido a la población del país). Una interacción en virtud de la cual diversas estructuras violentas cooperan y compiten, alternativa y dialécticamente, entre sí, siempre sobre las espaldas de la población: el Estado, que se manifiesta principalmente a través de unas fuerzas armadas y militares muy comprometidas en la violación masiva de los derechos humanos,; el paramilitarismo, estrechamente vinculado a la oligarquía empresarial y política; y la delincuencia organizada en torno al tráfico de drogas, con una distinta -y más plebeya- extracción social, pero que necesariamente ha de interactuar (pactando, cooperando, compitiendo) con las estructuras oligárquicas tradicionales, para poder llevar adelante su proyecto empresarial.

Así pues, no todo lo criticable en Pablo Escobar: el patrón del mal, ni siquiera lo principal, tiene que ver con su estética (pobre, inelegante, si nos dejamos guiar por los cánones estéticos hegemónicos), entendida en el sentido más restrictivo -y elitista- del término. Antes al contrario, lo más grave no es que sea fea, sino que sea tan mendaz y simplista en la representación de una realidad tan fascinante (desde el punto de vista teórico) y dolorosa (en términos humanos).




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