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domingo, 25 de septiembre de 2016

Tarde para la ira (Raúl Arévalo, 2016)


La característica más evidente de Tarde para la ira desde un punto de vista estético es su palmario talante conductista. Esta pretensión conductista se plasma, cuando menos, en dos aspectos principales y característicos de la película. De una parte, en la opción de los guionistas (el propio Raúl Arévalo, junto con David Pulido) por construir unos personajes protagonistas, y muy señaladamente el personaje de José (Antonio de la Torre), extremadamente opacos, en cuanto a sus motivaciones, personalidad y procesos de motivación. Hasta el punto de que, en realidad, prácticamente nada conocemos acerca de cómo José va tomando sus decisiones de venganza, de por qué en ningún momento las modifica, ni las matiza, Desconocemos igualmente si sus emociones se ven afectadas en algún momento por su interacción con el resto de personajes y situaciones narradas. (Esta opacidad, basada en una extremada focalización externa de la narración, puede ser vista como una virtud, o bien -tal es mi caso- más bien como la limitación de una obra narrativa con una base literaria un tanto endeble...)

La segunda manifestación de conductismo estético en la película resulta particularmente visible: se trata de el uso (y aun abuso) de un estilo visual que, a partir de una imagen con textura granulada e iluminación bastante quemada, se basa en el empleo de planos extremadamente próximos a  los personajes, muy cerrados y filmados desde posiciones predominantemente oblicuas. En la estética visual de la película, en efecto, se otorga evidente prioridad a la continuidad del plano (abundan los planos de seguimiento de personajes cámara en mano) y a los movimientos de cámara -panorámicas y travellings- para reencuadrar sobre el montaje. (Hasta un cierto punto. Porque, en el fondo, la película está montada al modo tradicional, descomponiendo la escena en diferentes planos. Únicamente ocurre que muchos de tales planos revisten las características descritas. ¿Ánimo de ostentación o necesidad expresiva?)

La pregunta clave (al fin y al cabo, la que debe importarnos) es, por supuesto, si toda esta exhibición esteticista sirva para enriquecer el sentido y connotaciones de la narración. Personalmente, me permito dudarlo. Asimiladas tanto la sorpresa argumental que la película propone trascurrido su primer tercio como la particularidad de su estilo más aparente, lo cierto es que el/la espectador(a) apenas recibe, a partir de la narración, elementos que le permitan enriquecer su recepción de la historia narrada, más allá de la evidente adscripción de la obra al género criminal.

Y es, efectivamente, mediante el recurso al marco de transtextualidad constituido por el género, y por la tradición cultural e histórica del mismo (en particular, en la cultura española), donde se puede hallar algún sentido a Tarde para la ira: en esta tradición que procede de Carlos Saura (La caza, El 7º día), de José Luis Borau (Furtivos), de Pedro Costa (El crimen del cine Oriente), de Fernando Fernán Gómez (El extraño viaje)... O, si se quiere, de Terrence Malick (Badlands). En esa tradición de cine de la irracionalidad y las pasiones destructivas.

Sea como sea, es esta una interpretación hecha a posteriori, desde fuera. Que apenas se sostiene en la textura de sus imágenes: muy cuidadas y llamativas, pero a duras penas dotadas de alguna capacidad expresiva, que resulten aptas para conmovernos, o para revelarnos algo de valor.




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