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martes, 6 de septiembre de 2016

Jonathan Culler: Breve introducción a la teoría literaria


Dentro de un cúmulo de lecturas sobre teoría de la literatura y literatura comparada que he llevado a cabo durante este verano, me ha resultado de particular interés este libro que hoy comento (la traducción castellana se puede encontrar en Crítica y en Austral), por dos razones: primero, porque se aproxima a los problemas de la teoría literaria tomando suficientemente en consideración los avances y desarrollos últimos en teoría social ("posestructuralista"); pero, sobre todo, porque, en su brevedad (al fin y al cabo, se trata de trata de un volumen de la colección de Very Short Introductions de Oxford University Press, con pretensiones principalmente divulgativas), y probablemente debido a su buen basamento teórico, creo que es capaz de focalizar su atención y la del lector sobre el núcleo esencial del concepto de literariedad y sugerir perspectivas suficientemente interesantes y relevantes para enfrentarse a él y para intentar aprehenderlo. (De un modo que muchos manuales más amplios -de los que he leído, cuando menos- no son capaces, por dispersión informativa, falta de concentración y, acaso, de rigor metodológico.)

En este sentido, J. Culler apunta principalmente a la (aparente) paradoja de que las obras que aparentan ser/ pretenden ser/ son reconocidas como obras literarias resulten productos (máximamente acabados) de expresión de -de una parte- la subjetividad y -de otra- del entramado cultural que enmarca a aquella; pero también, al tiempo, factores (en tanto que actos de habla, actos de comunicación) que son causales en la configuración, consolidación, alteración y puesta en cuestión de dicha subjetividad y de dicho entramado.

En efecto, en tanto que acción, la enunciación literaria (de poemas, narraciones, teatro, etc.) se construye a partir de un conjunto de recursos temáticos (tópicos) y lingüísticos y paralingüísticos (retóricos) que están disponibles únicamente porque han sido producidos con carácter previo por la cultura en la que el sujeto enunciador actúa inmerso. Pero, por otro lado, la acción de enunciar la obra literaria produce también efectos sobre dicho conjunto de recursos (estilísticos), afectándolos.

Por una parte, la enunciación literaria refuerza la prominencia de los recursos estilísticos empleados, volviéndolos así más visibles y, eventualmente (si el sujeto enunciador goza del suficiente capital social), más "respetables", aumentando la deseabilidad de su empleo. Por otra, sin embargo, dada la necesaria inestabilidad de la significación de la obra enunciada (debido a las características del propio lenguaje, pero también a la inevitable dependencia contextual y pragmática de las figuras retóricas y estilísticas, así como del significado mismo de palabras y oraciones), todo acto de enunciación literaria posee, al menos en principio, la potencialidad de desestabilizar el estilo (pretendidamente) empleado (sus temas, sus tópicos, sus figuras retóricas, etc.): de ponerlo en cuestión, someterlo a retorcimientos insoportables, hacerlo "progresar"; cambiar, en suma. Ambivalencia esencial de la literariedad.

(De todos los discursos, en realidad: todo discurso constituye una manifestación de las relaciones de poder subyacentes, pero necesariamente, al tener lugar, las afecta, para reforzarlas o para transformarlas. A este respecto, la principal particularidad de la obra y de la enunciación literarias -en absoluto irrelevante- estriba en el hecho de que, a diferencia de lo que sucede con otros actos de comunicación, las mismas sean recibidas en el marco de una situación -de comunicación- a la que se ha extirpado sustancialmente la contextualización usual propia del acto lingüístico realizado -narrar, expresar emociones, fingir historias y personajes, etc.-, para trasladarla a un contexto diferente "enrarecido", en el que el propio acto enunciativo pasa a primer plano. Esta descontextualización hace que, necesariamente, la ambivalencia se vea exasperada hasta límites insospechados.)

Y dicha ambivalencia no aparece únicamente como un fenómeno lingüístico, con efectos exclusivamente lingüísticos, aunque también los tenga. Por el contrario, puesto que la enunciación literaria es siempre imputada a un sujeto enunciador (en las culturas más tradicionales, a la colectividad o a dios o fuerza, natural o sobrenatural, o -a lo sumo- al poeta en tanto que portavoz de alguno de aquellos/ en las culturas más modernizadas, a la personalidad de cada individuo creador), como lo es igualmente su recepción (una colectividad de receptores/ un receptor individualizado),  la posibilidad de que la enunciación posea potencia tanto reforzadora como desestabilizadora afecta también a las subjetividades implicadas: contribuye, así, a constituir y reforzar subjetividades (adecuadamente sometidas a los poderes); pero también favorece, en alguna medida, la puesta en cuestión, alteración y -en el límite- destrucción (y reconstrucción) de las subjetividades aludidas y afectadas.

De este modo, la literariedad cobra una potencia sorprendente: de la mente al texto, del texto a la acción, y de la acción a la mente. En una relación de representación y comunicación que en absoluto resultan ni transparentes ni plenamente ajustadas. Sino que, muy al contrario, es prácticamente siempre problemática, cambiante, conflictiva, sujeta a tensiones irresolubles. De ahí su riqueza y capacidad de provocar el cambio, psíquico y (por ende) social.


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