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viernes, 19 de agosto de 2016

The wind (Victor Sjöström, 1928): la doma del cuerpo histérico


Revisando el otro día, después de muchos años, esta película, me sorprendió (tanto más que su brillantez visual, que ya recordaba) el modo en que su argumento y su conformación en imágenes evocan, de modo subrepticio, temas y ansiedades característicamente sexistas, tan propios de momentos en los que -como justamente estaba ocurriendo en los inicios del siglo XX- las mujeres habían comenzado ya a empoderarse seriamente. En este sentido, The wind puede observarse como una suerte de exorcismo (esencialmente simbólico, por supuesto), frente a tales evoluciones socioculturales.

En efecto, si bien se piensa, todo el argumento de The wind transita en torno a la cuestión del control sobre los cuerpos. Más exactamente: del control del cuerpo, femenino, de Letty (Lillian Gish). Control que, en el imaginario machista, incluye tanto el poder de sujeción física y económica (dónde y cómo vive, dónde y para quién trabaja) como el control del acceso a su sexualidad.


Así, Letty recorre un camino que la conduce de la infancia (asexualidad -al menos, en principio, de acuerdo con la moralidad explícita que hegemónicamente se mantiene) a la madurez (accesibilidad sexual -exclusivamente para aquel varón a quien corresponda el control sobre su cuerpo): del abandono del hogar paterno al matrimonio y al "surgimiento del amor"; o, más propiamente, de su aceptación de su rol como esposa (trabajadora doméstica y objeto sexual), al servicio de su marido.

Y es notable que todos los pasos intermedios de esta trayectoria resultan también atinentes a la cuestión del control sobre su cuerpo y el acceso a su sexualidad: Cora (Dorothy Cumming) la expulsa de su casa porque teme que Beverly (Edward Earle), su marido y primo de Letty, pueda enamorarse, emparejarse y mantener relaciones sexuales con ella. Roddy (Montagu Love), el villano de la trama, le ofrece entonces a Letty una alternativa de pareja (y sexualidad) poco "respetable", y toda su lucha se dirige a lograr acceder sexualmente a ella. Y, en fin, el conflicto entre Letty y su marido (Lars Hanson) estriba justamente en la cuestión de si éste ha de tener o no sexualmente acceso a su cuerpo.


De este modo, el viento (que titula la película y que aparece omnipresente en sus impresionantes imágenes) no puede ser visto sino como una simbolización -apenas velada- de las tensiones y ansiedades de Letty, enfrentada abierta y crudamente a la cuestión de su sujeción (física, social, económica y sexual). Es decir, como aquel fenómeno externo que desencadena la manifestación de la histeria femenina, que constituye el trasfondo temático de las imágenes más brillantes y recordadas de la película.

Es sabido que la "histeria femenina" es una enfermedad inventada para diagnosticar, y medicalizar, la resistencia del cuerpo y de la mente femeninas a la dominación masculina, en tiempos -como ya ocurría en el siglo XIX, más aún en el XX- en los que el patrón tradicional de división sexual del trabajo y de dominación patriarcal comenzaban a ser puestos en cuestión. La "enfermedad" en cuestión se manifestaría, supuestamente, en desfallecimientos, insomnio, respiración entrecortada, irritabilidad, dolores de cabeza, pérdida de apetito y deseo sexual, etc. En suma, en ansiedad psíquica (y sus efectos psicosomáticos), derivada de la insatisfacción, de la resistencia.

El viento opera, pues, en la narración al tiempo -según la conocida distinción de Charles S. Peirce- como indicio de una amenaza (la amenaza de la dominación masculina) y como símbolo de la "histeria", de la respuesta emocional de Letty ante la perspectiva de ser dominada.



Una "histeria", una respuesta emocional, que abocan al personaje al dilema (abiertamente suscitado en las escenas posteriores a la muerte de Roddy) de elegir entre la sumisión y la locura. Entre aceptar su rol social, o bien abandonarse a una percepción inestable de lo real (fantástica: la fantasía como desequilibrio, como riesgo...), desasosegante, con la que apenas resulta posible convivir: observar cómo el cadáver de Roddy aparece y desaparece de su vista, veleidosamente, azarosamente, al albur de cómo y hacia dónde sople el terrible viento en cada instante...

Y la historia de Letty es la historia de una sumisión: de una doma. De la manera en la que la mente de Letty acaba optando por evitar la "locura" y por aceptar su rol (de esposa sumisa, accesible). Lo que culmina con la supresión de la "histeria", de todas las manifestaciones "inconvenientes" que, hasta ese momento, habían desencadenado en ella la omnipresencia de ese signo, tan prominente en el discurso narrativo de la película, que es el viento. A partir de entonces, Letty, "enamorada" (sometida, domada), dejará de tenerle miedo: porque ha dejado ya de ser un signo, se ha convertido tan sólo en un fenómeno natural, semióticamente irrelevante.

The wind, entonces, como narración de (un solo proceso, individualizado, de) la dominación. Como relato también de la resistencia emocional a la dominación. Como discurso en torno a la quiebra de una mente y la doma de un cuerpo: "histérico", resistente. Femenino.




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