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sábado, 27 de agosto de 2016

Le trou (Jacques Becker, 1960): crónica de una fisura


Es evidente: Le trou es (y, por consiguiente, puede ser contemplada como) una magnífica película materialista. Una narración en la que unos personajes perfectamente apegados a su condición material (de miembros de la clase trabajadora, sometidos a la dominación del capital: en la calle como en la celda) la aceptan y elaboran estrategias racionales de acción y de resistencia. Y, justamente, es la película el relato del desenvolvimiento de dicha estrategia, solidaria, insobornable, pero también racional (en ningún caso meramente expresiva): la fuga de la prisión como la alternativa más sensata, antes que aceptar el encierro indefinido en la prisión; la solidaridad (de clase, política) frente al individualismo y la desesperación; la acción frente al conformismo.

Pero, siendo todo esto (y de manera bien excelsa: las escenas de trabajo en la fuga, por su ritmo implacable, por su exaltación de la artesanía y del trabajo bien hecho, resultan en todo momento fascinantes), Le trou es también una narración inquietante: precisamente, por la presencia -tan protagónica- del personaje de Gaspard (Marc Michel). El traidor.


Un personaje que evoca una fisura: una nueva forma de masculinidad. Perteneciente igualmente a la clase trabajadora. Pero con un nuevo modelo de vida buena, una diferente estructura de motivación, unas creencias radicalmente distintas: lograr dinero, y la salvación, por cualquier medio, sin que importe su moralidad; más preocupado, en cambio, por sus emociones y por cómo sea percibido en su entorno. Sumiso con la autoridad y con el poder. Apenas consciente de su condición material (de trabajador, de dominado): capaz de vivir de fantasías de ascenso social, de hacer cualquier cosa para que tales fantasías no se desvanezcan.

El contraste entre los cuatro compañeros y Gaspard es radical. Parecería, en el relato, que puede llegar a resolverse en una relación tuitiva, de padrinazgo, admiración y aprendizaje. Pero, al cabo, el azar (y las relaciones de poder) orientan la solución del conflicto hacia la traición, hacia la transferencia de su lealtad hacia los poderosos.

Un nuevo modelo antropológico de trabajador está surgiendo: tal sería, poco después, el aterrador diagnóstico de Pier Paolo Pasolini a este respecto. Le trou, en este sentido, parece constituir un lúcido anuncio de lo que estaba por llegar.




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