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viernes, 1 de julio de 2016

Richard Hughes: A high wind in Jamaica


Leer A high wind in Jamaica (hay traducción castellana en Alba) significa zambullirse de lleno en los misterios y perplejidades de la infancia. Y, por consiguiente, necesariamente, también en las dificultades y misterios del crecimiento y de la maduración psicológicas que conducen a l@s niñ@s a dejar de serlo, a convertirse en esos extraños seres que llamamos adolescentes, que luego se volverán ya personas adultas.

Por supuesto, A high wind in Jamaica es tan sólo (¡tan sólo!) una novela: no es un estudio de psicología del desarrollo, ciertamente; pero tampoco pretende aparecer únicamente como una mera metáfora (significativa, pero vacía de contenido empírico). Por el contrario, lo que esta novela parece constituir, ante todo y sobre todo, es una fábula moral, que, al hilo de determinadas constataciones empíricas (procedentes de la experiencia cotidiana) que el escritor ha experimentando, intenta emplearlas como base para una reflexión acerca del sentido -o sinsentido- de la moralidad, en tanto que herramienta de orientación práctica y de guía de conductas (¡y de control social!).

Y el resultado de la reflexión, lo que se infiere de las interioridades del relato, es que la moralidad constituye principalmente una invención (evolutiva: no hay autor individual conocido, sino una coautoría colectiva y progresiva -cultural) de las personas adultas, de la sociedad (adulta), para mantener el control sobre sí mismas y sobre sus congéneres. Pero que, por contra, apenas posee relevancia para la cosmovisión de l@s niñ@s.

Para ser más preciso: la moralidad del/la niñ@ es radicalmente extraña a la de la persona adulta. Porque otorga relevancia únicamente a hechos sensoriamente prominentes, y no a cualquiera otro: para un(a) niñ@ (para Emily, personaje protagonista de la novela), la muerte de Tabby, su gatito, es importante, pero no lo es, en cambio, la (ignorada) de su hermano John, por invisible, o los sentimientos de vergüenza, indignación y culpa que atenazan a los personajes adultos.

Sólo lo material y temporalmente inmediato es moral(mente relevante): tal podría ser el lema de la teoría moral imperante entre l@s niñ@s de esta narración.

Por supuesto, una teoría moral de esta índole ha de chocar, frontalmente, con las creencias dominantes entre l@s adult@s: entre las personas respetables, pero también incluso entre los piratas, (al fin y al cabo, únicamente unas pobres gentes trabajadoras que se han visto expulsadas del capitalismo esclavista del Caribe, forzados a vivir como parásitos de dicho sistema económico). Con resultados, en la novela, catastróficos para todos: niños muertos, piratas condenados y ejecutados injustamente, padres y madres asustados e incapaces de comprender, autoridades políticas y judiciales obsesionadas por reafirmar su poder (y el de las creencias que pretenden incuestionables) a cualquier precio,...

En último extremo, A high wind in Jamaica constituye una melancólica balada en torno a la incapacidad humana (o, cuando menos, sus notorias limitaciones) para la comunicación y la empatía: la extrañeza y la ininteligibilidad ante nuestros congéneres, parece decirnos, forman parte inescapable de la experiencia de existir en sociedad (la única forma de existir que el individuo humano conoce). Sin embargo, lo que hace que la novela adquiera todo su mordiente es el hecho de que, en vez de enfrentar a personajes reconocidamente diversos (al modo de, digamos, las novelas dieciochescas: Robinson Crusoe, Gulliver's travels,...: "civilizados" y "primitivos" frente a frente), a quienes pone frente a frente es a un@s niñ@s y a sus padres y madres (y, por extensión, a toda la sociedad, adulta). Nada más extraño y más alejado entre sí que tales personajes. Únicamente la doma (el sometimiento de los cuerpos y de las mentes infantiles a la disciplina del poder adulto, "educativo") resultará ser la solución: una solución a base de ejercicios de poder (no, desde luego, de mera empatía o de pura racionalidad).


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