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lunes, 24 de agosto de 2015

Mes séances de lutte (Jacques Doillon, 2013)


Lo advertía Roland Barthes (Fragments d'un discours amoureux), y parece una verdad evidente: en el (ese concepto cultural que hemos dado en llamar) amor romántico hay tanto, o más, de retórica que de realidad material. Por cierto que, justamente debido a ello, fue posible crear, en literatura y en cine (y a partir de Die Leiden des jungen Werthers, de J. W. von Goethe), todo un género narrativo, el del melodrama amoroso, cuya esencia estriba en generar toda un armazón retórico, con ánimo poético, en torno a las pequeñeces en las que el amor romántico acaba por plasmarse en la realidad: un contacto corporal, una relación sexual, una mirada, palabras apenas entredichas, gestos adivinados e interpretados hasta la extenuación, etc.

Pero se diría que los tiempos han cambiado. La pregunta que sobrevuela Mes séances de lutte es, precisamente, cómo puede ser aún posible construir esa retórica del amor, que parece imprescindible para que éste pueda seguir pareciendo algo más que lo que es materialmente (sexo, algunos -pocos- gestos, contactos y palabras adicionales, idealización), cuando el sexo se ha vuelto cotidiano, banal, y también las palabras que acompañan a la seducción amorosa. ¿Cómo crear, entonces, ahora ya ese discurso sin el cual el amor no es tal, no puede existir?

La apuesta -sin duda, extremadamente artificiosa- de l@s dos protagonistas de la película (y de su argumento) estriba en sustituir la palabrería y el sexo con arreglo a las convenciones dominantes por dejar que los cuerpos mismos hablen, que expresen lo que tienen que decir. Por pasar de las palabras a los actos (corporales).

Y lo que los cuerpos, deseantes y deseados, de ambos individuos tienen que expresar es, sobre todo, un gran bagaje de ansiedad, de resentimiento, de frustración, de dolor. Ansiedad, resentimiento, frustración y dolor que se manifiestan (se le manifiestan al/a otro/a) a través del contacto: un contacto violento, mediante golpes, llaves y torsiones. Aproximaciones y rechazos cuya violencia asciende y desciende, en oleadas. Entremedias, habrá momentos para la sexualidad explícita: también brusca, violenta, en la que los cuerpos intentan hallarse, penetrarse, como si no hubiese un acuerdo o una comunicación previa que los aproximase, como si fuesen puro vigor físico.

Y, al cabo (en la escena final), surge la sonrisa: la complicidad, la comunicación,... ¿Ha surgido el amor?

Esta alambicada trama obliga, en Mes séances de lutte, a un esfuerzo extraordinario, tanto de interpretación como de dirección. En el primer caso, porque se trata de una interpretación extremadamente física, exigente. Y, por lo que hace a la dirección, porque Jacques Doillon ha optado por filmar las escenas de lucha de la película como una suerte de musical sin música: no existe, en efecto, música extradiegética y, sin embargo, tanto los movimientos de los actores como la composición y montaje de los planos por parte del director obedecen claramente a un ritmo interno cuidadosamente medido y dosificado.

El resultado final de esta combinación de un original planteamiento ideológico, una extravagante trama argumental y una puesta en imágenes extremadamente formalista resulta, cuando menos, curioso, digno de consideración. Tengo mis dudas de que hallemos en realidad en la película esa perspectiva renovadora sobre el amor que se pretende. Pese a ello, merece la pena, cuando menos, considerarlo: pues, si acaso la respuesta de los personajes de Mes séances de lutte a la progresiva esclerosis del discurso amoroso tradicional no resulte del todo convincente, no me cabe duda de que sí que se está poniendo en una llaga abierta, que supura, y que exige atención y cura, en estos tiempos contemporáneos nuestros.




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