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domingo, 24 de mayo de 2015

¿Conservador o progresista? Una anécdota docente, que además contiene enseñanzas


Cuando veo, leo o escucho las -frecuentes- discusiones acerca de quién es (más) "conservador" o "progresista", siempre recuerdo una pequeña anécdota que me sucedió a mí, hace ya algún tiempo, y que hoy no me resisto a relatar.

Estaba yo, hace algunos años, cuidando un examen, junto con una colega, de notorias afinidades derechistas. Hablábamos de esas cosas que hablamos l@s profesor@s (cuando no tenemos nada que decirnos) durante un examen: de los resultados de los alumnos, de la impresión que nos llevábamos de ese curso,... Naderías.

Lo curioso vino cuando pasamos de la etapa de lamentaciones a la de propuestas (recuerdo que teníamos pendiente una reunión del profesorado para evaluar el proceso de implantación del Grado en Derecho en nuestra universidad). Porque la conversación se convirtió en un auténtico diálogo de sordos.

Porque a mí me preocupaban los defectos estructurales en el diseño del Grado en Derecho, que a veces impiden enseñar a los alumnos el Derecho Penal como se merecen, y te coloca en la tesitura de (a much@s alumn@s median@s) regalarles el aprobado, lo que es injusto, o suspenderles, también injustamente.

En cambio, curiosamente (o no), a mi colega ni la calidad de la enseñanza ni los resultados del aprendizaje parecían importarle gran cosa: ella lo tenía claro, bajaba el nivel, aprobaba a todo el mundo y santas pascuas. En cambio, lo que le traía a mal traer eran dos cosas: primero, tener que corregir mucho, porque "es mucho trabajo" (sic); y, segundo, que los alumnos de primero no respetasen ciertas "normas de conducta" (¡sic!), como pedir permiso para salir de clase, hablar entre ellos, consultar internet en sus ordenadores y móviles mientras están en clase, en vez de atender, comer y beber en clase,...

Atónito con las cosas que le preocupan a una persona conservadora cuando -como nos ocurre a l@s profesor@s- ejerce poder, me callé y me dediqué a mis asuntos. Aunque, luego, la conversación me dio que pensar (como resulta notorio).

Porque a lo mejor es esta una buena anécdota, de esas que enseñan algo: que una política progresista -la de verdad, digo- se ocupa de los efectos materiales de las acciones (quién gana y quién pierde, qué gana y qué pierde), mientras que una política conservadora sólo aspira a la preservación de las apariencias de orden, a que las reglas se respeten, independientemente de su sentido o justificación.

El/la progresista busca un mundo bueno. El conservador, tan sólo uno cómodo (para quien manda).

Y, quizá, con este criterio, distinguiríamos mejor a quién apoyamos (votamos,...), y a quién no debemos hacerlo. Mejor que atendiendo a las engañosas etiquetas ("socialista", "liberal", "de centro", "progresista", etc.) con las que impunemente, unos y otros, suelen adornarse.


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