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miércoles, 25 de marzo de 2015

Negociador (Borja Cobeaga, 2014)


Quiero iniciar mi comentario sobre la película mencionando dos detalles que me llamaron inmediatamente la atención cuando la vi (y que, señalaré a continuación, no creo que en realidad resulten ser meros detalles, menores). El primero fue la sorprendente manera en la que están filmadas las escenas iniciales, aquellas en las que el protagonista, Manu (Ramón Barea) se dirige hacia el hotel en el que las negociaciones entre ETA y el gobierno español van a transcurrir: a pesar de que, en apariencia, se trata tan sólo de unas escenas introductorias, de presentación del personaje y del lugar de la acción, lo cierto es que los planos están compuestos con algún énfasis, con picados y movimientos de cámara inusuales en dicho contexto.

El segundo detalle es que, como espectador, me encontré con la sorpresa de que justamente cuando la película parecía que iba a ponerse más interesante (porque, con la entrada en escena de Patxi -Carlos Areces-, el obcecado líder del grupo armado, iba a entrar en una dinámica más propiamente cómica, de enredo y desenvolvimiento de los equívocos y sinrazones de su trama, en el enfrentamiento entre ambos contrincantes), en realidad estaba finalizando: la negociación fracasa, el conflicto -el político y el militar- vuelven por sus fueros, a su cansina y terrible cuenta de muertos y sufrimiento, a la renuncia a escuchar y a ser escuchada, cada parte, por la otra parte...

Es evidente (y así ha sido destacado por todos los comentaristas) que Borja Cobeaga ha optado, en Negociador, por no intentar hacer una comedia alocada o bárbara acerca de las sinrazones del discurso político y de los conflictos simbólicos  en torno al mismo (tan evanescentes en su contenido, aunque tan reales en los efectos destructivos que provocan en la vida de las personas y en las sociedades a las que afectan). Ha apostado el director, en cambio, netamente por una mirada que pretende estar muy atenta a los detalles de la interacción humana de sujetos políticamente enfrentados. Y que, consiguientemente, evita satirizar aquello que retrata. Y que, por ello, acaba -resulta inevitable- por construir una mirada esencialmente melancólica sobre ello: sobre la irracionalidad del ser humano, las limitaciones de su capacidad de empatía y de comunicación,...

Todo ello es interesante, por original: huyendo del catálogo de tópicos simplistas propios de la "comedia de la diferencia" (reírse de lo que -creemos que- no es "normal"), que el mismo Cobeaga elaboró en sus contribuciones al programa televisivo Vaya semanita y al guión de Ocho apellidos vascos (Emilio Martínez-Lázaro, 2014), aquí su aproximación parece más cercana a lo que en otro lugar he calificado como comedia apologética: una narración que ironiza acerca de la dificultad de que las instituciones sociales (aquí, el conflicto y la comunicación políticas) satisfagan aquellos objetivos para los que supuestamente han sido diseñadas, que denuncia las desviaciones respecto de tales objetivos y la necesidad de regresar a las "intenciones originarias". Es éste -ha apuntado- un subgénero enormemente problemático, tanto desde el punto de vista político como desde el propiamente estético, que rara vez alcanza cotas de excelencia.

Sea como sea, lo cierto es que el intento de Cobeaga resulta frustrado: frustrado, quiero decir, justamente en tanto que comedia apologética. Y, en mi opinión, dicha frustración obedece precisamente a la dificultad del director (y, sobre todo, aún más, del guionista -el mismo director) para someterse las servidumbres del subgénero. En todo momento, en efecto, en Negociador parece que estemos la anómala -y poco ajustada- mixtura de dos narraciones diferentes: dotadas ambas de una misma trama, pero cada una de las cuales acaba tirando de la película en un sentido diverso, y aun contrario.

De una parte, como señalaba, resulta evidente el esfuerzo del director por construir una película detallista, melancólica y atenta al papel que el conflicto, el discurso y la comunicación política poseen, a sus carencias y dificultades, a sus efectos y agentes. Es en este sentido en el que en Negociador pueden atisbarse las huellas de una película escasamente cómica (en un sentido convencional), más bien melancólica, realista, desoladora en sus conclusiones... En la que sus personajes transitan perdidos, desorientados, buscando asir algún sentido a partir de todo aquello (negociar, esperar, discutir sobre palabras, esperar que el otro nos escuche, o comprenderle...) que constituye sus estancadas existencias, durante el proceso.

Y, sin embargo, Cobeaga no es capaz de evitar (¿no se resiste?) a introducir escenas más característicamente cómicas en un sentido convencional dentro de la narración. Algunas relacionadas con el núcleo de su trama (¡ese camarero riojano que confunde al líder de ETA con un guardaespaldas!), otras no (los chistes en torno a la incapacidad de Manu para manejar un teléfono móvil). Crea asimismo escenas destinadas a reírse abiertamente de los absurdos de los debates políticos en torno a símbolos.

Todo lo cual podría haber resultado de interés... en otra película. Precisamente, en una comedia bárbara, abiertamente satírica. En una, por cierto, que, entonces, hubiese optado por reírse, simétricamente, de los absurdos de los dos bandos enfrentados.

No ha sido esa la opción del director para construir Negociador. Antes al contrario, es muy clara cuál es la posición política que éste adopta: en sus película, no todos son iguales, algunos (representantes del Estado español) son razonables, pacientes (aunque desesperanzados); los otros (representantes de ETA) son ingenuos y/u obtusos. Una sátira, pues, desigual e incompleta.

Así, entre inconsistencias de guión y opciones estéticas (y políticas) cuestionables (satirizar -bien que sólo de forma somera y amable- tan sólo a una de las partes, incrustar escenas abiertamente cómicas en una narración que en absoluto lo es), la película transcurre como un intento, frustrado, de encarar en un tono que no sea abiertamente melodramático, el retrato de una situación tan cruda como la que ocasionó, en Euskadi y en el resto del Estado, tanto sufrimiento. Buen intento, sin duda, por más que fracase.

Aunque lo que en realidad pone antes que nada de manifiesto una película como Negociador es la dificultad para encarar una narración convincente sobre un tema tan manipulado dentro de las opiniones públicas española y vasca, como es el del "terrorismo etarra"/ "conflicto vasco" (táchese, según las preferencias de cada un@, la descripción que considere inaceptable), por parte de quien es incapaz de distanciarse lo suficiente de tal manipulación ideológica. Porque hacer arte con los ojos vendados es difícil, acaso imposible. Mucha limpieza, de las miradas y de las mentes, hará aún falta, en nuestra sociedad, antes de que una narración cómica y convincente resulte posible.




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