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viernes, 27 de febrero de 2015

Foxcatcher (Bennett Miller, 2014)


Foxcatcher es, a mi entender, ante todo y sobre todo una fascinante película de terror: de esas películas de terror que (a diferencia de la mayoría -perfectamente banales- de las que son clasificadas dentro del género) son verdaderamente capaces de inquietar y de asustar a un adulto racionalista y ateo; a quien no cree que existan entes sobrenaturales que influyan sobre el mundo material, pero que sí que reconoce la existencia del mal, encarnado en los fantasmas que nosotros mismos, los seres humanos, hemos creado y adoramos.

En efecto, lo que la película narra es, en definitiva, cómo se ejerce el poder: cómo se aprovecha la desigualdad en la disponibilidad de recursos materiales y de capital social entre personas (y, por extensión, entre grupos sociales) para establecer relaciones estables de dominación de unas sobre otras. Cómo todo ello se recubre, y encubre, ideológicamente, a través del empleo de categorías ideológicas como las de "éxito" o "patriotismo". Cómo se intenta convertir así a la parte dominada de la relación en mera carne de cañón: en puros cuerpos, disponibles como recurso (¡"recursos humanos", qué cruda y reveladora expresión!) al servicio del cumplimiento de los objetivos del dominador. Cómo ello necesariamente destroza el espíritu de aquél. Y cómo, en fin, éste se ve abocado a existir en un mundo fantasmal, debido a la imposibilidad, en el contexto de la dominación, del reconocimiento del Otro (del dominado), pero tampoco de dominar así el mundo. Porque, al cabo, la fantasía del poder absoluto deviene siempre imposible (aunque, mientras tanto, tremendamente destructiva).

Una historia que constituye, pues, una trasparente escenificación de la dialéctica del Amo y del Esclavo, que G. W. F. Hegel podría haber admirado. Ambientada, sorprendentemente, dentro de una trama acerca de la trayectoria deportiva de un destacado practicante de la lucha grecorromana durante los años 80 del pasado siglo, Mark Schultz.

Y una escenificación que, como señalaba, ha sido construida, desde el punto de vista narrativo, de tal modo que la historia, tal y como es mostrada, se convierte en una narración inquietante, terrorífica; lindante casi con el género fantástico. (En este sentido, nada más lejos de las pretensiones de Foxcatcher que la de constituirse en una convencional película de denuncia sociopolítica. De ahí su particular interés...)

Este interesante giro estilístico (que, sin renunciar por ello al contenido sociopolítico que se acaba de señalar, proporciona a la película relevantes connotaciones adicionales) es conseguido exclusivamente a través de un empleo hábil y sugestivo de los recursos de la puesta en forma audiovisual. Así, resulta particularmente destacable la manera en la que se recurre a la composición de planos extremadamente cerrados, que parecen atrapar a los personajes. Y cómo dichos planos muestran muchas veces simplemente a los personajes abismados en sus pensamientos (en la lucha contra sus fantasmas): expresando, mediante las interpretaciones de los actores (¡magníficos Steve Carrell y Channing Tatum!), la tensión interior a la que se encuentran sometidos. El cuidadoso y reiterado montaje de planos de tal índole hace que la inquietud domine, progresivamente, en escenas aparentemente anodinas, creando la expectativa de que algo terrible está ocurriendo.

Y está ocurriendo, efectivamente: unos seres humanos, al ser dominados (no de forma brutal y ruda, sino a través del empleo de las herramientas del poder, generalmente más sutiles, mientras la sutileza resulta posible y efectiva), están siendo destruidos psíquicamente, justo delante de los ojos del/la espectador(a). Y el propio dominador se está destruyendo también a sí mismo. Y podría pasarnos a cualquiera (¿no nos pasa ya?). Así pues, no hace falta esperar a la muerte terrorífica que el cine de terror más adocenado nos promete, como catarsis: es esa existencia de zombies, esa posesión infernal, que la dominación propia de los sistemas clasistas asegura que se apodere de nosotr@s, lo que verdaderamente más nos debe asustar.




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