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jueves, 23 de octubre de 2014

Gone girl (David Fincher, 2014)


El cine de David Fincher ha transitado casi siempre (pero ahí están The curious case of Benjamin Button The social network para obligar a matizar la afirmación que estoy realizando) por las convenciones genéricas del cine criminal. Y, sin embargo, nunca ha pretendido, desde el punto de vista temático (y, de modo creciente, tampoco desde el formal), ser mero cine de género: porque siempre las narraciones se han ocupado de trascender los contenidos temáticos más habituales del género (el crimen como reflejo del alma humana y de la sociedad, el enfrentamiento entre el orden y el desorden, etc.). O, si se quiere, para profundizar sobre dichos contenidos de un modo mucho más radical de lo que es habitual. Zodiac sería, en este sentido, el ejemplo paradigmático: una narración sobre asesinos en serie, que se negaba a atenerse a las convenciones del subgénero, para convertirse en una reflexión acerca del bien y del mal, y de la imposibilidad de la justicia.

En Gone girl, David Fincher vuelve a hacerlo: partiendo de una trama que, en apariencia, se corresponde plenamente con el género criminal (variante: persona desaparecida), se aleja significativamente y de forma radical de dicho canon (aun en sus expresiones más brillantes: digamos, por ejemplo -y por poner un ejemplo reciente-, que Prisoners). Lo hace, desde luego, ya en la propia estructura dramática de la trama, que gira en varias ocasiones casi completo, de modo sorprendente. Lo hace también en la puesta en forma audiovisual, que se aparta significativamente de las convenciones genéricas, para resultar más pausada, más contemplativa: es claro que al director no le importa mantener la tensión o generar inquietud mediante la forma de componer los planos, sino que apuesta más bien por imágenes que resulten inquietantes en otro sentido, mucho más reflexivo.

A través de todo ello, la película se convierte en una aguda -y amarga- divagación en torno a las ansiedades propias del individuo, desarraigado y descreído, propio de las clases sociales acomodadas (aquellas que se creen "clase media") en las sociedades capitalistas más desarrolladas. En torno a su obsesiva búsqueda de identidad, persiguiéndola a través los fantasmas ideológicos creados (la felicidad, el amor, la pareja perfecta, una vida plena, la autorrealización, etc.). Y dispuestos a todo (en la historia narrada: ¡literalmente, a cualquier cosa!) con tal de aferrarse a una autopercepción (que, claro está, depende más de la imagen percibida por los demás y de aferrarse a tópicos ideológicamente impuestos que a una reflexión auténticamente racional) que resulte, cuando menos, consoladora.

En tanto que historia sobre la búsqueda de la identidad (y sobre las mentiras necesarias para "conseguir" aquella que se supone que "nos corresponde", la "apropiada"), Gone girl se desliza, de modo pausado, pero también algo tramposo, por las vidas de sus protagonistas, sus vicisitudes, encuentros, desencuentros, mentiras y ocultaciones. De modo algo tramposo, es cierto, por no querer renunciar al componente de intriga y, debido a ello, por extremar un tanto las situaciones, que no resultan del todo coherentes -ni creíbles- a la luz de la descripción que previamente se ha hecho de los personajes. Es evidente, en este sentido, el esfuerzo para equilibrar la reflexión de fondo con la preservación de los atractivos comerciales que, se supone, una película de intriga ha de tener. Limitando, consiguientemente, la profundidad de la reflexión.

Pese a ello, es Gone girl una película auténticamente inquietante, como no suelen serlo la mayoría de las películas del género criminal: inquietante, por aquello hacia lo que apunta, aun cuando las limitaciones autoimpuestas hagan que la reflexión sugerida no llegue a alcanzar la profundidad que podría haber logrado. Justamente, porque nos habla (no de otros monstruos, sino) de nosotr@s mism@s: de una cierta clase social, de una cierta mentalidad, de un cierto estado de ánimo...




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