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martes, 17 de diciembre de 2013

Blue Jasmine (Woody Allen, 2013)


A estas alturas de su carrera, resulta muy evidente el interés de Woody Allen por mostrar a personajes que se engañan a sí mismos, como vía para eludir una realidad que, tanto existencial como socialmente, resulta triste e insoportable para ellos. Unas veces de un modo cómico, otras de uno más dramático (ma non troppo!), las tramas y los personajes se repiten, una y otra vez, en su constante lucha por enredarse, más y más, en telarañas de mentiras, que velen la realidad.

Es por ello por lo que, a estas alturas, no le pediremos a Woody Allen más que una cierta elegancia en el estilo de sus narraciones, y un mínimo de profundidad (ma non troppo!) en las historias que nos narra.

En este sentido, Blue Jasmine es, tal vez, un ejemplo de lo mejor -y de lo máximo- que podemos esperar ya de Woody Allen: una narración bien hilvanada, que se tome en serio a sí misma y que respete al/a espectador(a). (Cosa que era difícil de creer en el caso de varias de sus más recientes películas...) Un caso más de personajes que se engañan a sí mismos y los unos a los otros, que intentan ocultar(se) la triste verdad de sus existencias acomodadas, pero vacuas. Y que, pese a ello, se ven abocados, al fin, a revelarse: a proceder a su propia -y, últimamente, banal- anagnórisis.

Una historia que, desde luego, no es capaz de revelarnos nada importante. (En otro lugar he sostenido que el discurso subyacente a las películas de Woody Allen resulta siempre, aun en sus mejores ejemplos, banal en extremo). Y cuya forma audiovisual resulta simplemente funcional, convencional. Agradable de ver. Irrelevante.


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