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martes, 23 de abril de 2013

Theodor W. Adorno: Minima Moralia


Minima Moralia (hay traducción castellana en Akal) pretende obtener su potencia como artefacto literario (y filosófico -y político, en último extremo) de la palmaria contradicción entre su aparente ubicación genérica y su contenido verdadero. En efecto, Adorno parece acoger su libro (de ahí el título) al género de las obras de consejos y máximas útiles para la vida. Un género extremadamente venerable, en la tradición literaria clásica europea, con sus diversas vertientes y manifestaciones, que van desde las reflexiones de Cicerón hasta los "espejos de príncipes", y desde las guías de espiritualidad hasta las compilaciones de aforismos y  de máximas de pensadores de las eras moderna y contemporánea. (La versión degradada se plasma en los "libros de autoayuda", que proliferan en nuestros días, en un intento de promover esa concepción "gerencial" de la sentimentalidad y de la existencia que tan bien ha estudiado Eva Illouz. Algo sobre ello tiene que decir también Adorno, y lo dice con acierto, en el libro que comento.)


La cuestión, por supuesto, es que la tarea en la que Adorno se empeña, en la obra, es en demostrar que, precisamente, no existe ninguna posibilidad efectiva de construir una existencia individual prácticamente razonable y emocionalmente satisfactoria en tanto no se produzca una completa transformación social, que libere a los individuos (y a la sociedad en su conjunto) de ser, en el fondo y ante todo, meras encarnaciones de un factor de producción; objeto tan sólo, pues, de valoración en términos de capital variable.

De esta manera, el libro está constituido por una serie de parágrafos en los que (en un estilo que bascula entre el aforismo y el ensayo corto) Adorno va desgranando reflexiones sobre diversas facetas de la vida social, arguyendo acerca de las contradicciones a las que conducen las diferentes actitudes que es posible adoptar en la misma: "comprometerse", cerrar los ojos a la realidad, colaborar, resistir,... En todos los casos, el rechazo a (o la incapacidad, para) poner en relación las propias actitudes (y emociones, y creencias) con el conjunto de la situación social en las que las mismas están teniendo lugar, conducen necesariamente, según Adorno, a la impotencia, o bien el engaño, autosatisfecho, pero impotente también, al cabo.

Un@, al leer esos textos, puede tener la tentación de rechazarlos, por su profundo pesimismo (que no abarca sólo al fenómeno del fascismo, sino también al conformismo de las grandes mayorías con los regímenes demoliberales y con el consumismo). Aunque también podemos agradecer que Adorno continuara recordando, entonces (y nos permita volver a hacerlo a nosotr@s hoy en día, una vez más) que no existen salidas fáciles: no hay respuestas -ni morales ni emocionales- individuales verdaderamente satisfactorias a problemas de orden colectivo, que no pasen por el ocultamiento. De manera que la alternativa al engaño y a la impotencia es, únicamente, la transformación.

Así, podremos aceptar, a veces, que la transformación social necesaria no es, empero, posible. La confesión de dicha impotencia resulta en muchas ocasiones (dramática, pero) inevitable. Lo que nunca deberíamos aceptar, sin embargo, es que (como tantas veces, en nuestros tiempos, ocurre) se nos pretenda cambiar el ansia de revolución por aparentes soluciones individuales, emocionalmente gratificantes, que caen siempre en el moralismo o en la banalidad. Y no hace falta irnos demasiado lejos para hallar ejemplos de tal error: desgraciadamente, las izquierdas contemporáneas, tan aquejadas de la tentación del wishful thinking como de la de la moralina, nos los proporcionan por docenas.


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