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martes, 12 de marzo de 2013

No (Pablo Larraín, 2012)


Primero, la película: una narración escueta de cómo se diseñó la campaña publicitaria que contribuyó al triunfo de la oposición democrática en el referéndum convocado por el dictador chileno, Augusto Pinochet, en 1988 para intentar legitimar su régimen, de cara a la opinión pública internacional. Con apenas algunas escenas que exponen -de forma esquemática y simplista- el trasfondo sociopolítico del país, la narración se concentra en las vicisitudes de René Saavedra (Gael García Bernal) para lograr imponer su visión ("positiva") de cómo tenía que ser la campaña publicitaria opositora, para tener alguna posibilidad de éxito, así como en la forma en la que tuvo lugar el enfrentamiento publicitario entre oposición y régimen, a través de los espacios electorales televisivos. Todo ello, rellenado luego con alguna escena más, de pretendida tensión (escasa), en la que se intenta sugerir, de modo poco convincente, el nivel de inseguridad en el que se movían los activistas opositores, incluso en aquellos momentos, en el marco del régimen autoritario. Se presentan varios personajes (partidarios del régimen, opositores "radicales") con el papel de antagonistas del René Saavedra. Y la narración viene a elaborar una narrativa de triunfo del líder clarividente frente a la mayoría, ciega.

Todo ello, expresado a través de una puesta en imágenes sustentada sobre el empleo de una textura visual que simula la menor calidad de la imagen televisiva de la época en la que la película está ambientada, con la pretensión de acrecentar así la pretensión de "realismo": "verdaderamente, así fue la historia", vendría a rezar el lema subyacente.

A mi entender, la película, planteada en los términos acabados de describir, no posee gran interés en sí misma, en tanto que narración, puesto que no aporta gran cosa a la profundización en la historia narrada.

Más interesante resulta, no obstante, reflexionar sobre la historia misma; y el estreno y contemplación de la película constituye una buena oportunidad para hacerlo. Y es que la cuestión, política, de fondo que en la narración se plantea es la de la forma en la que una acción política transformadora (y, al cabo, con todas sus limitaciones, la de los partidos opositores que lograron acabar con la larga dictadura militar en Chile lo era) puede llegar a disponer de un apoyo mayoritario en la sociedad. En sociedades que -obvio es recordarlo- son siempre complejas, plurales y contradictorias.

Es interesante, en este sentido, recordar cuáles son los planteamientos enfrentados dentro de la coalición opositora (de la Concertación), según la narración de la película. De una parte, quienes reclaman el apoyo de la ciudadanía basándose en la superioridad moral de los partidos democráticos y en su trayectoria previa (de sufrimiento, sacrificio y resistencia). De otra, la de quienes piensan que, ante todo, hay que hacer una oferta de futuro: prometedora, esperanzada y que no dé miedo a nadie (o al menor número de personas y grupos sociales posible).

En la película, la respuesta "correcta" (triunfadora) es la segunda: sólo la implícita promesa de olvidar las divisiones del pasado permite a la oposición hacerse con los votos de los más moderados, centristas, asustadizos,... Y sólo el recurso al lenguaje de la publicidad (el mismo que -la película lo resalta con acritud- se emplea para vender series televisivas o refrescos) permite comunicarse con un electorado plural y complejo. Lo que, por supuesto, conlleva importantes hipotecas para la futura acción política del grupo con pretensiones transformadoras, que se verá inevitablemente limitada (como, de hecho, lo ha estado en Chile) por las expectativas creadas y por las promesas hechas (y por las silenciadas).

La pregunta, desde luego, es si tal dilema es siempre inevitable. Yo diría que la ciencia política nos aporta serios indicios de que es así: de que, con un electorado disgregado desde el punto de vista de su identidad social y, por ello, extremadamente dependiente de la información recibida -directa o indirectamente- a partir de los medios de comunicación, no es posible lograr, en el plano electoral, un respaldo ampliamente mayoritario sin diluir el discurso. (Tal es, de hecho, el fundamento empírico de las prácticas contemporáneas de los partidos políticos catch-all.)

La cuestión, entonces, es: ¿cómo haremos la revolución? Hasta ahora, la única respuesta que ha funcionado es: contra la democracia, sin contar con el apoyo (positivo) de las mayorías, aunque contando, sí (en el mejor de los casos), con sus simpatías y/o con su tolerancia. Esto es lo que hay, hasta aquí.




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