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lunes, 25 de abril de 2011

Carlos (Olivier Assayas, 2010): dilemas geoestratégicos de la lucha armada


(Las siguientes reflexiones se refieren a la mini-serie televisiva, no a la versión cinematográfica, recortada, de la misma -que no he visto.)

He visto con interés la serie que Olivier Assayas ha dirigido sobre Illich Ramírez Sánchez, alias "Carlos", el conocido personaje (en buena medida, a causa de la afición de los medios de comunicación occidentales a construir "demonios" a su medida, que sirven tanto para lanzar noticias sensacionalistas y conquistar audiencias como para generar sensaciones de miedo e inseguridad colectiva, tan útiles para la manipulación política) perteneciente al mundo de los grupos armados de raigambre izquierdista y tercermundista de los años setenta. La serie narra, en un rápido digest, dinámico y claro, aunque un tanto superficial en sus contenidos, la trayectoria de Illich desde su incorporación a la lucha armada hasta su secuestro en Sudán por los servicios secretos franceses y su traslado a Francia, donde ha sido juzgado y encarcelado.

Como persona estudiosa tanto de la realidad como de la representación cultural de los fenómenos de "terrorismo", creo que el mayor interés que posee la historia de Illich Ramírez -en particular, en su representación en la serie que comento- estriba en poner de manifiesto muy claramente algunos de los dilemas políticos y estratégicos a los que se viene enfrentando toda lucha armada con finalidad política; en especial, cuando se trata de una lucha no exclusivamente local, sino de naturaleza más global (como pueden serlo las luchas armadas de filiación izquierdista u, hoy, además algunas luchas armadas de inspiración religiosa, islámica).

Es sabido, en efecto, que los clásicos de la teoría revolucionaria (con Lenin y Trotsky a la cabeza) rechazaron siempre la alternativa estratégica del "terrorismo": esto es, la opción de formar grupos cerrados de militantes que tuviesen por objetivo atacar militarmente a líderes y agentes del poder (opresor), como forma principal de desestabilizar la dominación y promover la revolución. Dicho rechazo, empero, nunca lo fue por razones morales: pues, en contra del exacerbado -e impotente- moralismo de buena parte de la izquierda contemporánea, ellos tenían muy claro que no había razón alguna de principio por la que el uso de la violencia no pudiese, y debiese, estar indicado para acabar con la opresión, cuando ciertas circunstancias (políticas) tuviesen lugar.

Por el contrario, lo que ocurría es que Lenin y Trotsky (pero también Mao Zedong), retomando la crítica de Karl Marx al blanquismo decimonónico, entendían que la estrategia "terrorista" pecaba de elitismo: en la medida en que confiaba todo el peso de la transformación revolucionaria en una élite militante, completamente desconectada de las masas, no era de esperar que tuviesen éxito en su empresa; y, de tenerlo, el nuevo régimen seguiría sin ser más que la obra y la propiedad de la élite revolucionaria, no del pueblo (ni de su clase más oprimida, el proletariado). De este modo, toda la lucha armada que tradicionalmente fue promovida desde la izquierda de filiación comunista (desde los guardias rojos de la revolución rusa hasta la guerrilla cubana, desde la guerra civil china hasta la guerra de liberación en Vietnam,...) se desarrolló conforme a una estrategia que intentaba en todo momento preservar de algún modo el contacto con la población, de la que se recababa apoyo, tanto político como logístico.

Todas estas ideas acerca de la estrategia aempiezan a ponerse en cuestión, sin embargo, en los años sesenta del siglo pasado, en alguna medida. Se comienza, primero, por teorizar acerca de la "guerrilla urbana" (Carlos Marighella)... y, en muchos casos, enclaustrados los grupos armados en sus escondrijos dentro de las ciudades, se acaba por descuidar completamente cualquier conexión política externa, con organizaciones populares.

Por supuesto, buena parte de esta evolución resulta reveladora de una gran impotencia: impotencia política, para acceder al imaginario de las clases populares; e impotencia militar, a causa de la desproporción entre los medios militares de los grupos armados y la muy superior capacidad bélica de los estados (con escasas excepciones: Cuba, Nicaragua, Sudeste asiático, Colombia -durante algún tiempo-, Nepal recientemente,...).

En todo caso, el hecho cierto es que la historia de Illich Ramírez viene a ser una expresión práctica de tales dilemas: apostó por una lucha armada completamente elitista, en la que todo el protagonismo estaba en manos de los militantes, sin conexión ninguna con alguna base social (más allá de los restos de los movimientos sociales y revolucionarios de los años sesenta y setenta en Europa). Y, debido a ello, no tuvo otra alternativa que incorporarse, como un agente subalterno, a la dinámica política internacional, también elitista, en la que otros agentes, los estados (incluso estados no muy poderosos en la comunidad internacional, como lo eran los árabes), tenían mucho mayor protagonismo. Siguiendo, pues, la lógica de sus elecciones estratégicas iniciales, se vio forzado a contemporizar y a pactar con los únicos interlocutores que había en su medio: algunos otros grupos armados (poco, pequeños, locales casi todos) y, sobre todo, algunos estados, interesados en utilizarle y manipularle. Porque, en este marco, la sociedad (en cualquiera de sus manifestaciones: clases, movimientos sociales, partidos políticos,...) estaba ausente.

La pregunta que surge casi de inmediato es, por supuesto, cómo cualquier revolución podía haber surgido de tal estrategia: cómo podía esperarse que los estados, abandonados a sí mismos, que estaban intentando aprovecharse del orden geopolítico internacional existente (porque, en realidad, no tenían alternativa: se estaban enfrentando igualmente a dilemas geoestratégicos no tan diferentes, por cuanto que eran pequeñas piezas en un gran tablero, en el que las grandes potencias imponían su hegemonía), fueran a transformar, al menos intencionalmente, en ningún sentido relevante -relevante para la causa revolucionaria- dicho orden.

¿Cabían alternativas? Quién sabe... De cualquier modo, parece claro que fue esta una vía para la transformación revolucionaria que resultó completamente ciega.




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