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lunes, 19 de octubre de 2009

Las miserias del deseo (masculino): de “Lulu” (Alban Berg) a “The Subjecters” (Thomas Hirschhorn)

subjecters

Este fin de semana, y sin obedecer a un plan previo, he tenido, al tiempo, la oportunidad de asistir a la representación de Lulu, de Alban Berg (habría mucho que decir –pero, de tan pueril que es la cuestión, no merece la pena perder el tiempo con ella- sobre el reaccionario público operístico, que se asusta todavía ante una obra… ¡de 1935!), y la de ver también la exposición titulada genéricamente The Subjecters, de Thomas Hirschhorn. Con medios distintos, en épocas diversas, con estéticas completamente diferentes… y, sin embargo, curiosamente, ambas obras de arte abordan prácticamente el mismo tema, el de los deletéreos efectos del deseo (masculino) sobre el sujeto deseado.

Podríamos decir, de hecho, que entre Lulu y The Subjecters hay casi tan sólo una diferencia de perspectiva (relacionada, seguro, también con las diferencias estructurales de los medios respectivamente utilizados: de la representación escénica audiovisual a la obra plástica estática): que Berg adopta una perspectiva de evento (describe un proceso), mientras que Hirschhorn adopta la del estado de cosas (describe el resultado del proceso).

La ópera de Berg es, en efecto, una suerte de descensus ad inferos (sin aumento de sabiduría), al que Lulu, la protagonista de la narración, es sometida. En esencia, la obra nos cuenta las vicisitudes de las relaciones de Lulu con los hombres. Y, sin embargo, en realidad, por debajo de los insignificantes diálogos que los personajes mantienen (en torno a sus pasiones, en torno a sus deseos, en torno a sus culpas,…) y de las acciones eminentemente melodramáticas (al modo del verismo fin de siècle), el drama verdadero es subterráneo y tiene su principal reflejo en la música. (Por lo demás, algo similar ocurría ya en Wozzeck: en ambas óperas, la tensión dramática es proporcionada ante todo por el comentario musical.) Y es que, en aparente paradoja, cada acto que, guiados por su deseo y por su ardiente pasión, los distintos varones que se cruzan en la vida de la protagonista llevan a cabo, siempre con el fin de intentar estar un poco más próximos a la fascinante persona que para ellos es Lulu (la pasión de todos ellos hacia Lulu es erótica, sin duda, mas no necesariamente en todos los casos crudamente genital), acaba por producir consecuencias terribles para la mujer. Consecuencias que no sólo se derivan de lo que los hombres le acaban por causar (hasta llegar, en último extremo, a matarla), sino también de la degradación que en su identidad personal tales relaciones van ocasionando. Lulu comienza como mujer amante y deseada y acaba como prostituta; y, finalmente, como víctima (de la violencia de género de Jack the Ripper). No es, pues, una víctima desde sus inicios, sino que, antes al contrario, es siempre (co-)agente activo de su destino. Pero, al fin, el deseo de los demás, bien recibido por ella, la derrota y la destruye, antes psicológicamente que físicamente.

Hay que preguntarse, en verdad, cómo es posible que uno pueda destruir aquello que –en principio, al menos- más ama. Cómo es posible también que lo amado y deseado pueda verse afectado por el deseo del otro hasta tal punto de verse completamente desfigurado. Cómo lo es, en definitiva, que los sujetos no puedan apenas cruzarse sin arañarse y amputarse en el encuentro (pueden los cuerpos, desde luego… pero eso es sólo sexo). Si es sólo el deseo masculino, configurado por el patriarcado y el sexismo (y su recepción por la mujer, también educada por ambos), el que destruye. O si existe otra posibilidad, de desear respetando, pese a todo, la identidad personal.

Es en este sentido en el que las obras de la exposición de Hirschhorn parecen, precisamente, una representación acabada y aterradora de ese cementerio final en el que las víctimas del deseo ajeno yacen. Enfocada específicamente hacia la opresión de género (en la medida en que, debido a ella, son las mujeres quienes suelen llevar la peor parte en la dinámica del deseo), nos presenta auténticos monumentos funerarios a las víctimas del deseo masculino: humus del “progreso” de la civilización. Sus maniquíes, rodeados de grandes palabras, de hermosas imágenes, de imágenes del horror,… Pegados como composta en la base del mundo.

¿Ha de girar sin fin la rueda, o existe un camino hacia fuera?


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