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lunes, 8 de julio de 2019

Mario Levrero: La novela luminosa


La novela luminosa es la crónica de un fracaso. O, por mejor decir, es un ensayo: en forma de la híbrida narración que componen un diario y algunas breves historias narradas en él y en algunas pocas páginas que lo complementan y que narran escenas de experiencias de iluminación (mística, paranormal o, simplemente, bastante significativas).

Se trata, en efecto, de reflexionar (pero empleando para ello la forma narrativa, de una novela abigarrada y mestiza) acerca de la imposibilidad de que la creación literaria sea capaz de dominar como le gustaría al autor la percepción de la fenomenología de aquellas experiencias humanas más relevantes, íntimas e iluminadoras: aquellas que parecerían dotar de algún sentido a nuestra existencia y al mundo que nos rodea y acosa. Así, Levrero queda encargado (por su propia voluntad y por el proyecto literario que -en seguimiento de la misma- ha formulado, cuando solicitó una beca norteamericana) de construir una novela que sea capaz de dar debida cuenta de algunas de tales experiencias que él ha podido vivir.

Y, sin embargo, lo que La novela luminosa viene a poner de manifiesto es, justamente, la imposibilidad del proyecto: la existencia humana (la existencia del escritor) transcurre inexorable, con sus demandas materiales, sus rutinas, sus perezas y sus tiempos (siempre limitados). Por lo que esperar que una actitud de espera sea capaz de evocar las experiencias iluminadoras, donde y cuando le convendría a la potencia creadora del escritor, constituye una vana ilusión. Precisamente, cuando el autor adopta la actitud de espera, a la caza del fiel retrato de las iluminaciones, entonces estas se niegan a aparecer, o lo hace tan solo de través, de un modo oblicuo (inextricablemente entrañadas en la cotidianidad más prosaica); y, por ello, inenarrable.

Al cabo, Levrero se ve obligado a confesar que su proyecto literario (¿el de una novela que, a su vez, resulte iluminadora?) ha fracasado: transcurrió el tiempo, tan solo algunos atisbos de trascendencia fueron percibidos, sin apenas repercusión alguna a la hora de verse representadas; la vida se impuso.

En todo caso, la experiencia del escrito uruguayo resultaría banal si se tratase únicamente de (si fuese leída como) confesar la propia impotencia de un individuo a la hora de realizar su plan. Ocurre, empero que, más allá de ella, parecería que, gracias a La novela luminosa, el empeño de Levrero nos permite (aun en su impotencia, o tal vez gracias a ella) colocarnos en una posición que resulta apta para la investigación trascendental (a la manera de una manera de kantismo estético-literario): apta para identificar cuáles son los límites de lo literariamente representable, en la experiencia humana. De manera que el fracaso de Levrero sería, en realidad, el fracaso de toda la ambición, de la literatura occidental, de dominar y manejar el mundo, merced a la posibilidad de representarlo.

Porque, de hecho, ¿qué sucede -qué nos sucede- cuando aquello que ocurre y tiene presencia (y es, incluso, percibido por nosotr@s, human@s) no puede ser acrisolado a través de las categorías de la representación (aquí, literaria)? ¿Cómo afrontar el hecho de que tanta sustancia de lo real apenas puede ser retenida por nuestras limitadas capacidades perceptivas, conceptuales y expresivas? Cabe inquietarse acerca de cómo sería posible responder a estas cuestiones...


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