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lunes, 6 de mayo de 2019

Relatos salvajes (Damián Szifron, 2014): sobre la violencia, dentro y fuera de la pantalla


Veía el otro día Relatos salvajes y, en tanto que obtenía en su contemplación la fruición que se supone que dicha comedia negra, preñada de moralismo, pretende proporcionar a sus espectador@s, me dio por reflexionar acerca de la manera en la que el director y guionista argentino busca lograr tal resultado.

Pensé, en efecto, que la narración contenida en la película pretende presentarnos, a partir de los recursos retóricos que proporciona a las historias narradas la perspectiva del humor negro que se adopta para relatarlas, un comentario sarcástico, y extremadamente moralista, acerca de rasgos y vicios que aparecen (en el discurso subyacente) como "connaturales" a la sociedad argentina, o acaso a la misma "naturaleza humana".

No obstante, pensé también que, para que este efecto perseguido (y la fruición que, se supone, el mismo debe provocar en l@s espectador@s) se produzcan, resulta imprescindible que la narración de las historias de violencia e intolerancia que se cuentan sean rebajadas notoriamente en cuanto a la crudeza en la visibilización explícita de las consecuencias, físicas y psíquicas, para autor@s y para víctimas, de las acciones violentas.

Pues ocurre que, en realidad, dada las características que posee la dinámica emocional que es propia del individuo humano psíquicamente normal, éste, ante actos violentos mostrados con todo el realismo (esto es, sin estetizarlos ni estilizarlos intencionadamente), tiende a ver bloqueadas sus capacidades cognitivas, a causa de la intensa reacción emocional que la violencia le provoca siempre: desde luego, si es autor o víctima (en ambos casos, de manera mucho más intensa todavía), pero también si se trata de un(a) mer@ espectador(a); e incluso -aun sin con menor intensidad- si es un(a) espectador(a) distante, como lo es siempre el/la espectador(a) cinematográfic@. Se trata de un efecto inevitable, genéticamente condicionado (y con evidentes causas evolutivas).

Precisamente por ello, aquell@s director@s de cine (porque el cine muestra la violencia, la representa en términos visuales y sonoros, allí donde la literatura se limita a relatarla con palabras) que usan la violencia como tema de las historias que narran y que, sin embargo, se interesan más bien por emplearla como recurso retórico (antes que como materia de reflexión o de exploración), tienen la tentación -prácticamente irrefrenable- de rebajar la visualización de la realidad de la violencia física y psíquica entre seres humanos. De convertirla en un espectáculo (de estetizarla): tanto da que lo sea cómico, espectacular y epatante, melodramático, etc.

Así, en Relatos salvajes, el comentario cómico (sarcástico) y moralista acerca de la condición humana y de la sociedad argentina puede ser expresado a través de sus narraciones únicamente a costa de convertir la violencia narrada en un espectáculo, extremadamente manipulado: violencia oculta (en los segmentos de Pastenak o La propuesta), violencia ridícula (en el fragmento Hasta que la muerte nos separe), violencia inofensiva (en el fragmento Bombita) o violencia explícita incluso, pero cuyos efectos sobre el psiquismo son ignorados, al cortar "a tiempo" el relato para que no puedan apreciarse (en los fragmentos Las ratas o El más fuerte). La violencia es un recurso retórico, al servicio de una narración y de un discurso que no pretende abordarla realmente, sino tan solo utilizarla para llamar la atención del/la espectador(a).

Me pregunto, entonces, cuán lícita es esta opción estética. Porque no, no se trata de reticencias morales. No, cuando menos, en el moralista sentido habitual (de horrorizarnos por la banalización de las escenas violentas en el cine y en la televisión, de preocuparnos por su efecto corruptor sobre l@s espectador@s, de condenar escandalizad@s la ausencia de una moralina que, dentro del relato, deje clara la condena explícita de aquello que se está narrando,...).

Y, sin embargo, las dudas acerca de la moralidad de una estética de la violencia que opte por estetizarla, al servicio de dudosas pretensiones de superioridad moral (como todo comentario sarcástico inevitablemente siempre conlleva) persisten. Pues me pregunto si puede resultar válido un comentario social y moral que parte de la base de que el/la espectador(a) es incapaz de aceptar la verdad (aquí: la verdad de la violencia, en toda su crudeza); o de que no vale la pena contársela, porque de ese modo apenas obtendría el placer visual que se le pretende proporcionar. Si no hay, en suma, tanta o más violencia social (sociocultural: ideológica) en esa supresión que en todo aquello que, en las escenas representadas en la narración, se intenta resaltar, denunciar y criticar.




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