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viernes, 12 de octubre de 2018

The Marvelous Mrs. Maisel (Amy Sherman-Palladino, 2017-)


The Marvelous Mrs. Maisel explora, a través de la narración de las vicisitudes de su personaje protagonista, la posibilidad de que la representación artística de la realidad pueda servir para volver esta más transparente, para cobrar conciencia acerca de sus estructuras más profundas. Y, también, para empoderar a quien ejercita la praxis artística, siempre, claro está, que lo haga con el suficiente grado de sinceridad sobre aquello propio que representa.

Para Midge (Rachel Brosnahan), en efecto, el hecho de tener que enfrentarse crudamente, en un momento dado, a la realidad de que, a pesar de sus privilegios de clase social, ostenta, por razones de género, una posición subordinada dentro de su pareja y de su familia, le conduce a los habituales sentimientos de incredulidad, tristeza, desánimo y pérdida de confianza en sí misma. Y, sin embargo, lo particular del personaje es que se revela capaz de transformar ese mismo dolor en indignación (que es ya una emoción moral, y no simplemente íntima). Y la indignación, a su vez, en acción: en la acción de representarse a sí misma en el escenario, en un escenario de stand-up comedy.

Y ocurre que, representándose a sí misma, su sufrimiento y el maltrato y discriminación de que ha sido objeto, Midge comienza a adquirir, y a expresar, conciencia de la injusticia que existe en el trasfondo: la injusticia estructural que la coloca a ella, por su condición de mujer, en un lugar necesariamente subordinado (ejemplificado por el que viene manteniendo desde siempre su madre -Marin Hinkle-, contrapunto femenino del de Midge en el elenco de personajes) a decisiones adoptadas por otr@s (por otros, principalmente). Una conciencia que, a su vez, se acaba por reflejar en la representación -cómica: ya no se trata tan sólo de sus problemas, se trata de los problemas de tantas y tantas mujeres... Representación, pues, que proporciona conocimiento; y que, por ello, empodera.

Y, sin embargo, no es la menor de las paradojas el hecho de que, en el fondo, la narración que resulta ser The Marvelous Mrs. Maisel constituya en realidad un producto comercial, con personajes y situaciones ficticias (y con una diégesis localizada en el pasado). Ciertamente, es seguro que refleja,en alguna medida, experiencias (de discriminación y de dominación) de toda mujer, entonces y ahora. Pero también es cierto que, pese a ello, una representación artificiosa: fruto más de las moda feminista que atraviesa actualmente la industria audiovisual norteamericana que de cualquier ejercicio de introspección y reconstrucción crítica de las representaciones culturales femeninas. Tal es su limitación. Que, pese a todo, no impide que los temas (de alienación y liberación, a través de la experiencia estética) que evoca sean del mayor interés.




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