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miércoles, 16 de mayo de 2018

Literatura para destripar la mente: una reflexión autobiográfica


(Esta no es una reflexión sobre estética literaria: sobre esto, véase aquí o aquí. No, cuando menos, sobre una estética literaria generalizable. Es, más bien, la reflexión de un teórico que, además, es aficionado a la literatura, acerca de cómo uno y otro interés pueden y deben interrelacionarse. Es, pues, una reflexión sobre la estética del lector: de este lector, cuando menos...)

Hubo un tiempo en el que la literatura era, para mí, una manera, la mejor manera, de acceder al mundo: nacido en un momento, en un lugar y en un medio social en el que todo se me aparecía como mediocre, rutinario y sin interés; nacido, pues, en un medio social de clase trabajadora (aunque con estudios), en el que las pretensiones dominantes eran y siguen siendo las de sobrevivir, tener algún tiempo para el ocio y algo de dinero para poder disfrutarlo y, con suerte, ascender socialmente (un@ mism@ y/o sus hij@s). En el que la libre disposición del propio tiempo resulta casi inimaginable, por estar habitualmente sometidos al dominio que el capital ejerce sobre él, de manera que el tiempo libre que restaba tenía que administrarse con prudencia, sin empeñarse en proyectos que fuesen demasiado grandiosos.

En este ambiente (de cotidianidad dominada: de tiempo administrado, de carencia de libertad y, por ende, de expectativas de que pudiera imaginarse una vida cualitativamente diferente, y mejor), la literatura se convertiría en un modo de alejarse de aquella realidad y, en cambio, de aproximarse e intentar alcanzar otros mundos -materiales, culturales, mentales, emocionales- que (al parecer) existían también en este, aunque no supiésemos dónde se ubicaban en realidad: mundos de aventura y de pasión, de compromiso y de dilemas morales, mundos de conocimiento, revolución, amor, desesperación, muerte...

De este modo, Dashiell Hammett y James Joyce, Miguel Cervantes y Marcel Proust, William Faulkner y Jorge Luis Borges, Louis-Ferdinand Céline y Julio Cortázar, Franz Kafka y William Shakespeare, Ramón María del Valle Inclán y Albert Camus, entre tantos otros, todos ellos se convirtieron en mis maestros, de vida y de conocimiento, compartiendo conmigo sus experiencias, historias, reflexiones y emociones. Que yo hice mías.

La literatura fue, pues, mi puerta de salida de la dominación: del imaginario de la dominación, cuando menos. Mi camino hacia el conocimiento de realidades, y de posibilidades de realidad, distintas, por las que luchar y a las que intentar llegar.

Seguramente, la literatura (como herramienta, para intentar remediar la insatisfacción que había dado lugar a mi afición por ella) están en la base de mi constante pasión por aprender. De mi vocación -si se me permite la pedantería- "intelectual". La impresión de que existían otros mundos (materiales, históricos, sociales, culturales, emocionales), la sensación de que eran, cuando menos, más interesantes y más fascinantes, si no mejores. Y la convicción de que tales mundos podían ser conocidos y hechos propios.

Heme aquí ahora, a mis más de cincuenta años: habiendo leído mucho, de literatura y de otras cosas. Habiendo aprendido algo, o bastante, de dogmática jurídica, de psicología, de filosofía, de sociología, de ciencia política, de economía, de antropología. Siendo, además, aficionado a leer, e intentar estar al tanto, sobre los últimos avances en cosmología, física, biología y ciencia cognitiva...

Desde mis tiempos de adolescencia y de juventud, cuando era un joven inquieto e insatisfecho, descubriendo que el mundo era, o podía ser, mucho más amplio de cuanto me habían enseñado, hasta hoy, en el que soy -o creo ser- una persona razonablemente culta (desde luego, por encima de la media), mucho tiempo ha transcurrido, muchas lecturas y muchas experiencias.

Y, así, hoy, para mí, la literatura rara vez significa -como lo significó, en su día- el descubrimiento de nuevos mundos, actuales o posibles. De hecho, tal función la vienen cumpliendo para mí, ya desde hace tiempo, la ciencia y la filosofía, los conocimientos de tales disciplinas a los que vengo accediendo y que me han permitido hacerme una composición bastante cabal del universo -tanto físico como social- en el que habito (algo que, contra lo que frecuentemente se cree, no resulta tan fácil de lograr, en vista de la sobreabundancia de ideología y de mitología en todas las sociedades y culturas, aun en aquellas que -como la europea- se las dan de más "racionales").

Ello, sin embargo, no quiere decir que la literatura haya perdido su importancia. O que se haya convertido, para mí, en un medio de puro entretenimiento, de una forma de relajar la mente cuando no la dedico a actividades intelectualmente más esforzadas. Claro que algo de eso hay (ciertas novelas criminales, por ejemplo, que a veces leo, no me permiten ir más allá del puro solaz, por lo intrascendentes que resultan ser). Pero no, no lo es todo.

Tampoco, en fin, se trata únicamente de emplear la literatura como campo de pruebas, como espacio cultural del que extraer casos y ejemplos para llevar a cabo experimentos (mentales) en torno a los conocimientos teóricos adquiridos. De utilizar, por ejemplo, Solaris para hablar del problema de la relación mente-cuerpo, o los personajes de algunas novelas de James Ellroy para ilustrar la ideología policial. Desde luego, también resulta útil para este fin. Mas, personalmente, descreo de las concepciones exclusivamente didácticas (y, en el fondo, moralizantes) del artefacto literario, que debería tener en todo caso -y, en mi opinión, efectivamente ha de tener- una función más trascendente que el de un mero catálogo de ejemplos, a disposición de los predicadores.

¿Para qué, entonces, me puede servir hoy (además de para descansar y/o para ejemplificar teorías) la literatura? Yo diría que, si para algo más me sirve seguir leyendo (buenas) obras literarias, es precisamente para hacer pedazos mi mente. Y ello, cuando menos, en dos sentidos diferentes. Primero, para ayudarme a poner en cuestión la firmeza y la absolutidad de todos y cada uno de los conocimientos teóricos que he adquirido. Para contrastarlos, en suma, con la fluidez de lo real. No, desde luego, para negarlos: parece difícil que una experiencia literaria (que obligadamente posee siempre una naturaleza meramente fenomenológica, y muchas veces también casuística) realmente pueda llegar a poner en cuestión el resultado de investigaciones teóricas -científicas y/o filosóficas- sólidamente acreditadas. Pero sí para volverme más consciente de sus límites y de lo borrosas que necesariamente son, en último extremo, los contornos de todas las categorías teóricas que solemos emplear, por más que usualmente tendamos a ignorarlo.

Así, por ejemplo, cuando, en muchas novelas de Henry James (en The golden bowl, por ejemplo), la voz narrativa expresa la compleja personalidad psicológica y moral de sus personajes protagonistas, ello me obliga a leer de otra manera los estudios de psicología de la personalidad o acerca de la motivación psíquica. O, si leo a Heinrich von Kleist, me siento abocado a revisar mis ideas acerca de la teoría y de la ética de la acción...

Pero no sólo eso. Además, en segundo lugar, leer buena literatura sirve también -en mí, cuando menos- para poner también en cuestión el lenguaje: el lenguaje que los teóricos tendemos a utilizar. Tan plagado de sobreentendidos, de metáforas, de figuras retóricas, que tendemos constantemente a hipostasiar, a convertir, en nuestro discurso, en realidades aparentemente incontrovertibles. La literatura, entonces (la buena literatura), nos ha de servir -me sirve a mí- para recuperar el lenguaje: para recobrar la consciencia imprescindible acerca de sus trampas, de sus artificios, de las mentiras y ocultamientos (tanto teóricos como políticos) que detrás de sus artificios existen.

Leer a John Barth, leer Salammbô, o leer La coscienza di Zeno sirve justamente para eso: para adentrarse en las interioridades del lenguaje, para conocerlas; y, en suma, para despiezar ese lenguaje, destrozar todas sus estructuras y recomponerlas. Volviéndonos, en el tránsito, mucho más conscientes de los automatismos y manipulaciones que habitualmente nos habitan, cada vez que usamos las palabras.

De este modo, leer literatura, buena literatura, sigue siendo para mí, como lo ha sido siempre, desde mi juventud, una (otra) manera de acceso al conocimiento. Ahora ya, a mis años y con el bagaje -de aprendizajes y de experiencias- que llevo encima, no tanto al conocimiento de la realidad que está ahí fuera y aquí dentro: para eso tengo hoy ya otras formas, mucho más rigurosas, de conocerlas. Pero sí, en cambio, sigo necesitando la literatura como válvula de seguridad: para estar seguro de que mi mente (y mis creencias) no están siendo atenazadas en demasía por la tiranía que, al alimón, lenguaje y dogmas teóricos tienden a ocasionar, en sujetos no particularmente atentos y desconfiados.


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