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viernes, 30 de marzo de 2018

The party (Sally Potter, 2017)


Es sabido que la sátira, en tanto que género expresivo, consiste esencialmente en un empleo generoso y sin demasiadas cortapisas de los recursos retóricos de la exageración, la imitación, la yuxtaposición y la ironía, con el fin de mostrar explícitamente (más explícitamente de lo que usualmente permiten las convenciones estilísticas propias de la estética realista) las ridiculeces y/o los vicios morales de los personajes y situaciones que retrata, trasuntos siempre de personas y situaciones reales.

Una sátira, entonces, no puede ser criticada (en tanto que tal: quiero decir, atendiendo a la potencia expresiva que posee en razón del género al que se adscribe) más que, creo, en atención a dos posibles criterios: a la mayor o menor proporción y adecuación en el uso de las figuras retóricas que emplea para construir la representación satírica; y según cómo se corresponda dicha representación con la realidad a la que se pretende aludir.

Desde el primer punto de vista, nada -cuando menos, nada demasiado destructivo- cabe aducir en contra de The party, la última película dirigida por Sally Potter. Aunque sí es posible, no obstante, advertir ciertamente de que parecía posible, con los materiales narrativos de que se disponía, haber pergeñado una representación mucho más generosa en su empleo de recursos retóricos. Y, por consiguiente, una sátira mucho más alocada, menos medida, de lo que en realidad acaba por parecer la que en la película se muestra. (Estoy pensando, por ejemplo, en los magistrales ejercicios satíricos que, con materiales próximos, Billy Wilder llevó a la práctica, a base de más exageración, más parodia y más ironía, en películas como Ace in the hole (1951) o Kiss me, stupid (1964)...)

Sin embargo, The party empieza a resultar verdaderamente cuestionable allí donde su directora ha querido, de manera explícita (en numerosas declaraciones en este sentido), colocar el foco de la atención sobre la película: en su pretendida finalidad de satirizar vicios propios del progresismo bienpensante y acomodado de cierta intelligentsia occidental. Pues ocurre que, desde este punto de vista, la narración satírica contenida en The party deviene banal: por la decisión de su directora y guionista de construir une personajes absolutamente simples, auténticos hombres (y mujeres) de paja, polichinelas a los que sacudir alegremente, poniéndolos en ridículo. Personajes que apenas pueden ser tomados en serio, en tanto que representación de grupos de personas reales (esa intelligentsia a la que se intenta aludir), debido a su unidimensionalidad, a su falta de complejidad.

Sin duda, la alegría de golpear a Polichinela puede resultar exultante, liberadora. Pero nadie debería confundir esa experiencia primaria con una reflexión de mayor alcance. Tal es, sin embargo, la trampa en la que nos intenta hacer caer una película como The party: hacer pasar una broma pueril por un retrato profundo.

Deberíamos rechazar tal pretensión, tanta pretenciosidad. Porque el tema al que la película alude, y que se revela incapaz de abordar con un mínimo rigor (tampoco con rigor satírico, que desde luego también existe), el de esa nueva "traición de l@s intelectuales" (capaces de incumplir con su deber si con ello lograr ventajas materiales, gratificación psíquica y/o prestigio social), sí que está demandando los esfuerzos de creador@s satíric@s que sean lo suficientemente valientes, comprensiv@s y dotad@s para el ejercicio del merecido sarcasmo. Pero un sarcasmo que haga daño, porque haga referencia a personas y a fenómenos reales (y, en tanto que tales, complejos y ambivalentes).




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