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martes, 12 de septiembre de 2017

¿Por qué debemos seguir estudiando la represión bajo el nacional-socialismo?


Estaba yo el otro día leyendo (con motivo de un trabajo de investigación que ahora mismo preparo) un artículo del penalista nacional-socialista Georg Dahm que se titula Verrat und Verbrechen (Traición y delito). En el mismo, y aunque bajo otra fraseología, es perfectamente posible entrever muchos de los argumentos que, en la contemporaneidad, han sido aducidos en favor del concepto y legitimidad del llamado "Derecho penal del enemigo" por parte de sus sostenedores.

¿Significa esto que -como algun@s, demasiado alegremente, vienen a concluir- Günther Jakobs y otros que se han adherido a su tesis son nazis? Cabe dudarlo (a la vista, entre otras cosas, de que el punto de partida de la teoría del Derecho Penal del enemigo no está en ningún pensador fascista, sino en uno tan ilustrado como Immanuel Kant). Además, ocurre que, más en general, una y otra vez, cuando hemos de examinar en profundidad las formas que adoptan prácticas de represión propias de los estados contemporáneos (aun democráticos), como el genocidio, la guerra contrainsurgente, la segregación, las medidas policiales puramente inocuizadoras, etc., es muy recomendable (yo lo hago sistemáticamente: vid. aquíaquíaquíaquí, aquí y aquí) acudir a los ejemplos nacional-socialistas de ejercicio de esta clase de prácticas, porque siempre resulta iluminador en extremo: siempre permite comprender mejor las características, constricciones, causas y efectos de la utilización de tales dispositivos de poder por parte de los estados.

¿Quiere decir, entonces, que en realidad -como pretenden extremistas de una y otra laya- no existe diferencia entre un estado demoliberal y otro fascista, que "en el fondo (sic) son lo mismo"? Parece poco plausible, especialmente a la vista de la abrumadora evidencia histórica que corrobora la conclusión de que un régimen como el nacional-socialista únicamente fue posible (aun con una duración tan efímera) en un contexto que combinaba el trauma social ocasionado por la primera guerra mundial (en toda Europa, pero más aún en los estados derrotados) con el trauma político provocado por la oleada de revoluciones -una, la rusa, además, exitosa- con pretensión explícitamente anticapitalista. Es decir, que, como ejemplar histórico, el régimen nacional-socialista resultaba enormemente improbable (a diferencia de los regímenes demoliberales).

A este respecto, mi conclusión no es que el estado fascista sea la culminación o "máxima expresión" de nada. Por el contrario, mi conclusión es que en los regímenes fascistas -y, señaladamente, en el nacional-socialista alemán- se llevan hasta su último extremo, merced a la excepcional situación histórica, tendencias inherentes (e imposibles de eliminar por completo) a la forma Estado-moderno, por lo que hace a su manera de ejercer el poder político (el poder basado en el reconocimiento de la autoridad del sujeto empoderado por parte de los destinatarios de sus mandatos); y, en particular, de obtener obediencia a dicho poder. Y que, precisamente por ello, sigue siendo interesante estudiar a fondo cómo aplicaban los nazis su represión.

En concreto, esas tendencias (surgidas, en esencia, con la modernidad -ni en la edad antigua ni en el medievo, aunque por razones distintas, estaban presentes de algún modo relevante) son principalmente dos, a mi entender:

1ª) En el plano filosófico-político (en cuanto a los fines): El estado fascista lleva hasta el extremo una concepción de la comunidad política constantemente presente en el pensamiento político moderno y contemporáneo: el ideal (mito) de una comunidad política cultural e ideológicamente compacta, que ha sido capaz de unificar las creencias, modelos de vida buena y preferencias de sus miembros hasta el punto de excluir toda diversidad. Este ideal puede rastrearse, antes del fascismo, en todo el pensamiento reaccionario europeo moderno. (Paradigma: el principio "Cuius regio, eius religio", proclamado en el Reichstag de Augsburg de 1555.) Y, desde luego, viene operando -y sigue haciéndolo- como modelo ideal de estado y de política también en los estados demoliberales. (Ejemplos: políticas antiterroristas, represión de la disidencia política, biopolítica y normalización de poblaciones, políticas de extranjería, políticas de segregación de ciertos grupos étnicos, religiosos, etc.)

2ª) En el plano técnico-político (en cuanto a los medios): El estado fascista radicaliza igualmente hasta el límite el predominio -eminentemente moderno- de la racionalidad instrumental, en la acción política, sobre cualquier consideración de naturaleza moral. (Paradigma: Il Principe, de Niccolò Machiavelli.) En efecto, la política del estado fascista está guiada en todo momento por el lema "siempre hay que hacer lo que es necesario hacer (sin importar las consecuencias, ni tampoco las razones morales, estéticas, emocionales, etc. que pueda haber en contra de hacerlo)". Tentación que, es evidente, también está presente de manera constante en estados no fascistas, demoliberales. (Ejemplos: otra vez, las políticas antiterroristas, las estrategias contrainsurgentes en el exterior, la legitimación de la violencia y la represión policiales, las políticas coloniales genocidas, etc.)

En definitiva: no es que -como algunos afirman a veces- no exista diferencia apreciable (sino "tan sólo una diferencia de grado") entre el campo de exterminio y los abusos de derechos humanos del ejército norteamericano en Irak. Es claro, tal afirmación apenas resulta plausible para cualquier mente sensata. Lo que sí que lo es, en cambio, es que el campo de exterminio (y, más en general, los dispositivos de poder desarrollados y aplicados de manera masiva por el estado fascista) constituyan un punto de referencia insoslayable a la hora de estudiar las prácticas represivas propias del poder estatal, de cualquier poder estatal: en el plano de los objetivos (porque está siempre presente la persecución de la comunidad política armoniosa y uniforme) y en el plano de las técnicas (porque está siempre presente la búsqueda de la racionalidad instrumental pura).

Porque, hay que recordarlo, tales dispositivos de poder están siempre disponibles, en el abanico de alternativas de gobernanza posibles para el estado. Un riesgo que es imprescindible tener siempre presente; y unos mecanismos cuyo funcionamiento (pero también cuyas impotencias y contradicciones) es importante desentrañar y volver transparentes. Es por eso por lo que, aun hoy, discutir sobre nacional-socialismo sigue sin ser (cuando menos, para un estudioso del poder represivo del Estado) únicamente discutir sobre historia: porque, al menos por lo que hace a las estrategias de gobernanza represiva, la tentación de recurrir a la lógica propia del control social bajo el fascismo ha estado y está siempre presente, allí donde exista el estado.


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