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lunes, 31 de julio de 2017

Rafael Bernal: El complot mongol


Tan sólo unas líneas para recomendar esta novela (en España está editada por Libros del Asteroide) a tod@s l@s buen@s admirador@s del género policíaco, pero también a l@s amantes de rarezas literarias. Y una rareza, qué duda cabe, es esta novela negra mexicana (publicada en 1969), por su capacidad para combinar, de un modo efectivo, varios elementos que, en principio, parecería que no deberían poder encajar entre sí.

De una parte, en efecto, la novela desarrolla un enloquecida trama de intriga y espionaje internacionales, ambientada en el México D. F. de la década de los sesenta del pasado siglo: agentes mexicanos, rusos, norteamericanos, chinos, etc., mafiosos, policías, políticos, se entrecruzan, se vigilan, se mienten y se matan, siguiendo la mejor tradición del género, a la busca del auténtico macguffin -por emplear el conocido término popularizado por Alfred Hitchcock- de la novela, ese "complot mongol" para asesinar el Presidente de los Estados Unidos. Por no faltar, no faltan tampoco los amores fatales entre el protagonista y una ambigua femme fatale, teñidos del característico romanticismo impotente (y misógino) tan propio también del género.

Por otra parte, sin embargo, la novela elabora además un retrato crudísimo del sistema político mexicano: puesto que, en realidad, la verdadera historia que se narra -por debajo y por detrás del macguffin aparente- es la de una estructura política corrupta y violenta, en la que los ideales políticos nacionalistas y "revolucionarios" (de la revolución mexicana) se han convertido ya en meros artificios retóricos, al servicio del ocultamiento de una realidad política oligárquica. Una estructura oligárquica que necesita tanto de la propaganda ideologizada y mendaz como de la violencia clandestina para estabilizar su dominación.

Pero acaso, en tercer lugar, el mayor de los hallazgos de la novela estribe en la manera en la que todos estos elementos dramáticos son formalizados a través de la voz narrativa del personaje protagonista, Filiberto García: ese policía violento y corrupto, encargado habitual de sucios asuntos, tanto propios como de sus superiores, "experto en hacer fieles difuntos", como él mismo se define sarcásticamente. El discurso de la narración se configura, pues, mediante el predominio exclusivo de la focalización interna, del punto de vista del personaje de Filiberto. Personaje que (siguiendo las convenciones del género... con antecedentes ya en la tradición literaria clásica de descenso a los infiernos: Odysseia, Aeneis, Commedia,...) nos va conduciendo por los espacios oscuros de la sociedad y de las relaciones de poder en México, revelándonos -en lo que descubre y en lo que recuerda- todo un submundo de corrupción, abuso de poder y violencia.

No obstante, lo verdaderamente peculiar -y atractivo- de dicha voz narrativa es su capacidad para el sarcasmo. En efecto, Filiberto García ni se engaña ni tampoco pretende engañar al narratario: antes al contrario, resulta ser brutalmente sincero, en su clarividencia en torno a su propia condición (de asesino a sueldo, aun disfrazado de agente de la ley) y a la de cuantos le rodean. Y, al cabo, termina por ser (debido a su individualismo e independencia, a su falta de remilgos y de ilusiones) el auténtico "caballero blanco", capaz de desvelar la verdad y de destruir -por voluntad personal de venganza, no por altruismo- a los poderosos y corruptos que han orquestado todo el asunto y que habían contado con utilizarle para ello.

Sarcasmo, pues, descreimiento y desesperanza: tales son los ingredientes con los que se construye el discurso -auténticamente nihilista- de Filiberto García. Y, por extensión, el de esta novela, auténticamente hipnótica en su discurrir verbal y dramático. Muy recomendable.


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