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domingo, 28 de mayo de 2017

Scarlett Street (Fritz Lang, 1945): una interpretación clasista


Revisando ayer otra vez Scarlett Street, acaso por lo conocidos que me son ya tanto su trama como su tono y sus maneras visuales, me dio por fijarme particularmente en un aspecto de la historia que narra que me había venido pasando desapercibido. Me refiero a su representación de la incidencia de los factores de clase en la vida (amorosa y criminal) de sus personajes.

En efecto, es habitual -y, en verdad, justo- vincular esta película de Fritz Lang al género negro y, consiguientemente, a sus convenciones, tanto temáticas como formales: ansiedad existencial masculina, misoginia, sociedad opresiva, escenarios solitarios y oscuros,... Siendo todo esto así, sin embargo, no siempre se repara en el hecho de que las torpes maniobras que todos los personajes protagonistas de la película se esfuerzan (con escaso éxito) por llevar a feliz término, con el fin de encontrar su lugar en una sociedad que aparece como fría e inhumana, acaban por fracasar no solamente -que también- a causa de la hybris que les arrastra (como una lectura unívocamente moralista de la narración podría querer hacernos creer), sino además, en buena medida, debido a la rigidez de la estructura social a través de la que intentan prosperar, que hace imposible su triunfo.

Así, lo que en realidad está narrando Scarlett Street es la manera en la que una estructura social cerradamente clasista impide que aquellas personas que han quedado ubicadas (encerradas) en la parte baja de la escala social tengan, en realidad, ninguna oportunidad de ascender, de abandonar su encierro. Y para ello nada importa la condición moral de las personalidades implicadas: ni la bondad, romanticismo y sensibilidad artísticas de Christopher Cross (Edward G. Robinson), ni tampoco el talento para la intriga y el fraude de Johnny (Dan Duryea), ni en fin la capacidad para la seducción sexual de Kitty (Joan Bennett) son capaces de quebrantar las barreras de clase.

Ningun@ de ell@s podrá acceder al universo cultural al que pretenden aproximarse: al arte, al amor, a la prosperidad económica, a la respetabilidad. Pues, simplemente, un(a) proletari@ se revela inepto@ para manejar aquellas claves culturales (de capital cultural -Bourdieu dixit) que resultan necesarias para realizar dicha progresión social con garantías de éxito.

Al cabo, pues, lo que la película viene a mostrar es un universo social en el que existen elementos asignados a las clases inferiores, populares, y otros que les son ajenos (de los que estas han sido desposeídas). Sexualidad en bruto, codicia descarnada, dinero fácil,... frustración, cárcel, marginación y muerte, para el proletariado. El arte, el amor, la distinción, los pensamientos nobles, la ética: son todos ellos componentes de la cultura que permanecen reservados a los grupos sociales más poderosos, y a aquellos otros que, sin serlo, han recibido el suficiente capital cultural (porque sirven adecuadamente, desde los roles sociales que ocupan, a los grupos poderosos) como para poder disfrutarlos, siquiera sea de manera vicaria. Y el intento de transgredir tales fronteras (de clase) se paga, con el fracaso, con la estigmatización, con la represión, con la muerte...

Los cuadros de Chris tendrán, pues, un futuro, pero será el futuro de la mercancía, en manos de quienes tienen la oportunidad de disfrutarla. En cambio, los protagonistas de la historia, todos ellos (aun el autor de esos hermosos cuadros), estaban desde un inicio abocados al fracaso social, y todas sus tentativas de evitarlo resultarán inútiles. Valor de uso y valor de cambio no se entrecruzan más que por casualidad: justamente, la estructura social clasista está para garantizarlo.




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