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domingo, 21 de mayo de 2017

L'avenir (Mia Hansen-Love, 2016)


L'avenir narra la historia de una mujer dominada. O, más todavía, muestra las paradojas, y ocultamientos, que subyacen a la ética liberal de la liberación (femenina, en este caso).

En efecto, la película retrata a una mujer que, perteneciendo al sector más acomodado e integrado de la clase trabajadora (una enseñante, una especialista en filosofía, una mujer económicamente independiente, reconocida socialmente, educada y culta, políticamente "progresista",...), contempla cómo, a lo largo de la trama de la narración, todo aquello que parece constituir la base material y cultural de su posición social (relativamente) "privilegiada" se va viendo desmoronado. Y, por ende, inevitablemente también se va viendo puesto en cuestión, en cuanto a su solidez y autenticidad.

El drama, sin embargo, de Nathalie (una como siempre espléndida Isabelle Huppert) estriba en realidad sobre todo en la absoluta incapacidad, que acaba revelando (en las acciones suyas que dan cuerpo a la trama), para reconocer esa labilidad y esa falsedad. Así, enfrentada al hecho de que ni una relación de pareja "moderna", "civilizada" y, en teoría, repleta de complicidades anudadas y de proyectos en común, ni un trabajo que la permite "realizarse", ni su "progresismo" superficial e impotente, ni -en fin- su "compromiso con la cultura" (en todos los casos, las comillas aluden al rol que estos términos cumplen en el marco de la ideología liberal, como marcadores de una posición social deseable y "superior"... a la del/la proletari@ pur@) cambian en el fondo su condición de trabajadora y de mujer, sujeta por ello a todas las constricciones que dicha posición de clase y de género conllevan, Nathalie reacciona esencialmente dejándose derrotar y reconociendo (implícitamente) su impotencia: su identidad como sujeto dominado, incapaz (no sólo materialmente, sino, ante todo, psíquicamente) para explorar realmente el camino -cualquier camino- de la liberación.

De este modo, lo que la película narra, junto con el desmoronamiento de las bases del (relativo) privilegio social de la aristocracia obrera, es el manoteo impotente de quien, incapaz de afrontar su verdadera condición, ahora revelada, gesticula, consciente en el fondo de que, pese a ello, nada será capaz de cambiar: Nathalie viaja, comparte tiempo con Fabien (Roman Kolinka) y sus compañer@s de vida y de lucha, se aproxima a sus alumn@s... pero, en última instancia, nada de esto genera en ella un auténtico compromiso con la transformación y la auto-transformación. Nathalie parece, pues, un caso perdido: alguien que nunca será más que lo que es, o ha sido; apenas nada, un cúmulo de banalidades, revestidas de los oropeles del (ahora revelado como mendaz) "triunfo individual". Aceptar su condición de (mera) abuela, de ser tan sólo una mujer (con todas las marcas de sumisión de género que esta palabra sigue conllevando), es el final de su recorrido, tal y como la película (en una conclusión, en realidad, aterradora, a pesar de su ligereza) nos lo ha narrado.

Todo lo anterior cobra sentido en el marco del relato, desde un punto de vista estético, justamente en virtud de la opción de la directora por trocear la narración en pequeñas piezas fragmentarias: cada una de ellas presenta una situación, pero apenas ninguna tiene una conclusión convencional. (Como no la poseen tampoco, en la realidad, los fragmentos de vida que cada un@ de nosotr@s experimenta como particularmente relevantes para el sentido, o sinsentido, de nuestras existencias.) La cámara, entonces (siempre respetuosa en la composición de planos, construidos en un tono esencialmente observacional, apenas intrusivo), nos proporciona pequeños retazos de un retrato que, no obstante, contemplado en su integridad, resulta extremadamente demoledor.

Porque no hay, ni puede haber, liberación sin transformación. Y, por ende, sin dolor. La cobardía ante dicha eventualidad resulta ser, a la larga, la característica más destacada del personaje protagonista de L'avenir, la que asegura que siga ocupando "su lugar", por más que ello le conduzca al fracaso existencial más palmario. La que demuestra, en suma, que las virtudes liberales resultan, por sí solas (sin cambios radicales en las estructuras de poder social), impotentes, a pesar del prestigio cultural (clasista) con el que suelen aparecer revestidas.




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