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domingo, 2 de abril de 2017

Muerte en León (Justin Webster, 2016)


Muerte en León es una serie documental de cuatro episodios en torno al asesinato en 2014 de Isabel Carrasco Lorenzo, la entonces presidenta de la Diputación Provincial de León y del Partido Popular en la provincia de León, a manos de personas muy vinculadas a su partido.

Elaborar un documental (y un documental tan largo) acerca de un hecho que llenó las primeras páginas de la prensa nacional y de la local en su momento, tanto cuando sucedieron los hechos como posteriormente, en el momento del juicio, debería tener algún objetivo razonable y justificado. Podría tratarse, así, de sintetizar y ordenar todo lo sabido, compilando finalmente toda la información en una presentación unificada, de cara a quien no conozca el caso. O podría también buscarse la revelación de nuevas informaciones, hasta ahora no disponibles. O, en fin, podría perseguirse una nueva perspectiva desde la que analizar la información disponible.

El problema, me parece, con Muerte en León es la incapacidad de sus autores para elegir alguno de estos enfoques, fundamentarlo suficientemente (tanto en la selección de los motivos argumentales que se desarrollan como en la elección de soluciones formales) y seguirlo coherentemente hasta el final, hasta obtener un producto que resulte -en algún sentido- estéticamente relevante. Por el contrario, lo que la serie ofrece es una mixtura inestable y poco significativa de diversos componentes: resumen de información, algunas pretendidas revelaciones (más bien poco interesantes), algunos puntos de vista adicionales (pero tampoco muy originales) a lo que ya se había publicado en la prensa...

De este modo, lo que finalmente aparece como producto resulta -para este espectador, cuando menos- muy poco satisfactorio. Pues, de una parte, buena parte de lo que puede verse en él es ya suficientemente sabido para cualquier seguidor de la actualidad y de los medios de comunicación. Por otra, un exceso de atención al trascurso del juicio penal sobre el asesinato, unido a la opción por seleccionar, de una manera harto discutible, determinados fragmentos de las declaraciones o alegatos, apenas permite obtener ninguna conclusión nueva acerca de lo sucedido y de la respuesta penal ante ello: puesto que, en efecto, a partir del fragmentario (y, por ello, necesariamente sesgado) montaje de ciertas declaraciones, testimonios y argumentos (de testigos, abogados, acusadas), ningún(a) observador(a) razonable esperaría poder extraer conclusión alguna acerca de la eficacia del juicio para esclarecer la verdad. Pues, para poder hacerlo, necesitaríamos otro tipo de documental: uno que hubiera prestado una atención mucho más detallada al juicio y que hubiera sido capaz de contrastar las verdades construidas en el proceso con datos obtenidos fuera del mismo. Tarea en la que Muerte en León apenas se esfuerza, más allá de aportar determinados datos, más bien anecdóticos y de dudosa relevancia (cuando menos, tal y como son presentados en la serie).

Por fin, la mayor de las insatisfacciones como espectador de la película me surge por haber echado en falta en ella una atención preferente a aquello que, en realidad (y más allá del posible documental procesal que habría sido posible, y que también habría tenido su interés), creo que podía haber sido la aportación más importante de la serie (porque es el tema relacionado con este suceso que menos ha sido investigado) y que, sin embargo, claramente se decide dejar de lado (desconozco si por falta de recursos, por falta de ambición o por falta de valor). Me refiero al interés propio que posee el hecho de que en un ambiente de clientelismo, caciquismo y prácticas corruptas o próximas a la corrupción, como era el dominante dentro del Partido Popular de León y de las instituciones bajo su control bajo la presidencia de la víctima, uno de los conflictos abiertos por el aprovechamiento de las instituciones en beneficio propio (uno muy pequeñito: los intereses de un par de militantes y simpatizantes del partido por algún empleo, por algún puesto en una lista electoral,...) se resolviera a tiros. Me refiero a que ese hecho prominente con toda seguridad estaba enmarcado en una maraña de conspiraciones, amenazas, chantajes, intentos de derrocamiento, venganzas, etc., que sólo de forma muy infrecuente se dejaban ver bajo la luz pública (y que sólo en este caso, por llegar al homicidio, se convirtió en un suceso de máxima repercusión), porque habitualmente tenían lugar en secreto, en la intimidad de los despachos, de las llamadas telefónicas, de las comidas íntimas,...

En realidad, sí, el tema que está aún por investigar (y a cuyo esclarecimiento un documental como el que hoy comento podría, y debería, haber contribuido) es la manera en la que funcionan y se desenvuelven las tramas de clientelismo, caciquismo y corrupción políticas. La manera en que en ellas se interrelacionan política, relaciones personales y criminalidad (en este caso, hasta llegar a la violencia física).

Me hubiera gustado, me hubiera parecido de gran interés, un documental que esclareciese cómo es que una pelea interna, dentro de un partido clientelista, por aprovecharse de las instituciones públicas acaba en violencia física abierta. Cuál era el ambiente social en el que las perpetradoras del delito se movían, qué escalas de valores y motivaciones había interiorizado, qué relaciones mantenían con el resto de sus compañeros de partido, y de trama... Éstas eran, en verdad, las cuestiones que merecían una cuidadosa investigación periodística. Cuestiones (relativas, en definitiva, al medio ambiente a partir del que la decisión criminal y el delito aparecen) que nos hubiesen aportado luz acerca del modo en que tiene lugar, en la vida social cotidiana, la praxis de la corrupción; y sobre las que, inevitablemente, la investigación penal (ceñida al caso de asesinato enjuiciado) no podía extenderse.

Evidentemente, no fue esa la elección de productores y creadores de Muerte en León. Y es por ello por lo que la serie, aunque no resulte tediosa, acaba por ser irrelevante.




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