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domingo, 5 de marzo de 2017

Manchester by the sea (Kenneth Lonergan, 2016)


La práctica de experimentar (ver, sentir, sufrir, soportar,...) la contemplación de un melodrama estriba -entre otras cosas, pero muy particularmente- en identificarse con las vicisitudes (esencialmente, afectivas, familiares, sexuales) de l@s personajes protagonistas y sentir, aunque sea de manera vicaria, las emociones que se supone (a tenor de la ideología dominante) que hay que sentir, apropiadamente, ante la situación dramática planteada.

Ocurre, entonces, que, para que una narración explícitamente adscrita al género melodramático mantenga su potencialidad (provocativa, de reacciones del/la espectador(a)), es preciso que sea capaz de preservar un (siempre relativo) distanciamiento, entre el discurso propio de la narración y el contenido dramático de la trama. De manera que la identificación del/la espectador(a) resulte suficientemente apropiada: suficientemente sentida, de una parte, porque las experiencias de los personajes del melodrama no le resulten indiferentes, ni banales; pero, de otra, también lo suficientemente distante, en relación con la(s) voz(es) narrativa(s), como para que el/la espectador(a) sea capaz de observar, al tiempo, también "desde fuera" dichas experiencias, analizarlas, sopesarlas, extraer aprendizaje y "moralejas", etc.

El problema, entonces, de Manchester by the sea en este sentido es su demasiado evidente vocación de melodrama canónico, y no problemático (en términos estéticos). En efecto, construir una narración melodramática puede consistir en dos tareas (relacionadas, desde luego, en alguna medida, pero) muy diversas: puede consistir, por una parte, en "dar cuerpo" narrativo (en encarnar en personajes y en situaciones que resulten suficientemente representativas) a ideas preconcebidas acerca de la ideología del melodrama (la fuerza del destino, la inexorabilidad de las emociones, la fatalidad del decurso de lo real, la futilidad del deseo,...); o puede, en cambio, tratarse de emplear los tópicos temáticos del género y su estilística -aquí, audiovisual- para profundizar en lo problemáticos que resultan, en realidad, tales tópicos y tales formas de la representación.

A este respecto, es evidente que Manchester by the sea apuesta, abiertamente, por la alternativa caligráfica: por deletrear la estética (tanto visual como dramática) del melodrama hasta sus últimos detalles. Por demostrar, entonces, cómo se puede enunciar un melodrama. Renunciando, por consiguiente, a cualquier exploración de las ambigüedades, contradicciones y oquedades que la retórica del melodrama necesariamente conlleva.

De este modo, la película se concentra en articular de un modo suficientemente convincente, desde la perspectiva del/a espectador(a) modelo al que va destinada (espectador(a) de clase media, con nivel educativo alto y elevadas pretensiones de "superioridad" cultural y social), la dialéctica entre presente y pasado del(los) personaje(s) protagonista(s). Porque, en esencia, es esa problemática recuperación y asunción del pasado lo que constituye el centro de la narración. Una recuperación y una asunción que, en la narración propia de la película, se convierten (a través de los flash-backs, utilizados de manera constante y uniforme) en el auténtico reto que los personajes han de superar.

Por supuesto, la cuestión que resta por dilucidar es si dicha batalla (por la recuperación y asunción del pasado) vale la pena. Y, sobre todo, si ha sido representada, en términos audiovisuales, de manera adecuada. Cabe dudarlo: la narración resulta, en este sentido, más bien manida, en su obsesión por enfatizar lo sufrido en el pasado y el trauma aún presente. En su incapacidad para representar a los personajes (personajes que han sufrido, y aún soportan, traumas indecibles) sin referir su descripción al (a un) "trauma primordial".

En su ignorancia de la constatación de que la mostración melodramática es una retórica (una más), a la hora de presentar y mostrar hechos, e interpretaciones de los mismos. Y que, por consiguiente, no es suficiente con aludir al melodrama para que algo relevante aparezca ante nuestros ojos. Que hay que profundizar en los sentimientos de los personajes; y no darlos por supuestos.

Es evidente que Manchester by the sea parece incapaz de avanzar de alguna manera significativa en este esfuerzo de profundización y de revelación: se conforma, así, con introducirnos en la biografía de sus personajes. Pero sin pretender en ningún caso profundizar en ella, ponerla en cuestión u observarla desde perspectivas novedosas y/o desafiantes. Contemplamos, así, un dolor característico, manifestaciones convencionales de tal emoción (en la presentación dramática); el afrontamiento de una situación inusitada, con los efectos a que ello, inevitablemente, da lugar; y, en fin, la definitiva superación del trauma soportado, en el pasado, por Lee (Casey Affleck), para encarar un futuro de esperanza, de convivencia razonable, pacífica y felicidad, de abandono de los anhelos y desilusiones del pasado.

Contemplamos, pues, en definitiva, la caligrafía del melodrama: ejercicios de enunciación de la retórica del género. Carentes de relevancia actual (excepto a los efectos de justificar el currículo del director y guionista, de los actores y actrices, etc.). Un buen ejemplo de práctica genérica. Una práctica, empero, completamente banal; incapaz de proporcionar cualquier revelación, de abrir perspectivas, de poner en cuestión tópicos o formas de la representación.

Un melodrama caligráfico. Con un público destinatario, entonces, de dudosa consistencia. Salvo que lo sea, en realidad, el de los jurados de los festivales cinematográficos internacionales. A quienes parece posible engatusar a a base de ejercitarse, y de mostrar con explicitud, el dolor y el sinsentido inherentes a la existencia. Aunque, en el fondo, no se trate ya más -en películas como ésta- sino de demostrar la capacidad de manipulación retórica del guionista y director, para poner en escena un espectáculo de sufrimiento (controlado) y catarsis (moderadamente) emocional.




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