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lunes, 13 de febrero de 2017

Mario Vargas Llosa: La ciudad y los perros


Leyendo hoy en día La ciudad y los perros, tengo la aguda sensación de que mi experiencia ha de ser, por necesidad, radicalmente distinta de aquella que vivieron sus lector@s originales, allá por la década de los años sesenta del pasado siglo. O, de otro modo: que, tanto en su aspecto temático como en el formal, esta primera novela de Mario Vargas Llosa se halla condicionada de un modo fundamental por las circunstancias histórico-sociales y literarias del momento de su creación. Que se trata de una obra esencialmente datada, para bien y para mal.

En efecto, leer hoy La ciudad y los perros (desde aquí y ahora mismo) significa abismarse en los dilemas de la subjetivación masculina en una sociedad que -como la peruana de la época- era profundamente sexista, racista y clasista. Significa penetrar, al lado de las disímiles voces narrativas de los personajes protagonistas que monopolizan el discurso, en esos espacios clausurados (descritos como asfixiantes) en los que la masculinidad tradicional se constituía (¿y constituye?), a base de represión, de prácticas de poder y de quebrantamiento de las personalidades más "problemáticas" (por no suficientemente violentas, por marginadas, por diferentes,...).

Se trata, entonces, de abrir en canal, de volver transparente, a los ojos del/la lector(a), las estructuras de poder propias de una institución disciplinaria dedicada a conformar, mediante sus tecnologías, los cuerpos y las mentes de los varones "decentes" del momento, y a excluir (y, en el límite, a destruir) los de quienes no se ahormasen un tanto al modelo.

Nos encontramos, pues, ante un ejercicio de transparencia: de un varón que pretende revelar -y denunciar- lo que se hace a los varones, para convertirlos en lo que son. Cabe, así, percibir la relativa ausencia de cualquier voz femenina relevante, que no sea puro espejo, sobre el que los anhelos, fantasías y terrores masculinos se ven constantemente reflejados. Cabe echar de menos a las mujeres reales: sus necesidades, sus preocupaciones, sus fantasías, sus experiencias.

Y, claro, hoy (aquí y ahora) cabe observar con cierta distancia el régimen del poder disciplinario sobre los cuerpos de los jóvenes que protagonizan la historia. Porque, aquí y ahora, las tecnologías del poder abundan más bien (por más que subsistan algunas instituciones -aunque aisladas- eminentemente disciplinarias: la prisión, el centro de internamiento de menores, el de inmigrantes,, los centros de socios numerarios del Opus Dei y otras organizaciones religiosas o sectarias similares, etc.) en otras formas de control sobre el comportamiento masculino: estrategias centradas principalmente en generar incentivos que promuevan el autocontrol, la interiorización de una estructura motivacional por parte del sujeto de tal índole que haga innecesario el uso de la disciplina externa, porque es el propio sujeto quien gestiona (y manipula y reprime) sus deseos -y los de l@s demás- comme il faut.

Podemos, sí, observar hoy con conmiseración y aires de superioridad a El Poeta, a El Jaguar, a El Esclavo, al teniente Gamboa. Despreciar a todos los militarotes brutales y zafios. Escandalizarnos con el machismo y la violencia, con la evidente estratificación social, dentro y fuera del internado, con el racismo. Podemos, si así lo queremos, ignorar que cambian las estrategias, pero los efectos estructurales permanecen aún ahora mismo, en muy buena medida: otro sexismo, otro racismo, otro clasismo. Que el cambio -por decirlo con Michel Foucault- de la sociedad disciplinaria por la sociedad del control posee, sin duda alguna, efectos relevantes sobre los procesos sociales, pero , si somos honrados con nosotr@s mism@s, deberíamos razonablemente dudar sobre cómo valorarlos.

En todo caso, es cierto que, desde este punto de vista, La ciudad y los perros, leída hoy (aquí y ahora) acaba por presentar un aire anacrónico. Anacronismo que aún se agudiza más a causa de las características formales de la novela: ese tono tan à la William Faulkner, con voces narrativas independientes que desarrollan largamente su flujo de consciencia; esa construcción en mosaico de la historia narrada, a través de un discurso en el que diferentes perspectivas sobre los mismos hechos van aportando las diferentes piezas necesarias para constituir el relato como totalidad. O el carácter obsesivo de los monólogos interiores, que intencionadamente pretenden transmitir al/la lector(a) una sensación de encierro físico y psicológico, de asfixia moral

Es evidente, en este sentido, la naturaleza de experimento estilístico que la novela pretende adoptar, explícitamente, de cara al/la lector(a) del momento. Leída, no obstante, hoy, uno puede sentir que, por más que el tono resulte ciertamente conseguido y brillante, un cierto aire de artificiosidad amenaza con poner en cuestión la eficacia expresiva del producto final.

Se puede, sí, por lo tanto, disfrutar de la lectura de la obra. Pero resulta difícil -a mí, cuando menos, me lo parece- sentirla como propia, hoy (aquí y ahora), de esa manera tan íntima y afectuosa en la que la mejor literatura, cualquiera que sea el tiempo y lugar de su creación, tiene de aferrarnos y de apoderarse de nuestras mentes y de nuestras emociones.


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