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martes, 10 de enero de 2017

Paterson (Jim Jarmusch, 2016)


En sus declaraciones públicas acerca de PatersonJim Jarmusch ha abundado en la idea de que la película pretende tan sólo narrar una semana de vida rutinaria de su protagonista, un conductor de autobús que escribe poesía. Ha insistido, así, en la tesis -asumida igualmente por buena parte dela crítica- de que se trataría de una narración voluntariamente desdramatizada. De una manera, en suma, de representar la obra poética dentro del marco de la expresión cinematográfica (una manera que sería radicalmente contraria, por ejemplo, al de otro caso reciente de retrato de un(a) poeta en la gran pantalla: A quiet passion, de Terence Davies): a través de la presentación de la obra declamada por la voz (over) de su creador, personaje de la película, mas sin apenas conexión con la vida de éste.

Y, sin embargo, yo pienso que esta descripción no hace verdadera justicia a Paterson. Que todo lo dicho podría ser cierto si operásemos exclusivamente sobre el guión. Esto es, si no tuviésemos delante las imágenes (con las interpretaciones, la composición y duración de los planos) y el sonido (esa voz over -que no voz off: la voz procede de la mente del poeta, no de actos externos de declamación) que constituyen el material cuya emisión y recepción constituyen el proceso narrativo.

Pues, en efecto, contemplando la formalización audiovisual que la película adopta, creo que es posible ir más allá y atisbar en ella algo más que un mero acto de recreación de la expresión poética (aunque, desde luego, también lo sea, y con un estilo particularmente reseñable). Atisbar una historia mucho más intensa que la de un escritor tranquilo. Bien que narrada de manera tan oblicua, tan sibilina, que apenas puede ser apreciada, si no es con extrema atención.

La historia es, me parece, la de la tensión entre la riqueza del universo imaginario y la pobreza del universo cotidiano ("real"). La de la dificultad de cuantos rodean a Paterson (el personaje encarnado por Adam Driver) para apreciar su rico mundo mental. Y la de la tensión que el mismo Paterson soporta ante la aparente banalidad que, contemplado con ojos pragmáticos (si se quiere: ruinmente pragmáticos), el acto de crear belleza poética supone, tan inútil siempre para transformar el mundo material.

El tema, que revolotea -de manera harto divagatoria- a lo largo de toda la película (recuérdense las dificultades de Everett -William Jackson Harper- para ser realista en sus pretensiones amorosas, excesivamente románticas para el mundo real), centra completamente la atención de la puesta en escena a partir del instante en el que Paterson descubre que lo que él escribe, que apenas es leído por nadie, se ha convertido en la comida y el juguete para el perro de su novia. La duración de los planos, extremadamente silenciosos, la atención centrada dentro de los mismos sobre la mirada (tensa, de incomprensión... o de comprensión apesadumbrada) del personaje protagonista, que apenas gesticula o se mueve, son capaces de transmitir al/la espectador(a) ese momento de reconocimiento, de clarividencia; y, a continuación de combate interior y de derrota.

Una derrota silenciosa, pues, de la poesía, frente a "la vida"; a sus facetas más prosaicas. ¿Para qué, es cierto, pueden servir unos versos más, en un mundo en el que los seres humanos parecen estar obsesionados con los gestos materiales -a pesar de resultar apenas significativos- de su cotidianidad?

La respuesta que, no obstante, se apunta en la película no se permite ceder ante el derrotismo (ante el prosaísmo): Paterson recibe la ayuda de un emisario (¿un ángel?), ese poeta japonés interpretado por Masatoshi Nagase, que le recuerda, finalmente, el valor que el arte posee por sí mismo, aun cuando carezca de propósito utilitario alguno. Que le recuerda cómo la poesía es siempre tanto praxis como poiesis, en el más alto sentido: porque adquiere sentido en el propio acto de su creación; pero también porque, además, cambia de manera relevante el marco dentro del cual el universo no imaginario es percibido, interpretado y conceptuado.

Y es de esa ansiedad, de ese combate (siempre interior: mental, espiritual,...) en el psiquismo de Paterson (y, por ende, también en las manifestaciones del mismo en su interacción con el mundo material), de donde una película como Paterson obtiene su auténtica potencialidad estética: poesía (cinematográfica) sobre la poesía (sobre el acto de creación poética, en tanto que proceso estético, cualquiera que sea el medio material a través del que se manifieste). Mas no una poesía pueril, puramente celebratoria, sino perfectamente atenta a las ineluctables tensiones que la firme voluntad, inherente al acto de imaginar, de crear -y recrear- el mundo a partir de los contenidos de la propia mente, necesariamente conlleva. Tensión que Jarmusch es capaz de representar, muy sutilmente, por medios exclusivamente audiovisuales. Revelando así, con puro cine, lo que, de otro modo (expresado en palabras), apenas llega a ser un ensayo más bien tópico, en absoluto conmovedor. Como sí que lo es, sin duda alguna, la lucha por la belleza que el personaje emprende y es capaz de mantener sin llegar a perder el aliento, tal y como en la película es narrada.




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