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sábado, 14 de enero de 2017

Mr. Robot (Sam Esmail, 2015-): otro lamento impotente sobre la contemporaneidad (con una coda política de interés)


Animado por varias buenas crítica leídas sobre ella, me animé a ver la primera temporada de Mr. Robot. Y he de decir que la experiencia ha sido más bien decepcionante, por más que, ciertamente, la serie posea algún elemento de interés, escasamente aprovechado, sin embargo.

Se ha dicho, por quienes conocen ese mundo mucho más que yo, que Mr. Robot retrata de forma mucho más realista el universo social de los hackers de lo que venía siendo habitual en los productos audiovisuales comerciales. Puede que sea así (aunque yo diría que se tira demasiado de estereotipos en dicho retrato). En todo caso, lo cierto es que, aunque ambientada en el marco social de las tecnologías de la información (en su triple aspecto: de herramientas de constante uso individual, de mecanismos que dan lugar a la constitución de comunidades y de mercancías e instrumentos del capital transnacional), la serie transita más bien por otros caminos, mucho más tópicos dentro del audiovisual contemporáneo: en concreto, lo que se acaba constituyendo en el tema principal de la primera temporada es la dialéctica -ya verdaderamente manida en el cine de nuestro tiempo- entre simulacro social y (falsa) conciencia individual acerca de la realidad; la paranoia, en suma, entendida no como enfermedad, sino como el fenómeno dominante en el imaginario colectivo contemporáneo.

Se me permitirá que, como me viene ocurriendo con casi todas las películas que han abordado este tópico (salvo las que radicalizan más la experiencia, hasta conducirla al marco del género fantástico: el David Lynch de Inland Empire, por ejemplo), manifieste mi escepticismo ante el tratamiento usual del mismo, y mi desdén por el confuso batiburrillo teórico que subyace: una confusa mezcla de píldoras del pensamiento de Jean Baudrillard sobre el simulacro y de las ideas situacionistas y de Guy Debord sobre la sociedad del espectáculo, combinadas con cierta vulgata psicoanalítica y con el característico "estilo paranoico de pensamiento" norteamericano que señalara Richard Hofstadter. Por supuesto, siempre es posible encontrar algún apunte valioso, por malicioso, en esta puesta en cuestión de la realidad de lo real. Mas lo cierto es que la casi completa falta de análisis (más allá de una vaga atribución de responsabilidad por el simulacro y la falsa conciencia a "las corporaciones") de los mecanismos a través de los cuales se producen los fenómenos socioculturales aludidos hacen que este tipo de cine -y de televisión- constituyan una suerte de "asustaviejas": algo que sólo sirve para inquietarnos, pero apenas para permitirnos comprender mejor el mundo en el que vivimos; algo que constituye más una suerte de consolación impotente que de aporte estético de alguna relevancia.

En este sentido, me parece que Mr. Robot apenas aporta novedades, más allá de las más superficiales (personajes jóvenes, composición y montaje de los planos extremadamente efectista, música extradiegética que se pretende "perturbadora", diálogos y monólogos intencionadamente repetitivos y divagatorios), a esta tradición de cine contemporáneo. Puesto que, en última instancia, las diversas subtramas que contribuyen a narrar las vicisitudes del personaje principal (Elliot: Rami Malek) inciden especialmente sobre el efecto que las mismas producen sobre su alterada percepción de la realidad. De manera que, al final de la temporada, apenas parece permanecer en su mente alguna línea que permita distinguir entre realidad y fantasía.

Hasta aquí, entonces, la serie resulta un producto más, no particularmente distinguido, de los que tienen la pretensión de "tomarle el pulso" a las sociedades desarrolladas contemporáneas, pero que, debido a su falta de profundidad, apenas se limitan a operar como síntomas de una cierta histeria dominante (y del hecho -archiconocido por todos los milenarismos que en la historia ha habido- de que el miedo siempre vende).

Existe, no obstante, oculta en el entramado de la historia narrada en Mr. Robot un elemento que, sin embargo, podría haber sido del mayor interés, si no apareciese simplemente esbozado, sino que hubiera sido tratado con el detenimiento y la profundidad que se merece. Me refiero al aspecto político de la serie. Pero no a su politización superficial (esas banales referencias a Occupy Wall Street, a la crisis económica o a Anonymous), sino a los -brevísimos- apuntes que realiza acerca de la dinámica política: de la dinámica de las relaciones de poder dentro de una sociedad.

En efecto, la parte sustancialmente política (no, pues, las referencias meramente superficiales) de la serie estriba en el enfrentamiento entre una gran corporación transnacional y un grupo clandestino de hacktivists. Y, en ella, se apunta algo que parece importante, como es el hecho de que, más allá de la retórica, la esencia de la política estriba en el conflicto en torno al dominio de las herramientas de poder. En el conflicto, en suma (y por decirlo en los términos de F. W. Nietzsche), entre dos "voluntades de poder", pugnando por triunfar, y afirmarse, sobre la otra, que debe ser destruida (cuando menos, en tanto que potencia política, si no también físicamente).

Así, lo que une a E Corp y a F Society, los dos grupos que en la serie entran en conflicto, es la lucha por poner bajo su control los medios que permiten ejercer poder; y por excluir al otro de dicho control. Y, en este sentido, tanta voluntad de poder, tanto sentido político materialista, posee el grupo de hacktivists como el de ejecutivos corporativos. Porque ambos coinciden, en cuanto a los medios, en la necesidad de luchar por la infraestructura material que hace posible el poder: ciertamente, los unos, para acapararla, mientras que los otros es para distribuirla. Mas, para poder distribuirla, es preciso previamente haberse apoderado de ella. (Y, en todo caso, al final de la primera temporada se mantiene la duda de si la distribución del poder y de sus infraestructuras entre la multitud resulta una solución auténticamente sostenible, o si, por el contrario, no es más bien cierto que el poder ha de pasar necesariamente -como sostenían Vilfredo Pareto Gaetano Mosca- de una élite a otra.)

En tiempos como los actuales, en los que la revolución se ha convertido, aun para los más extremistas, en un signo místico antes que otra cosa (y para la gran mayoría, se ha quedado tan sólo en un eslogan publicitario), resulta refrescante asistir a esta exposición dramatizada de una concepción crudamente realista -en el mejor, menos reduccionista de los sentidos- y materialista de la política. Lástima que tal representación se quede tan sólo en apuntes aislados, que se asfixian dentro de la retórica melodramática dominante en la serie en torno a un pobre niño perdido y a los quejumbrosos lamentos de quienes prefieren lloriquear en variaciones en torno al simulacro, la paranoia y la pérdida de sentido de la realidad, antes que afrontar el hecho de que, más que paranoia, lo que les aqueja es el miedo a mirar (la realidad social de dominación y de injusticia).




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