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lunes, 26 de diciembre de 2016

Eduardo de Filippo: Natale in Casa Cupiello


Como tantas veces ocurre, contemplar escenificada una vida (unas vidas comunes, más o menos como las nuestras) permite acceder con mayor facilidad al conocimiento de cuanto en ellas sucede.

Permite (así ocurre, desde luego, con nuestro vistazo a las interioridades de la familia Cupiello) comprender en qué gran medida vivir una existencia común (una que no sea en extremo clarividente y que, por ello, se vea abocada a la desesperación), y convivir con quienes nos rodean en el seno de dichas existencias, consiste esencialmente en cerrar los ojos a realidades innegables, pero insoportables, que nos acosan a todas horas. Realidades amargas a las que, por más que pugnemos por ignorarlas, acaban por asomar su fea nariz por encima de nuestras fantasías y de nuestra ceguera.

Puede tratarse de sucias realidades materiales: pobreza, dominación, ignorancia, escasez de perspectivas y de esperanzas,... Pero también puede ser más bien una cuestión de espíritu: de aspiraciones, de capacidad o incapacidad para fascinar y dejarse fascinar, para aprender, para conocer,... Para salir, en suma, de los laberintos en los que las estructuras sociales y nuestra propia estulticia tienden a encerrarnos.

Contemplando, así, a la familia Cupiello, una familia normal (familia: ese particular espacio social en el que el poder y las emociones se encuentran e interactúan, socializándonos dentro de tal híbrido) que se autoengaña y engaña, para no dar por sabido lo que, en el fondo, todos saben (el sexismo, la pobreza, el desamor, la falta de perspectivas, etc.), no podemos sino admirarnos: de lo triste que es todo, pero también de lo ridículo, de lo risible que también resulta. Como nuestras vidas, a veces.

Y, mientras la comedia dramática que son nuestras existencias -como las suyas- transcurre inexorable, se va viniendo la muerte, que apenas nos da tregua para que seamos capaces de comprender algo. Pues sí: en efecto, hay que esforzarse mucho, para lograr alguna claridad y alguna lucidez (cuando menos, acerca de la condición de sometidos, así como de la propia pobreza de espíritu), antes de que el destino nos alcance fatal. Para no morir (puesto que, al cabo, de morir se trata, después de haber existido entre nebulosas sensaciones) y que el momento de la muerte nos sorprenda aún con cara de idiotas.

Puede verse la obra completa aquí:




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