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jueves, 15 de diciembre de 2016

Bacalaureat (=Los exámenes) (Cristian Mungiu, 2016)


Siguiendo la línea que viene siendo habitual en lo que los festivales internacionales han etiquetado como "nuevo cine rumano", así como en la obra del director, Bacalaureat vuelve a pretender ser una disección más -otra- de los males morales que aquejan a unos personajes (personas comunes) que actúan en un marco esencialmente inmoral y corrupto. El mensaje parecería ser que no hay forma razonable de ser decente en una sociedad inmoral.

Ocurre, sin embargo, que tal mensaje y tal temática son mostrados por Cristian Mungiu a través de unas formas estéticas que, por rígidas, resultan harto cuestionables. Sucede, en efecto, que el recurso a la cámara en mano y a planos extremadamente cerrados que siguen, y aun acosan, a unos personajes atenazados por la angustia y la insatisfacción, así como por sus dilemas morales, parece -al menos, a ojos de este espectador- decir más acerca del director y del estilo de cine que promueve/ en el que ha decidido insertarse que sobre la historia que se pretende narrar.

Pues, aunque es evidente que en ocasiones las personas nos hallamos efectivamente atascadas frente a irresolubles dilemas morales, también lo es que nuestras existencias, a diferencia de las de los personajes de Mungiu, resultan ser siempre mucho más ambivalentes: están repletas de angustia, pero también de sinsentido, de humor, de alegría (a veces infundada), de indignación y olvido,... Por decirlo de otro modo: Samuel Beckett (innegable santo patrón de historias de esta índole) nunca olvidó lo ridícula y risible que, en el fondo, resulta siempre la condición humana.

Algo que, en cambio, parece olvidar Mungiu, aferrado a unas formas audiovisuales regidas por un talante eminentemente observacional, pero también extremadamente (e infundadamente) estrictas, hasta el punto de convertirse en una nueva convención formal (de cine de autor, apto para festivales, procedente de país pobre). Una convención inadecuada, cuando no armoniza bien con el sentido que adquiere la historia que se narra.

Así pues, es posible ver Bacalaureat como un diagnóstico social: visto así, servirá para animar debates sobre ética o sobre las estructuras sociales de la corrupción. (Y, supongo, en România, acerca del devenir histórico contemporáneo de ese estado.) No obstante, si se prefiere -como yo, desde luego, prefiero- contemplarla como una obra de arte (y, por consiguiente, pedirle todo aquello que podemos y debemos exigirle al arte: conocimiento, revelación), entonces habrá que reconocer que el formalismo ahoga a esta narración hasta el límite, privándola (o, cuando menos, limitando muy seriamente) su potencialidad en tanto que producto estético. Lo que no debería ocurrir: en arte, las formas están para potenciar la significación, mas nunca deberían servir para asfixiarla.

En resumidas cuentas: Bacalaureat viene a poner de manifiesto (una vez más) cómo cierto cine social se ha convertido en un auténtico género en sí mismo, con todas las características, potencialidades y desventajas que las categorías y convenciones genéricas necesariamente conlleva: puesto que el género facilita en todos los casos la construcción de narraciones bien estructuradas, con personajes y situaciones perfectamente definidos; y, sin embargo, la adhesión a sus convenciones también conlleva necesariamente una restricción en la perspectiva desde la que se contempla la realidad -la historia- que se pretende narrar. Así, de la misma manera que la adscripción al subgénero noir conduce a una narración hacia determinados énfasis, pero también hacia ciertas rigideces y pérdidas de sustancia, también la adscripción a las convenciones de cierto cine social (de autor, de festival) acaba por producir efectos de pérdida equivalentes, como más arriba se ha señalado.

En el fondo, la cuestión que late realmente es cómo de libre (libre también de convenciones estéticas) puede ser una narración cinematográfica. La de cuánto debe serlo.




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