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martes, 25 de octubre de 2016

Fuocoammare (Gianfranco Rossi, 2016)


Quien se acerque a Fuocoammare con la idea de contemplar uno más de tantos documentales que menudean -por evidentes, dramáticas razones- en el cine y la televisión actuales, quien busque, pues, otra aproximación más de esa índole que (en tonos diversos, que transitan entre lo aséptico y lo doliente) están narrando el drama de l@s migrantes y refugiad@s que se agolpan en la frontera mediterránea de la Unión Europea, y tantas veces mueren por intentar atravesarla, pronto se dará cuenta de su error.

Porque Fuocoammare no es, no pretende ser, un análisis acerca del fenómeno de la inmigración "ilegal", ni una narración del drama de l@s refugiad@s y migrantes, ni tampoco una denuncia de las políticas represivas que la Unión Europea y sus estados aplican contra ell@s, en detrimento de los derechos humanos.  Todo ello, por supuesto, aparece en la película, mas de un modo sesgado oblicuo. Porque no constituye el objeto central de la narración de este documental.

Por el contrario, Fuocoammare es, ante todo y sobre todo, la aproximación atenta, por parte de un cineasta, a ese lugar tan particular que es, hoy, la isla de Lampedusa: un lugar que, por obvias razones geográficas, fue siempre un sitio especial; pero que, además, hoy en día, en virtud de la dinámica sociopolítica, se ha convertido además en un no-lugar (en el sentido que en su día apuntó Marc Augé), puesto que, junto con los espacios naturales y los espacios habitados por sus poblador@s "normales", se ha convertido también en un depósito de extraños, vivos y muertos, detenidos y enterrados.

Es, justamente, en esa dicotomía de lugares y no-lugares (dentro un espacio tan reducido como es la isla) en lo que se concentra la atención de la narración. Así, en realidad, la historia narrada no es una, sino que son varias: las de los pescadores, las de las familias de lugareños, las de los niños que exploran el paisaje, fantasean y comienzan a insertarse en la sociedad isleña; pero también las de l@s migrantes, l@s viv@s y l@s muertas, aquell@s con sus rostros impasibles, repletos de miedo, frío, hambre, esperanza, desesperación, dolor, etc. Y los cadáveres de estos, impasibles, yertos. Y los guardianes, salvadores, pero también encerradores de l@s viv@s; enterradores de quienes han muerto.

De manera que la historia (global) de la película es, precisamente, esa dualidad (multiplicidad) de historias, personales y colectivas, que apenas se entrecruzan. Puesto que, en efecto, entre las vidas -y las muertes- de lugareñ@s y migrantes apenas hay interacción, apenas algunos ecos: aquell@s los reciben en las noticias, en los atisbos de los barcos guardacostas y de las bases de vigilancia fronteriza); estos, porque conocen que detrás de las vallas de los centros de acogida e internamiento, probablemente hay otros seres humanos, extraños, que habitan aquel lugar. Pero no, no existe interacción: únicamente Pietro Bartolo, el médico de la isla, en virtud de su función (cuidar de l@s viv@s, certificar las muertes) tiene relación con un@s y otr@s...

Son universos casi radicalmente aislados entre sí que coexisten (en 20 km2) sin apenas tocarse. Entre ambos se interpone, claro, la sombra del poder. Que en la isla (tradicionalmente abandonada a su suerte) se materializa en el sistema de vigilancia costera y fronteriza. Descritos, en la película, como auténticas estructuras "extraterrestres" (según la iconografía que para tales representaciones ha venido siendo acuñada en el género fantástico): los centros de vigilancia, las antenas, los silenciosos buques, los hangares para los helicópteros, el personal completamente embutido en trajes aislantes, que impiden prácticamente cualquier contacto táctil efectivo (y también cualquier intercambio de miradas, cualquier diálogo digno de tal nombre, gestos, etc.), convertidos así en auténticos autómatas, gestores de cuerpos (y de cadáveres), que no de personas... El poder, agente extraño en la isla, pero que atenaza a todos sus habitantes (no sólo a l@s migrantes), en la medida en que cierra espacios y extraña a personas (a l@s migrantes), impidiendo prácticamente cualquier contacto humano con ellas. Cuando, en realidad, como las avasalladoras imágenes (lindantes, como señalaba, con el cine fantástico) vienen a mostrar con evidencia, lo único extraño es que se fuerce a convivir a dos grupos de seres humanos de espaldas el uno al otro.

Algo que siempre debería ser evidente, pero que lo resulta aún más cuando, como es el caso en la película, el espacio compartido es tan escueto, aislado y evocador de viejas travesías e intercambios: de los viejos marinos extraviados (que dan título a la película) a l@s nuev@s migrantes que, también ahora, surcan los mares pugnando por superar los obstáculos que el mar interpone para su supervivencia. La diferencia entre aquellos y estos es la que existe entre una comunidad autónoma (la de los pescadores) que intentaba siempre cuidar de los suyos y, hoy, una estructura autoritaria de poder que se limita a gestionar cuerpos (a encerrarlos y a enterrarlos), intentando hacerlo además a espaldas de la ciudadanía, por miedo al escándalo moral (y político) potencial.




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