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jueves, 15 de septiembre de 2016

Café Society (Woody Allen, 2016)


Hace un año, comentando la (ahora ya) penúltima película de Woody Allen, Irrational man, señalaba que el cine de Allen durante las últimas décadas, en general, vale tanto como valen sus argumentos, en términos temáticos (ideológicos). Pues bien, parecería que el director neoyorquino ha decidido justamente llevarme la contraria, con esta su nueva película, con Café Society.

Y es que, en efecto, precisamente lo que menos puede llamar la atención en Café Society es su trama: un combinado de historias ya abordadas, prácticamente todas ellas, en anteriores películas del director (la dialéctica entre amor soñado y relaciones reales, el American dream y sus embelecos, las dificultades en la imputación de culpas y responsabilidades morales, las ansiedades y desengaños del ascenso social, la banalidad de la alta cultura, la hipocresía de las buenas conciencias, las contradicciones de la cultura judía, la vacuidad de la soberbia masculina,...).

Por el contrario, donde Café Society resulta más apreciable (dentro de sus limitadas virtudes) o -cuando menos- llamativa es en las maneras que adopta su estructuración y formalización dramáticas. Primero, por el evidente gusto del director por jugar al tiempo en varias pistas diferentes, combinando historias paralelas, digresiones, comentarios (es particularmente notable el uso de un narrador omnisciente e irónico -en la voz over del propio Allen- que apunta reflexiones, matices y análisis en torno a lo que estamos presenciando). Todo ello, en una construcción dramática que tiende al fragmento: no sólo por la corta duración de cada conjunto de escenas que abarcan a una situación y a unos personajes diferenciados, sino, sobre todo, por la capacidad para abrir cada conjunto in media res, para cerrarlo prececipitadamente, sin concluir (convencionalmente) la trama iniciada, etc. En este sentido, puede decirse que, sin ser la película más interesante de Allen en las últimas décadas (debido al tenue interés de la historia narrada, y de los temas que en ella se traen a colación), sí que es, sin duda alguna, una de las más osadas desde el punto de vista formal. (Lo cual, ha de tenerse en cuenta, en el caso de este director, significa siempre, de cualquier forma, una osadía bastante modesta...)

Por otra parte, en segundo lugar, Café Society aparece (y lo hace, como he dicho, no sólo desde el punto de vista temático, sino desde el narrativo: por su construcción dramática y por la composición de sus planos y el montaje de sus secuencias) como una suerte de ejercicio de revisitación y resignificación de viejos materiales narrativos, procedentes de obras pretéritas del propio director. Hay, así, en la película escenas abiertamente copiadas de, o netamente inspiradas en, obras anteriores, tales como Radio days (1987), Everybody says I love you (1996), Annie Hall (1977) o Manhattan (1979). Lo que, por supuesto, no quiere decir que tales materiales antiguos, en el nuevo contexto, no adquieran un nuevo significado, cosa que ocurre. En cualquier caso, tal ejercicio de "transtextualidad" resulta digno de atención.

Así pues, en resumidas cuentas, Café Society se muestra como una auténtica rara avis en el cine de Woody Allen de las últimas décadas: ni comedia banal ni drama con pretensiones reflexivas; en cambio, un ejercicio fundamentalmente autorreflexivo (o narcisista). Perfectamente medido, en su extremada continencia formal y en su capacidad tanto para operar con fragmentos narrativos (sin pretender entregar ninguna narración concluyente) como con materiales reutilizados. Para, de este modo, presentarnos la enésima divagación del director sobre sus constantes preocupaciones y obsesiones, ya archisabidas para tod@s, a estas alturas. Precisamente por ello, se agradece el esfuerzo inherente al ejercicio formal desarrollado, por muy limitado que éste sea.




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