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martes, 30 de agosto de 2016

The shield (Shawn Ryan, 2002-2008)


The shield es, dentro del amplio panorama de las series televisivas de los últimos años, una obra particularmente sobresaliente y valiosa desde el punto de vista estético. (Un punto de vista que, como en otra ocasión intenté desarrollar y argumentar, ha de incluir, en nuestro tiempo, tanto aspectos formales como aspectos relativos al tratamiento temático que otorga significado a la obra.) Y ello, al menos, por cuatro razones relevantes:

1ª) En primer lugar, ocurre que The shield es una de las pocas series -al menos, de las que yo conozco- en las que la extremada prolongación de su metraje (siete temporadas, con un total de 88 episodios) posee verdadero sentido narrativo. En ella, en efecto, aunque inevitablemente (como lo es siempre en la televisión comercial) se produzcan algunos desvíos argumentales, introducción de nuevos personajes y situaciones, etc., lo cierto es que desde el inicio hasta el final de la serie la obra preservar su orientación, su naturaleza en tanto que narración. Ello resulta, sin duda alguna, notable, acostumbrad@s como estamos a series que se alargan y alargan únicamente por razones comerciales. (O, si se quiere, sin hacer el esfuerzo de convertir la necesidad de las consideraciones comerciales en la virtud de una lograr que el relato global adquiera auténtica significación narrativa. Mad men sería, me parece, un ejemplo perfecto de tal defecto, aunque habría otros muchos más...)

The shield, en cambio, aprovecha a fondo las posibilidades de perfilar tanto a los personajes como su historia a lo largo de una tan grande cantidad de horas. Justamente, porque The shield no es (como tantos ejemplos de la televisión actual: de The Sopranos a Ray Donovan, de True detective a Breaking bad...) únicamente una obra en la que la prominencia la cobra la descripción de personajes particularmente originales o reveladores en situaciones llamativas (aunque también lo sea). Por el contrario, es también - y al mismo nivel- una obra que enfatiza el valor de su trama, compleja y absorbente. Y este énfasis sobre la trama marca una diferencia, y justifica (más) el alargamiento de la narración.

2ª) Una trama que, en segundo lugar, se afilia decididamente al género de los relatos de ascenso y caída, de destino trágico, tan caros al género criminal. Que lo apuesta todo a la construcción de unos personajes protagonistas (Vic Mackey -Michael Chiklis- y los miembros de su "Strike Team", pero también los restantes personajes principales) retratados como profundamente humanos, contradictorios, por lo tanto, capaces de lo mejor y de lo peor.

Que sigue el enloquecido viaje hacia ninguna parte de un personaje que lo tuvo todo, el triunfo social pleno en el medio (policial) en el que operaba, con su capacidad para combinar eficacia policial con corrupción, autoritarismo, relación privilegiada con sus superiores, ingresos bajo cuerda, respeto,... Pero que descubre, para su mal y el de todos quienes -familiares y compañeros- le rodean, que triunfar socialmente en el medio policial no es otra cosa que ser el perro guardián mejor alimentado de la perrera: porque se sigue, pese a todo, viviendo en la perrera, porque desde fuera el mejor perro sigue siendo, no obstante, eso, únicamente un perro, un animal.

Lo que The shield narra, entonces, es la historia de la trágica hybris que aqueja al personaje de Vic Mackey, y acaba por hundirle: en la irrelevancia (en el devastador episodio final), pues nada le importa tanto (no, desde luego, la moralidad de sus acciones: al fin y al cago, siempre tenemos a mano mil razones para intentar justificar, disculpar o renegar de nuestras malas acciones...) como dejar de ser importante, reconocido, como pasar a ser un policía más, un número de placa anónimo e insignificante. La hybris que consiste en pensar que, por tener en sus manos, físicamente, el monopolio de la violencia y por resolver -al modo policial, violento- algunos de los más graves conflictos a los que la institución policial para la que trabaja ha de enfrentarse, ha pasado a ser intocable, a formar parte de la casta de los poderosos; y en actuar, consiguientemente, a tenor de tal creencia.

Y en descubrir, entonces, que en realidad un perro guardián no es nunca más que eso, un esclavo al servicio de su amos (los burócratas, los políticos... en última instancia, la burguesía -que no aparece en pantalla- dueña de la ciudad, a la que aquellos sirven). Que nunca es intocable, que siempre es prescindible: un perro sustituye a otro perro. Eso, Mackey solamente lo descubre cuando ya es demasiado tarde: cuando su implicación en la corrupción y la violencia parapolicial es ya tan profunda que su única salida (pero también la única salida que resulta indigna a sus ojos -violar la ley, violar los derechos de delincuentes y sospechosos, transar con la delincuencia organizada, etc., para él, no son indignidades) consiste en traicionar, vender y abandonar a todos sus seres queridos, para salvar su propio pellejo. Pero nada más que su pellejo.

3ª) La tercera razón que vuelve particularmente valiosa a The shield es su espléndida factura audiovisual. O, por mejor decir, el excelente nivel de ajuste entre las formas audiovisuales empleadas y el contenido temático de la narración. (Algo no tan frecuente en la reciente oleada de series televisivas, que demasiadas veces oscilan, en el plano formal, entre lo rutinario y el exhibicionismo sin sentido.) En efecto, en The shield el estilo que adopta la composición visual de los planos (muchos planos cortos, simulando la cámara en mano, iluminación de estilo "descuidado") y el montaje (combinación de planos generalmente de corta duración, sobre todo para narrar las escenas de acción o más enfáticas, con planos más convencionales para el resto) están en todo momento al servicio del ritmo de la narración. Un ritmo que, a pesar de la duración de la obra, en cada uno de sus episodios suele devenir frenético en determinadas secuencias. Y es al servicio del mantenimiento, y enfatización, de dicho ritmo como se formalizan las imágenes, los diálogos, el empleo del sonido diegético, etc.

En suma, The shield aparece así como una serie atrapada por la urgencia: por las urgencias de una situación -la de tod@s l@s policías que la protagonizan, con sus diferentes caracteres- vivida como emergencia, como peligro constante, al filo, próxima a la insania. Algo que el estilo de formalización audiovisual elegida representa y hace sentir perfectamente al/la espectador(a) atrapad@ por el vértigo de la narración y de lo en ella narrado.

4ª) Por fin, ocurre que la serie no se limita -a pesar de que lo haga tan bien- a narrar una tradicional (en el género negro) historia de hybris, de ascenso y caída de un personaje de moralidad problemática, sino que su narrativa es capaz de imbricar a dicho personaje y a su destino con el medio social en el que desarrolla su vida. En concreto, y aunque en ningún momento aparezca como una cuestión abordada de manera explícita, The shield tematiza perfectamente el problema del modelo policial más idóneo para la gobernanza de la desviación en una sociedad clasista (y racista), y de sus consecuencias sociales necesarias.

En efecto, Vic Mackey y sus compañeros del "Strike Team" solamente son imaginables, posibles, en el contexto de una estrategia policial de gobernanza del conflicto social interclasista e interracial en el marco del espacio urbano (ese Los Angeles próximo a una zona de guerra -de clases- que la serie retrata tan bien) que otorga máxima prioridad a objetivos centrados principalmente en la contrainsurgencia: en el control y gobierno de las poblaciones dominadas (minorías étnicas, pero también clase trabajadora blanca pobre y marginados sociales), en prevenir cualquier posibilidad de sublevación que pueda amenazar "la paz social" (la estructura de clases y de distribución de la riqueza y del poder dentro de la ciudad).

Con un planteamiento estratégico de esta índole, la prevención de la delincuencia carece de sentido. Pero también pierde buena parte de su sentido la investigación y persecución de los delitos. De hecho, en la serie se pone constantemente de manifiesto cómo los únicos delitos que merecen verdadera atención por parte de la policía son aquellos que afectan a las clases medias y altas, mientras que, en relación con las clases bajas, la única preocupación subsistente es "que la sangre no llegue al río": que no salpique a los grupos sociales más prósperos y poderosos, ni a la propia policía.

En un contexto así, inevitablemente, la violencia policial y la corrupción de las fuerzas de seguridad (como, en general, toda violencia y toda corrupción) tienen que desarrollarse de manera floreciente. Porque, desde el momento en el que la principal preocupación de la policía no es el delito, sino el control de la población pobre, el delito pasa a ser varias cosas al tiempo, todas ellas letales para la integridad de los cuerpos policiales: una válvula de escape para las tensiones sociales, a manejar -siendo más o menos permisivos- según las conveniencias de la gobernanza; una forma más de control social (tortura, ejecuciones extrajudiciales, etc.); y, en fin, una oportunidad de ascenso social, tanto por vías legales (delitos provocados y luego detectados, que abrillantan el currículum de agentes, mandos y unidades) como ilegales (la participación en el el delito como forma de enriquecimiento y como práctica de poder policial informal).

Todo ello aparece, de modo palmario, en The shield: la violencia y la corrupción policiales, su inoperancia frente a los delitos que sufren las clases más pobres, no obedece únicamente a dificultades con la ineficacia administrativa. Esta es la forma de vivirlo de los participantes: como un problema de burocracia y de politiquería. Pero lo que se advierte sin dificultad en el trasfondo es algo más: es una estrategia perfectamente funcional (pero también terriblemente destructiva) de gobernanza y control social. Dentro de ella, Vic Mackey y sus compinches tienen la oportunidad de labrar sus carreras y su fortuna, pero también hallan sus límites, como simples esbirros al servicio de una política que les supera en mucho. Tal es la tragedia, de una ciudad (fracturada), de su población (sojuzgada), de sus fuerzas policiales (comprometidas por completo en su integridad). Y de los parásitos que, como Mackey, aprovechan la situación y sus oportunidades, hasta el límite. Al fondo, apenas perceptibles en la narración (pero cualquiera con un mínimo de conocimiento sociológico y de conciencia política es capaz de adivinar su presencia), se atisban fuerzas sociales, y relaciones de poder, que actúan, inexorables, en la oscuridad de los despachos y comedores de la "sociedad civil" y de los gabinetes de los políticos...




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