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lunes, 15 de agosto de 2016

L'hermine (Christian Vincent, 2015)


Acaso L'hermine sea el más contundente retrato desmitificador de la administración de justicia penal que podamos hallar en el cine contemporáneo: el juzgador, no como un ángel, ni como un super-hombre, ni tampoco como un demonio; el juzgador, como un pobre hombre, un burócrata... apenas nada. Encargado, sin embargo, de una tarea que se revela sobrehumana, pero que desde un inicio renuncia a intentar cumplir.

En efecto, lo que la película viene a poner en escena es el contraste, abismal, entre las exigentísimas necesidades de la tarea de administrar justicia (determinar hechos, valorar acciones, repartir responsabilidades, fijar unas consecuencias que resulten adecuadas, justas y sensatas) y la banalidad tanto de los seres humanos (juez@es, miembros del jurado, abogad@s, funcionari@s) como de la organización y el procedimiento judiciales. En escena se representa un drama: un infanticidio, una familia destrozada, dos implicados que se adivinan el fruto marginado de una sociedad injusta, una muerte acaso más fruto de la combinación de mala suerte y predestinación social tan características de tantos crímenes violentos...

Pero, en realidad, es un drama que apenas interesa a nadie. (O, por mejor decir: que sólo interesa a los implicados.) No, desde luego, al público, que apenas tiene nada más que superficial curiosidad o morbo malsano, ningún interés por comprender qué ocurrió exactamente, y por qué. Pero -y ello resulta todavía más determinante- tampoco concita un auténtico interés por parte de quienes tienen que administrar justicia. Que asisten, entre aburrid@s y curios@s, a la penosa y desastrosa reconstrucción, para sus ojos y oídos privilegiados, de un drama que apenas alcanzan a atisbar, a comprender.

En último extremo, la clave de la película, desde el punto de vista narrativo, estriba en el contraste constantemente presente entre la gravedad de lo que se sustancia en el juicio que ocupa buena parte de las secuencias de la narración (la muerte de una niña, la destrucción de una familia, muchos años de cárcel para uno de sus miembros) y la escasa atención que verdaderamente suscita en quienes, en teoría, están encargad@s de "resolver" el conflicto surgido: una atención "profesional"; lo que, en definitiva, quiere decir una atención apenas atenta, superficial, burocrática, obligada. Así, la película va alternando escenas del juicio (filmadas de un modo realista: con todo su ruido, su confusión, su atención a detalles burocráticos o de protocolo, que apenas dejan entrever lo verdaderamente importante) con el trasfondo de la vida cotidiana de los juzgadores. Una vida cotidiana que en absoluto se deja afectar por la importancia de lo que en la sala se discute, que recibe de su parte una atención muy limitada, mientras se dedican a pensar en sus propios problemas, a chismorrear, a intentar seducir a sus compañeras,...

Porque -en palabras del protagonista- "no se trata de alcanzar la verdad, sino de aplicar la ley". Una ética profesional tan problemática como, por desgracia, habitual. Que en la película se contrasta explícitamente (en una crítica implícita) con la ética profesional del mejor personal sanitario: aquel que no se limita a aplicar los protocolos, sino que se preocupa verdaderamente por el bienestar de sus pacientes. Algo inimaginable siquiera para Michel (Fabrice Luchini).

Es cierto, desde luego, que la dicotomía resulta algo maniquea: porque al lado de juez@es burócratas, hay también buen@s juez@s, preocupad@s por la justicia y la equidad (como al lado de l@s buen@s sanitari@s l@s hay también con vocación de mecánicos: arreglan piezas defectuosas conforme al procedimiento estipulado, y punto). Y también porque la capacidad del juzgador para determinar la verdad de los hechos y hacer justicia (material) habrá de estar siempre limitada tanto por consideraciones atinentes a los derechos de las partes como por las derivadas del respeto a la legalidad (y, en último extremo, a la división de poderes). A pesar de lo cual, hay que reconocer cuanto de realista tiene el ácido retrato que la película presenta de tantos episodios de la administración de justicia penal, que se asemejan al que aquí se describe. Y tomar nota de ello.




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