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sábado, 11 de junio de 2016

Shan he gu ren (=Más allá de las montañas) (Jia Zhangke, 2015)


Es claro: Jia Zhangke ha cambiado. No ha cambiado la temática de sus películas. Pero sí, en cambio, lo que en realidad resulta mucho más importante: el estilo de la formalización de las mismas.

En efecto, el encanto del cine del director, a lo largo de las dos pasadas décadas, estribaba esencialmente en su capacidad para atrapar en formas audiovisuales extremadamente austeras la temática del cambio social (modernización capitalista), observando atentamente las consecuencias personales y comunitarias que necesariamente la misma conlleva. Una observación que, no obstante, resultaba extraordinariamente contenida en cuanto a su retórica: la puesta en forma audiovisual se caracterizaba por una aparente actitud de observación y registro, con apenas explosiones emocionales. De este modo, el/la espectador(a) tenía la oportunidad de presenciar sin distracciones relevantes una representación altamente estilizada (y, por ello, también altamente significativa) del proceso social que el director pretendía evocar, en todas sus dimensiones, tanto individuales como colectivas.

Shan he gu ren, en cambio, es ya otra cosa: se trata, abiertamente, de construir un melodrama, en torno a la emigración, el desarraigo y la pérdida de las raíces y de la identidad. Pero la cuestión principal es que, más allá del tema tratado, se emplea a fondo la retórica estilística melodramática: proliferación de las escenas emocionalmente cargadas de forma explícita, empleo de una música repleta de connotaciones, leitmotivs en forma de gestos y objetos, que pretenden evocar recuerdos, sensaciones y emociones, tanto en los personajes como -sobre todo- en el/la espectador(a),...

La cuestión decisiva, en todo caso, es si la opción estilística elegida resulta fructífera. En mi opinión, cabe dudarlo: allí donde el cine anterior de Zhangke resultaba extraordinariamente revelador y pertinente, Shan he gu ren, en tanto que melodrama,  no pasa de lo mediocre. Puesto que no es capaz (a diferencia de los grandes maestros del género: Roberto Rossellini o Douglas Sirk, Todd Haynes o James Gray,...) de proporcionar, merced a su retórica, ninguna iluminación acerca del sentido -o sinsentido- de la existencia de sus personajes, o de las estructuras sociales que los aherrojan. Limitándose, entonces, a entonar un nostálgico (y vacuo, e impotente) lamento por los tiempos y existencias dilapidadas. Un lamento que, sin embargo, carece de una emoción que -al modo de un John Ford- resulte bien conmovedora, o bien vivificante.

Sí, pues: echamos de menos al antiguo Jia Zhangke y a su cámara de vista aguileñao.




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