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martes, 15 de marzo de 2016

Los héroes del mal (Zoe Berriatúa, 2015)


Los héroes del mal constituye una acerada reflexión acerca del sentido (y sinsentido) de la violencia, entendida como característica irrenunciable de la vida social. Llegando, en su radicalidad, mucho más lejos de lo que es habitual en un cine que (como suele ocurrir con el europeo), cuando pretende ponerse "social", tiende a caer de modo recurrente bien en la fábula, bien en la condescendencia cuasi-racista o bien en el maniqueísmo más ramplón. Aquí, por el contrario, los resultados de la cata en el sustrato violento de las relaciones sociales se saca a la luz sin apenas comedimiento ni respeto por las "buenas formas progresistas". Una falta de comedimiento y de deferencia que, sin duda alguna, opera en beneficio del mordiente (y, en último extremo, de la potencia reveladora) de la narración.

Los héroes del mal nos habla, en efecto, de cómo tres adolescentes se relacionan con la violencia. Una violencia -física, pero sobre todo psicológica- que soportan como víctimas (la violencia como mecanismo de etiquetamiento, de dominación y de exclusión social), pero que también emplean como agentes. Una relación que, necesariamente, ha de acabar mal: puesto que, llegados al límite, la violencia individual de la que es capaz el/la adolescente marginad@ resulta siempre harto limitada, apenas capaz de competir con la violencia social, institucionalizada (representada en la película por el acoso escolar, por la dureza de l@s profesor@s y la general incomprensión de los adultos), que acaba por atraparles, por destruirles (al menos, psíquicamente).

No puede perderse de vista, en este sentido, la particular relación con la realidad que la adolescencia conlleva (y que la película retrata perfectamente). El/la adolescente -parece decirnos la narración- se relaciona con la realidad extramental a través, principalmente, de sus propias fantasías y obsesiones. De manera que apenas se muestra capaz de distinguir entre aquello que imagina y lo que en verdad ocurre. Así, sus deseos y miedos, sus alegrías y obsesiones aparecen siempre atravesadas por el viento de la fantasía (¿no nos ocurre en realidad a tod@s así, en alguna medida?). Y tan importante es aquello imaginado como aquello efectivamente sucedido: todo ello forma parte, en plano de igualdad, de su universo mental y emocional.

Al cabo, lo que narra Los héroes del mal es el amargo relato de la derrota de la fantasía y del triunfo del crudo principio de ralidad: de cómo las realidades del poder social triunfan sobre las fantasías de liberación de es@s tres adolescentes, acabando por colocarles "donde deben estar" (de acuerdo con las relaciones de poder existentes): sometid@s, marginad@s o neutralizad@s (...o muertos).

Una película, pues, tremenda, en su realismo y en su capacidad para evocar (de un modo melodramático, es cierto) las realidades de las práctica cotidianas de violencia y de poder, de dominación y de exclusión, que campan a sus anchas en nuestras calles y en nuestros centros escolares. Afortunadamente, sin inclinarse por el moralismo, sino más bien por la clarividencia: porque estamos aburrid@s de contemplar rasgamientos de vestiduras de conciencia exquisitas, lo que necesitamos precisamente es más bien conocimiento y aceptación (aunque sea crítica) de la realidad, por abyecta que esta resulte ser.




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