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martes, 26 de enero de 2016

Mia madre (Nanni Moretti, 2015)


A pesar de hacerlo en voz baja (con una puesta en forma audiovisual bastante convencional, apenas quebrantada por los -habituales, en el cine del director- saltos bruscos entre el drama y la comedia bufa), no obstante, esta última película de Nanni Moretti viene a reflexionar acerca de alguna cuestión de importancia y, sin embargo, apenas abordada de un modo que resulte lo suficientemente lúcido, como es el caso aquí.

En efecto, una lectura superficial de la trama de la película podría hacernos esperar encontrarnos ante una manifestación más del cine de la "mala conciencia impotente", tan transitado en las últimas décadas por parte del cine occidental: una profesional de éxito que, sin embargo, parece no tener tiempo para atender a su madre, gravemente enferma, y que se reconcome por ello...

Y, sin embargo, lo cierto es que la película de Moretti no transita -o no sólo- por ese camino de la moralina, los remordimientos y la melancolía. Antes al contrario, estando todo esto presente (parece inevitable que lo esté, a la vista de cómo ha devenido la cultura hegemónica en las sociedades occidentales contemporáneas), la narración viene a suscitar (siquiera sea a modo de sugerencia) cuestiones de un mayor calado, tanto desde el punto de vista ético como desde el estético. Así, pienso que para cualquier espectador(a) atent@ y que posea una mente no completamente invadida por la ideología dominante habrán de surgirle, al ver la película, cuestiones como las siguientes: ¿verdaderamente qué es más importante, atender a los sentimientos o alterar las realidades? ¿cuidar de las personas o cambiar el mundo? ¿influir sobre la condición de una persona o influir sobre la de miles? ¿cuidar de lo que existe (imperfecto, mortecino... pero conocido y amado) o crear nuevas realidades?

El hecho de que la historia narrada en la película no otorgue una respuesta unívoca (y moralista) a tamañas cuestiones constituye, sin duda alguna, un mérito preciado de esta obra: una obra que -como todas las grandes obras de arte que no son estrictamente formalistas- nos fuerza a volver a plantearnos, y a responder, a cuestiones (morales, políticas, estéticas) que creíamos ya resueltas y acabadas. Podemos, sí, aceptar la ideología (moralista e) individualista dominante, y dejarnos llevar -como parece hacer el personaje de Margherita (Margherita Buy), por la impotencia de los remordimientos y la mala conciencia. Podemos también sumarnos a la cultura de los cuidados, que abandona al resto del mundo para concentrarse en la responsabilidad por la persona amada (como hace Giovanni (encarnado por el propio Nanni Moretti). Pero podemos también -porque la forma en la que la historia está narrada lo permite- apostar por otras alternativas: por pensar que la creación de nuevos universos, o la promoción del cambio social (todo aquello que parece querer representar la película que Margherita está filmando), merecen aún más la pena -o, al menos, tanto- como atender a una madre enferma y acompañarla en su agonía.

Y es que Mia madre resulta ser (eso sí, de una manera harto subrepticia) una película, ante todo y sobre todo, eminentemente política. Política, en el sentido menos obvio del término: porque nos fuerza a reflexionar y a tomar postura, sin proporcionarnos, precocinada, la solución "correcta". Nos obliga, por ello (si somos lo suficientemente sensibles en tanto que espectador@s -y, si no, culpa nuestra...), a cuestionarnos cuál es, y cuál debe ser, nuestro lugar en el mundo (social), sin darlo anticipadamente por supuesto. ¿Qué mejor manifestación de lo político que esta podría hallarse? Que una obra de arte nos conduzca a tal terreno, político, no puede sino considerarse como una muestra indiscutible de su excelencia, tanto estética como moral.




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