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domingo, 8 de noviembre de 2015

'71 (Yann Demange, 2014)


En esencia, la originalidad de '71 consiste en narrar una historia característica del thriller de denuncia política (antimilitarista) a través de unos recursos estilísticos que son más bien propios del cine de terror (o, a lo sumo, de las survival movies).

En efecto, lo más destacado de la película es la formalización de la narración en la forma de pesadilla: la iluminación, la textura de la imagen, el movimiento de la cámara y el montaje son puestos al servicio de una narración de las vicisitudes del soldado británico abandonado en el Belfast hostil y dividido de 1971 en la que todo lo que sucede resulta, a los ojos de Gary (Jack O'Connell) desconcertante y aterrador por igual. Incapaz de asir el sentido de las sucesos y de las reacciones de l@s demás a su presencia, objeto baqueteado y arrastrado de acá para allá, apenas entreviendo lo que verdaderamente sucede. Así es la noche de terror de Gary.

Parecida, en realidad, por lo inquietante, a la que soportaba Paul (Griffin Dunne) en After hours (Martin Scorsese, 1985). Pero, por supuesto, si no todo, sí mucho es cuestión de tono: lo que en la película de Scorsese se planteaba como una comedia absurda, acerca de los fantasmas de la modernidad urbana, en '71 se convierte  en el arsenal de recursos retóricos para articular una denuncia política: que todos los ejércitos (y grupos armados) se parecen; que en todos ellos l@s combatientes son mera carne de cañón para los objetivos políticos de sus líderes; que l@s no combatientes les resultan -también los de su bando- irrelevantes, en realidad; y que cualquier ejército (o grupo armado) tiene siempre, como primer objetivo político, el de mantener dominada a su propia población civil.

Nada nuevo, en realidad. Tan sólo un poco mejor articulado: mejor representado, por lo que hace a su formalización audiovisual. (No cayendo, pues, en las mistificaciones habituales de la estética del "realismo social".) Así, en el fondo, '71 no es más -ni menos- que una película (explícitamente) política, en lo temático, pero también manierista, desde el punto de vista estético.

Que tal novedad, tal manierismo formal, aporte algo relevante al análisis político (bastante superficial) realizado en la obra resulta dudoso. Pero, sin duda, la convierte en un producto cultural de visión más cómoda, más gratificante para la pulsión escópica del(a) espectador(a), por más que resulte igual de banal.




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