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viernes, 25 de septiembre de 2015

Ex machina (Alex Garland, 2015)


Ex machina se presenta, abiertamente, como una película adscrita al género de ciencia-ficción, en su versión más minimalista: cuatro personajes, un espacio cerrado, un "gran tema", una trama enrevesada, intrigante y repleta de giros y sorpresas,...

Se trata, por ello, de una película que ofrece algo con claridad, y que luego otorga justamente aquello que promete. Nada particularmente reseñable, sin duda, pero bien construido, tanto en términos argumentales (el guión resulta casi perfecto) como desde el punto de vista audiovisual. En este último aspecto, en efecto, el director, en la composición de los planos, apuesta (como era de esperar, a la vista de la adscripción genérica) por composiciones cerradas, expresivas de encierro y de agobio, bien complementadas por la iluminación en tonos fríos y más bien oscuros.

Una muestra, pues, particularmente conseguida de un (sub-)género que gustará a quien -como es mi caso- sea aficionad@ al mismo, pero que, por lo demás, apenas dejará huella.

Y, sin embargo, si la película posee, a mi entender, particular interés, ello obedece a su capacidad para mostrar de modo sencillo, pero a la vez atrayente y suficientemente riguroso (por supuesto, dentro de los límites que una narración como ésta -cine, y cine comercial, al fin y al cabo- puede aspirar a conseguir), uno de los problemas capitales que vienen ocupando a la ciencia cognitiva y a la filosofía de la mente al menos desde los años 70 del pasado siglo: aquello que David Chalmers, el conocido filósofo, denominó "hard problem of consciousness": el problema de explicar por qué las mentes humanas (pero no sólo) experimentan experiencias fenoménicas.

En Ex machina, el "problema difícil" de la consciencia se plasma en la dificultad para valorar la naturaleza de la inteligencia artificial diseñada y construida bajo el nombre de Ava (Alicia Vikander): si se trata tan sólo de una mente -artificial- capaz de procesar información, o si posee también experiencias fenoménicas (con las consecuencias que ello, inevitablemente, ha de conllevar, en materia de emociones, de motivación y, en último extremo, de alteración de la conducta). O, dicho de otro modo, la película viene a ser una puesta en escena de la discusión en torno al argumento (que es citado expresamente en los diálogos, aunque de manera deformada) conocido como el de "la habitación de Mary" ("Mary's room", un argumento formulado originalmente por Frank Jackson), y que consiste en preguntarse si se puede verdaderamente decir que alguien conoce la realidad si se limita a acumular toda la información acerca de dicha realidad, pero no es capaz de experimentarla desde un punto de vista fenoménico.

En Ex machina, la respuesta es que no. Pero también que la acumulación de información lleva, inevitablemente, al surgimiento de qualia, de experiencias fenoménicas. Algo, por supuesto, tremendamente discutible, y discutido, entre filósofos y científicos aún hoy. No obstante, el valor, me parece, de la película es atreverse a plantear, bajo formas suavemente dramáticas, tamaño debate.




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