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domingo, 16 de agosto de 2015

Trainwreck (Judd Apatow, 2015)


En esta última película que ha dirigido Judd Apatow es posible detectar, creo yo, en buena medida cómo ha evolucionado la parte más asentada comercialmente (e ideológica, y estéticamente) de la "nueva comedia norteamericana", con todas sus contradicciones, insalvables, a mi entender.

En efecto, parece posible hacer diferencias notorias, dentro de la oleada de comedias con pretensión "innovadora" (pero dentro del cine comercial), que surgieron en los Estados Unidos a partir de -aproximadamente- el año 2000, según su vocación más o menos "destructiva" o crítica (buena parte del cine protagonizado y/o escrito y/o dirigido por Seth Rogen pertenecería a esta categoría) o, en cambio, más o menos apologética. En este sentido, Judd Apatow, en tanto que director, siempre se ha ubicado, abiertamente, en esta última tendencia.

¿Cómo hacer, sin embargo, una comedia que aparezca como "fresca", "provocadora" y que, pese a ello, resulte en último extremo conciliadora? Tal es el dilema. En el caso concreto de Apatow, éste intenta resolverlo a través de la construcción de obras que carecen notoriamente de cualquier unidad estética digna de tal nombre. Una solución tramposa, desde luego, pero parece que efectiva.

Así, una película como Trainwreck puede ser contemplada, en realidad, como dos películas muy diferentes. Si atendemos, de una parte, a su trama, lo que contemplaremos será una narración notoriamente sexista y conservadora: la ya antigua historia de la doma de la mujer bravía, o de cómo una mujer independiente y sexualmente liberada acaba por aceptar que la única solución viable para su vida futura estriba en someterse a la monogamia y a la pareja tradicional, ocupando el rol que en ella "le corresponde".

Ocurre, sin embargo, que esta trama, propia de lo peor de la comedia apologética (en otra ocasión he comparado estas historias de las narraciones de Judd Apatow con las más dulzonas y conservadoras comedias norteamericanas de los años 50 del pasado siglo), aparece en la película combinada con un tratamiento matizado y bastante ácido de los personajes, que claramente se distancia de lo que es característico en las comedias apologéticas estéticamente más pobres. Así, las formas de actuar de la protagonista (una excelente Amy Schumer), o de su padre, la relación de aquella con los hombres, las drogas y el sexo, su desprecio por la vida familiar y por el papanatismo hacia la infancia que constituyen ideologías oficiales, todo ello vuelven esencialmente más ambigua esta comedia -pretendidamente apologética- de lo que en un principio cabría imaginar.

Dos narraciones, pues, en una, tal es el truco -ya habitual- de Judd Apatow: una narración edulcorada, conservadora, sobre cómo deberían ser las cosas, después de ese "final feliz" que, de modo convencional, cierra la historia; pero, mientras tanto, mientras el final feliz llega, el retrato de la realidad social (de las relaciones sexuales, de género, familiares, interpersonales) rezuma acidez y realismo. Acidez y realismo, servidos, además, por notables interpretaciones, e improvisaciones, de un elenco de actores y actrices cómicas que muestran, una y otra vez, en la pantalla grande (como lo han hecho, la mayoría, antes, en la televisión) sus enormes aptitudes para la representación de facetas apenas confesables, pero notorias, de nuestra vida en común, que trascienden las edulcoradas versiones, ideologizadas, que usualmente se presentan (¿presentamos?) de las mismas.




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