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viernes, 21 de agosto de 2015

Todo lo que va mal en la izquierda europea


Hoy que acabamos de saber que el primer gobierno de izquierda no socialdemócrata en Europa desde los primeros y efímeros gobiernos de coalición antifascista de la posguerra, el de Syriza en Grecia, ha sido flor de un día (de un semestre -ya veremos que dan de sí las elecciones y un hipotético segundo gobierno de Syriza), creo que estamos capacitados ya para hacer un primer balance: si no de soluciones, sí al menos de algunos de los obstáculos fundamentales que han impedido que la experiencia fructificara. Porque, según creo, el caso griego, aunque acaso algo más extremo, en sus contornos resulta perfectamente asimilable a cualquier otro que podamos imaginar dentro de la Unión Europea... incluida España, por supuesto.

Tal y como es mi costumbre, quiero concentrarme exclusivamente en los problemas que tienen que ver con nuestro bando. Pues es evidente -debería ser ocioso advertirlo- que en todo caso una izquierda transformadora debe contar con la enemiga de nuestros adversarios objetivos: oligarquía, partidos de derechas y de centro reformista, etc. Y que, precisamente por ello, que esto sea efectivamente un obstáculo a nuestra política no puede resultar nunca excusa de nuestros fracasos (aunque, desde luego, forme parte siempre de su explicación): il va de soi...

He aquí el elenco de obstáculos, a solucionar, que propongo (entre paréntesis, el hecho concreto, del caso griego, al que se alude):

1º) Un pueblo sumiso (no salir del euro, no enfrentarnos con la Unión Europea): Por diferentes causas, lo cierto es que la mayor parte del electorado, incluid@s la mayoría de l@s votantes de izquierdas, aunque asume en principio objetivos políticos transformadores (democracia real, igualdad material, universalidad de los derechos humanos, etc.), luego, sin embargo, es incapaz de ver la conexión entre los fines y los medios: esto es, de afrontar el hecho de que tales transformaciones implican un enfrentamiento con los poderes sociales (nacionales y transnacionales) y que dicho conflicto tiene costes. Costes que necesariamente conllevan inestabilidad, situaciones de emergencia (el famoso "corralito"), altercados, etc. La reluctancia ciudadana a aceptar que tales costes existen y su confianza en que se pueden hacer cambios sin conflicto (en suma: la falta de realismo político del electorado) colocan a las izquierdas entre la espada y la pared: ¿cómo lograr transformaciones radicales si no se tiene la fuerza para afrontar un enfrentamiento radical (con una oligarquía poderosísima)? ¿Cómo se mantiene el apoyo electoral y social sin generar miedo entre l@s votantes, pero sin renunciar al programa radical?

2º) Los votos nunca son suficientes (no tener un auténtico "plan B" a la negociación y el acuerdo con la "troika"): Con votos se llega (si no hay golpe de Estado u otras sucias maniobras -"tamayazos" y tal- de quienes ostentan el poder) al gobierno. Pero, una vez alcanzado, hay que gobernar. Y no se gobierna (solamente) con votos: se gobierna también con dinero, con emplead@s públic@s, expert@s y órganos administrativos, con reformas legales. Está bien generar propuestas y someterlas al debate público. Pero, además, hay que pasarlas por el filtro de la realidad: ¿cuánto cuesta, cómo vamos a pagarlo? ¿quién, cómo lo haría y con qué recursos? ¿es legal, o habría que cambiar las leyes (o desobedecerlas)? ¿nos va a permitir la UE (o el Gobierno central, o quien toque en cada caso) hacerlo? Y, si no nos dejan, ¿qué hacemos? Vamos, lo que se llama tener una estrategia. Los partidos "de gobierno", los sumisos a los poderes sociales, se pueden permitir no tener una estrategia de gobierno clara, pues ya hay expert@s (en la UE, en la patronal, en los grupos de presión y think-tanks, etc.) que les hacen el trabajo. Pero en la izquierda es imprescindible.

3º) Parece que somos incapaces de imaginar (de verdad) la revolución (con minúsculas) (no aplicar medidas de fuerza cuando el BCE bloqueó la economía): La izquierda sufre de inflamación retórica: estamos atenazados por nuestra propia verborrea, fascinados por las grandes palabras ("proceso constituyente", "justicia social", "pleno empleo", "democracia real", "libertad para todos", "igualdad material", "revolución", "gobierno del 99%", "socialismo del siglo XXI",...). No quiere decir que detrás de esta terminología no haya conceptos, que los hay: al menos, en el caso de las izquierdas más leídas y preparadas. Pero la cuestión es que, fruto de nuestra impotencia estratégica, parecemos incapaces de diseñar un programa de acción que pase por poner efectivamente en cuestión el statu quo. Gritamos, sí, contra él, en nuestras consignas y manifestaciones... pero, a la hora de la verdad, como movimiento político, no nos atrevemos a tomar las medidas necesarias para enfrentarnos a dicho statu quo y cambiarlo. Esto, en plata, significa que, en último extremos, cuando el conflicto arrecia, acabamos por someternos: al Derecho vigente (que no hemos dictado nosotr@s, que muchas veces es injusto), a las normas -escritas y no escritas- de lo que "se puede y no se puede decir/ hacer/ proponer", a las amenazas de otras autoridades políticas, al chantaje de los poderes sociales, a la presión de la "opinión pública" (publicada). Por renunciar a las medidas que sabemos necesarias y justas; pero que no nos atrevemos a adoptar.

4º) Las "almas bellas" (la Plataforma de Izquierdas): Parece natural que en un movimiento político que se construye "a la contra", para oponerse a un estado de cosas que se considera injusto e indeseable, por razones morales, proliferen las personas que han desarrollado una aguda sensibilidad moral (cuando menos, hacia la injusticia, la desigualdad y la dominación). Sin embargo, y aunque sin duda lábil, existe una diferencia entre aguda sensibilidad moral y lo que brillantemente G. W. F. Hegel calificaba de "almas bellas": de acuerdo con Hegel, en efecto, el alma bella "vive en la angustia de manchar la gloria de su interior con la acción y la existencia; y, para conservar la pureza de su corazón, rehuye todo contacto con la realidad y permanece en la obstinada impotencia de renunciar al propio sí mismo (...) El objeto hueco que se produce lo llena, pues, ahora, con la conciencia de la vaciedad; su obrar es el anhelar  (...) en esta pureza transparente de sus momentos, un alma bella desventurada, como se la suele llamar, arde consumiéndose en sí misma y se evapora como una nube informe que se disuelve en el aire". Por desgracia, de "almas bellas", de una rectitud intachable, pero de una impotencia política absoluta, estamos sobrados en las izquierdas. De quienes son incapaces de aceptar las tensiones, contradicciones y ambigüedades de lo real (especialmente, en las situaciones difíciles en las que las izquierdas llegan a intentar gobernar), se niegan a "mancharse las manos" y sacrifican a su pureza de conciencia la efectividad política. Y, lo que es más importante a efectos prácticos, nos dividen, porque se sienten incapaces de seguir caminando al lado de quienes están dispuestos a alcanzar compromisos.

Desde luego, no seré yo quien reivindique, a estas alturas, el principio del centralismo democrático, la "lucha contra el faccionalismo" o los excesos de contemporización de los viejos partidos comunistas, que tantos males han causado en las izquierdas. Pero sí que mantendré, en cambio, el lúcido diagnóstico de F. Engels (citado también por V. I. Lenin): "'...Somos comunistas' (decían en su manifiesto los comuneros blanquistas) 'porque queremos alcanzar nuestro fin, sin detenernos en etapas intermedias y sin compromisos, que no hacen más que alejar el día de la victoria y prolongar el periodo de esclavitud'. Los comunistas alemanes son comunistas porque, a través de todas las etapas intermedias y de todos los compromisos creados no por ellos, sino por la marcha del desarrollo histórico, ven claramente y persiguen constantemente su objetivo final (...) Los 33 blanquistas son comunistas por cuanto se figuran que basta su buen deseo de saltar las etapas intermedias y los compromisos para que la cosa quede ya arreglada, y que si -- ellos lo creen firmemente -- 'se arma' uno de estos días y el Poder cae en sus manos, el 'comunismo estará implantado' al día siguiente. Por consiguiente, si no pueden hacer esto inmediatamente, no son comunistas. ¡Qué ingenua puerilidad la de presentar la propia impaciencia como argumento teórico!"


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