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jueves, 20 de agosto de 2015

Literatura artúrica medieval y origen de la narrativa europea moderna


A lo largo de estos últimos meses he ido leyendo casi todas las obras (cuatro de cinco: las cuatro que están traducidas al castellano -mi francés no da, creo, para leer en el original obras tan densas y con un lenguaje tan antiguo) que forman parte de la llamada Vulgata Artúrica: una reelaboración del siglo XIII de las narraciones de la "materia de Bretaña" que habían venido creándose en Europa (en Francia, fundamentalmente) a lo largo de todo el siglo anterior. Así, he leído Estoire de Merlin, Lancelot, Queste del Saint Graal y Mort Artu. ¡Unas 2.600 páginas!

La lectura tiene su interés (aparte de por tratarse de personajes y de tópicos narrativos que han permanecido, desde el Medievo, omnipresentes en la cultura europea) principalmente debido a que, de hecho, la evolución de la literatura artúrica a lo largo de la Edad Media proporciona el hilo conductor que nos lleva hasta la narrativa moderna. En efecto, a pesar de la existencia del antecedente de la novela helenística (que tuvo un evidente influjo en la novela bajo-medieval  y renacentista -novela pastoril y novela bizantina- y de la que más adelante la novela europea moderna tomaría diversos recursos y formas), lo cierto es que parece que la novela moderna, en su conocida configuración (que parte del Quijote), tuvo su origen más bien en la ambigua construcción de una ficción a caballo entre la (pretendida) realidad histórica y la imaginación de episodios que pudieron haber existido y la pura fantasía, característica de la literatura artúrica: del roman.

Y es que (según nos informan l@s filólog@s que han estudiado la cuestión a fondo) la temática artúrica se introduce en la literatura europea a través de algunas crónicas (del siglo X), con pretensiones de veracidad histórica. (Como es sabido, hasta la Edad Moderna no se produjo una configuración verdaderamente científica de la ciencia histórica, por lo que la distinción entre verdad histórica y leyenda resultaba, en la historiografía pre-moderna, siempre problemática.) Pero, a partir de dichas crónicas, comienzan a producirse luego toda una serie de relatos en los que se construyen los personajes y las situaciones. Y, luego, tales relatos son reelaborados, una y otra vez, desde distintas perspectivas.

Así, al parecer, el ciclo de la vulgata artúrica consistiría en una reelaboración bajo parámetros explícitamente religiosos de la tradición aventurera anterior.

Es interesante señalar que el roman artúrico (y los que luego, a partir de este modelo, se desarrollarían, con distintas temáticas caballerescas, hasta el siglo XVI) aparece como expresión artística de la ideología caballeresca: esto es, de una idealización de la visión aristocrática de la sociedad medieval. Interesante me parece, en efecto, este vínculo inicial entre narrativa (que acabaría siendo moderna) e ideología de la clase dominante.

Y, en un sentido similar, también muy interesante creo que es esa aparición de la narrativa pre-moderna en el marco de la grisácea línea de demarcación entre (pretendida) realidad y fantasía, tan vinculada así a la historiografía de la época. Porque -especulo- acaso esa vinculación iba a permitir convertirse, a la posterior narrativa moderna que fue su heredera, en mecanismo idóneo de representación de los espectros ideológicos (las idealizaciones, pero también los fantasmas: aquí estriba la modernidad, aquí estriba la maestría y duradero legado de la obra cervantina) de las clases dominantes, en cada momento histórico.

Puesto que, en efecto, la narrativa moderna iba a convertirse en el acompañante, en el comentarista ideal, de la evolución de las sociedades europeas, desde el siglo XVII hasta nuestros días. Con su característico (pretendido) realismo, pero también con su sutil capacidad para manipular y tergiversar la realidad y someterla a interpretaciones ideológicamente condicionadas.

Curioso, pues, y seguramente significativo, que, al menos en su origen, la novela europea moderna proceda directamente de una tradición narrativa bastarda, como lo es la de la "materia de Bretaña" y su desarrollo en las novelas de caballerías, soslayando en cambio en muy buena medida la otra tradición (en principio, más "noble"), la de la épica grecolatina... Que adquiriese prominencia el héroe (o, más tarde, el anti-héroe) humanísimo de aquella tradición, y no el personaje más bien estereotipado de ésta. Y que la tradición clasicista bajo-medieval y renacentista (de Dante Alighieri a Luís de Camôes) quedase prácticamente arrumbada, como una vía muerta, en la literatura posterior.

Como lo quedó también, en último extremo, la tradición -seguramente de origen oriental- de las compilaciones de cuentos, que igualmente había tenido tanta presencia en la literatura medieval: desde El Conde Lucanor hasta Geoffrey Chaucer y Giovanni Boccaccio. (Tradición aún presente en el Quijote, pero que posteriormente la novela moderna abandonaría... hasta que -¡oh, el eterno retorno!-, ya en la contemporaneidad, se elabore la idea de una novela proteica en la que todo -cuentos, ensayo, descripciones, teatro- puede ser incorporado.)



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