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lunes, 17 de agosto de 2015

Isak Dinesen: Den udødelige historie (=La historia inmortal)


- Ahora ya puedes contar la historia -dijo al muchacho.
- ¿Qué historia? -preguntó éste.
- La historia entera. Cuando cuentes lo que te ha ocurrido, lo que has visto desde anoche hasta este momento, estarás contando la historia como ha sido. Eres el único marinero en el mundo que la puede contar verídicamente, con todos los detalles, tal como te ha ocurrido con todos los detalles de principio a fin.
El muchacho se quedó mirando a Elishama.
- ¿Qué es lo que me ha ocurrido? -dijo por fin. ¿Qué he visto y he hecho desde anoche hasta este momento? -y otra vez, al cabo de un rato-: ¿Por qué lo llama historia?
- Porque -dijo Elishama- tú mismo lo has oído contar como historia. La historia de un marinero que baja a tierra en una gran ciudad. Y deambula solo por una calle próxima al puerto, hasta que se detiene un carruaje a su altura, desciende de él un viejo señor y le dice: «Eres un apuesto marinero. ¿Quieres ganarte cinco guineas esta noche?»
(...)
Esperó un momento, luego, sosegadamente, declaró:
- Pero esta historia no se parece lo más mínimo a lo que me ha ocurrido a mí.
Otra vez esperó un poco.
- ¿Contarlo? -dijo lentamente- ¿A quién se lo iba a contar? ¿Quién en el mundo lo iba a creer si lo contara?
Puso su fuerza acumulada y concentrada y su peso en una última frase:
- No lo contaría -dijo- ni por cien veces cinco guineas.


Es difícil representar mejor que como lo hace este cuento de Isak Dinesen la peculiar dialéctica que existe entre imaginación y realidad (material).

O de cómo la representación simbólica de lo real permanece, con el sentido que adquiere (cuando es formulado por el emisor, o percibido por el destinatario), radicalmente alejado del significado que los actos reales representados poseen por sí mismos, cuando se materializan, para quienes en ellos intervienen u los observan.

De otro modo: que el alejamiento entre lenguaje (cualquier lenguaje: el verbal, desde luego, pero también del de la representación visual, o el de la representación dramática) y realidad material es esencial, infranqueable.

De manera que cualquier esfuerzo para pasar del uno al otro no se obtiene sin pérdida, sin alteraciones, sin desfiguramientos.

Algo que convendría recordar: no sólo a quienes se dedican a la creación artística, o a su estudio. Sino también (y, acaso, sobre todo) a quienes pretenden dedicarse a la praxis. Deberían recordar siempre, en efecto, que entre la formulación de sus proyectos, y el sentido que a los mismos atribuyen, y su materialización real (y el significado que dicha materialidad adquiere), habrá de existir siempre un necesario hiato, inevitable, que no se debería dejar nunca de tomar en consideración, por cuanto que forzadamente obstaculiza (a veces hasta el punto de impedir) la viabilidad de los objetivos propuestos.

Y es que no es tan fácil ejercer de demiurgo...


(Existe una adaptación televisiva de este cuento dirigida por Orson Welles para la televisión francesa: Histoire inmortelle, 1968. Realizada con pocos recursos, sobresale ante todo por la austeridad de su composición visual -destacable, dado el manierismo habitual del director- y por centrarse, acaso en demasía, en el magnetismo y carácter obsesivo, bigger tha life, del personaje encarnado por Welles, Mr. Clay, en detrimento de lo que, a mi entender, constituye lo más relevante del relato -lo que más arriba he señalado.)


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