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domingo, 21 de junio de 2015

Fehér isten (=Dios blanco) (Kornél Mundruczó, 2014)


Fehér isten es, sin duda, una película curiosa, debido a la constante indecisión en que se mantiene la narración por lo que hace a su adscripción genérica.

En efecto, resulta notable el intento por llevar a cabo una combinación entre las películas sobre las aventuras y desventuras de animales (humanizados en sus características psúquicas) y de los niños que les quieren; sobresaturándola, sin embargo, de una violencia explícita que resultaría inimaginable en el género de referencia. Y con derivaciones intermedias hacia el género fantástico (subgénero: terror procedente de fuentes naturales descontroladas). Para acabar retornando al tono fabulístico propio de las "películas con animales", y construir así una moraleja vagamente humanista.

Por supuesto, es posible (y así lo han hecho efectivamente muchos comentarios críticos, tal parece ser su pretendida obligación, o una tendencia que les resulta irrefrenable...) intentar extraer de esta extraña mixtura algún sentido metafórico: sobre las diferencias y la lucha de clases, sobre el distanciamiento entre la especie humana y la naturaleza, sobre el triunfo de los (buenos) sentimientos sobre la racionalidad "fría"... Es posible, cierto, proponer interpretaciones de esta índole, aun cuando lo cierto es que, contemplada como fábula, Fehér isten resulta en extremo banal, porque las conclusiones que pueden inferirse a partir de la historia narrada no dejan de ser tópicos tan bienintencionados como vacuos.

En este sentido, pues (temático), la película constituye, a mi entender, un estrepitoso fracaso, por muchas que sean sus pretensiones (de resultar "trascendente").

¿Qué es lo que queda, entonces? Pues, justamente, ese atropellado y torturado tránsito intergenérico de la narración: convirtiendo a Hagen, el perro protagonista, el objeto de los desvelos de Lili (Zsófia Psotta -y de la identificación buscada de l@s espectador@s) en una suerte de asesino en serie, de vengador sin escrúpulos. Sólo para acabar, luego, amansándose de nuevo, volviendo a su rol de animal doméstico "fiel", "cariñoso", etc.

Un final que -más allá de la vacua metáfora- parece ciertamente complaciente. Mas, en verdad, persiste la inquietud (generada, como acabo de señalar, más a causa de lo torturado de su estilo que en virtud de los tópicos banales que acumula la trama): porque, visto lo visto, no parece posible descartar que el nuevamente cariñoso Hagen vuelva, en cualquier momento, a recobrar su alma de asesino y a desgarrar las carnes de su cariñosa dueñecita. Es, precisamente, esta fluidez intergenérica de la narración, presente todo el tiempo en sus secuencias (como posibilidad subyacente, cuando menos) lo que vuelve interesante, digna de verse, a esta película.




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