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lunes, 15 de junio de 2015

Aita (José María de Orbe. 2010)


Hacía tiempo que deseaba ver Aita. Ahora que la he visto, confieso mi desconcierto: siendo, como sin duda es, una película formalmente hermosa, me parece que raya con el límite de lo cinematográficamente comunicable. Y ello, sin resultar necesariamente malo, sí que a la fuerza ha de ser problemático.

Me explico: para un(a) espectador(a) no avisad@, esto es, para quien renuncie a investigar fuera del ámbito de la narración cinematográfica misma el sentido de ésta, Aita ha de aparecerse como una película enigmática: versa, sin duda alguna, sobre un espacio (la casa solariega, y su vecina iglesia, en la que transcurren las acciones y las imágenes) y sobre las reminiscencias históricas (¿en un sentido micro-histórico, o -no se sabe- también macro-histórico?) que dicho espacio evoca, connota (¿para quién? ¿para el director, para el narrador,...?). Ello resulta evidente, a la vista de constante preocupación por retratar con la cámara los espacios, las paredes, los silencios, los velados sonidos, las escasas presencias humanas. Y, por supuesto, por a la sobreimpresión de imágenes cinematográficas antiguas, y manipuladas en su textura, sobre los espacios diegéticos de la narración.

¿Una historia, entonces, acerca de la memoria, de sus trazos sobre los lugares en los que la misma ha sido construida, sobre los fantasmas de la imaginación y del recuerdo que inevitablemente "habitan" en ellos? Seguramente...

Porque ocurre que la narración de Aita deja, intencionadamente, enormes huecos, vacíos de sentido. Hasta el punto de que, en tanto que espectador@s, tan sólo podemos proclamar: parece cierto que este espacio (el diegético) ha sido y es importante... para alguien; porque en él deben de haber sucedido cosas relevantes (para alguien). Y ello debe de ser, ciertamente, la materia de la narración.

Demasiadas incertidumbres, no obstante. Hasta el punto de que, en tanto que espectador@s, razonablemente podremos dar en sospechar que nos hallamos únicamente ante una expresión (más o menos lírica, pero sobre todo) personalísima: ante el exorcismo contra ciertos fantasmas que se hallan en la mente/ en la vida del creador, del director.

La cuestión, por supuesto, es si un exorcismo de tal índole puede tener algún interés. En teoría, puede: son muchas las obras de arte que se han construido y se siguen construyendo a partir de tales necesidades expresivas personales y que, sin embargo, resultan interesantes -estéticamente relevantes- para el público receptor. (Menciono tan sólo dos ejemplos al azar: Persona -Ingmar Bergman, 1966- y Arrebato -Iván Zulueta, 1979.) Cabe dudar, sin embargo, que Aita se halle en este grupo. Y ello, debido a un conjunto de referencias tan opaco, tan personales, que vuelven difícilmente compartible la experiencia (y que, por ello, dificultan la empatía o la identificación).

Por supuesto, como espectador informado, yo puedo luego salir al exterior de la película y descubrir, en la información proporcionada por el propio director y en las críticas de la película, cuál es es casa, por qué es importante, qué ocurrió en ella, qué imágenes cinematográficas son aquellas que se sobreimpresionan en sus paredes, etc. Pero todas estas posibilidades de completar mi información sobre la película y de otorgarle un mayor sentido carecen de interés, puesto que no proceden de la obra misma. Que, a este respecto, y por esta razón, me parece fallida, por más que resulte ciertamente disfrutable como experiencia puramente formal.




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