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martes, 26 de mayo de 2015

Law and order (Frederick Wiseman, 1969)


Las imágenes nos ubican inmediatamente in media res: fotos de fichas policiales, detenidos siendo interrogados, denunciantes contando su versión de los hechos,... Estamos en Law and order: una representación a través de las formas del "cine directo" de la experiencia -enfrentada- de agentes policiales y de aquellas personas con las que se relacionan, sospechos@s (y otr@s "alborotador@s", puesto que no todas la intervenciones policiales tienen que ver propiamente con delitos) y presuntas víctimas de delitos.

La película, entonces, abiertamente intenta mantener una visión equilibrada entre las partes: algo de violencia policial, algunos de los conflictos que intentan resolver, algo acerca de la notoria irracionalidad en el comportamiento y en las emociones de muchos de los sujetos afectados por la intervención policial,... En el trasfondo (apenas explícito), la tensión racial existente en Kansas City (lugar en el que la película está ubicada) después de los motines posteriores al asesinato de Martin Luther King y de su violenta represión por parte de la policía. En todo caso, es obvio que se busca un retrato ordinario, cotidiano, de la actuación policial más rutinaria y menos visible.

Hasta aquí, la película, su narración (que existe, por más disimulada que se halle, bajo la apariencia de "cinéma verité"): la narración de una historia de encuentros y desencuentros, casuales, contingentes, mediados siempre por el empleo de la violencia (policial), para hacer frente -a veces- a la violencia de l@s particulares, otras tan sólo a su conducta "desordenada", contraria a ciertas normas sociales de conducta "apropiada". Se aprecia, de modo implícito, que tanto infractor@s como víctimas son gentes pobres, afroamerican@s principalmente, trabajador@s, de barrios. Se vislumbra también (apenas) la peculiaridad de la cultura policial, corporativa, encerrada, ajena a la comunidad que gobierna y a la que se encarga de coaccionar con su violencia (o evidente amenaza de ejercerla).

Pero, por supuesto, yendo aún más allá, uno puede poner en cuestión la propia estética (y ética) de la narración. Puesto que, obviamente, las decisiones de montaje del director dan lugar a una forma narrativa determinada en la película, uno puede, en efecto, cuestionar si esa aparente (y ficticia) renuncia a intervenir por parte del narrador, su opción por montar encadenadas (algunas) escenas diferentes y sin relación entre sí, permite finalmente obtener una narración que resulte convincente. O si, por el contrario, no ocurre entonces que la propia e inevitable selectividad en el montaje oculta partes relevantes del subtexto de lo narrado. Esto es, que una narración más ostensiblemente intervencionista, que se hubiese preocupado por profundizar sobre los conflictos subyacentes a las actuaciones policiales que se muestran, habría resultado más relevante, más reveladora.

Desde luego, es éste un debate que trasciende la película, que versa más bien acerca de las potencialidades y límites intrínsecos a la estética del "cine directo". Debate interesante, sin duda alguna, pero que no debe hacernos perder de vista el valor de ese "olor a realidad" (cotidiana) que las imágenes de una película como Law and order nos permiten vislumbrar. Tal es su valor, el que las vuelve de visita obligada tanto para quien esté interesad@ en el debate sobre las formas cinematográficas de representación de lo real, como para cuant@s nos dedicamos al estudio de la represión estatal de los fenómenos de desviación y de conflicto social.




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